"Anyu" - La AVO y El Proceso Rajk- Parte XI





Por Anamaria Goldstein


LA AVO

“El viejo Kohn –decía el popular chiste de la época–, está en su lecho de muerte. Se encuentra solo en la oscuridad. Afuera, tempestad truenos y relámpagos. De repente, se oyen unos golpes en la puerta. ¿Quién es? Soy la muerte, vengo por ti. Menos mal –suspira con alivio Kohn–, pensé que era la AVO. Apenas tomaron el poder los comunistas, crearon el equivalente a la NKVD húngara o policía secreta, llamada AVO y que después fue denominada AVH. Esta organización bien pudiera merecer varias páginas para describir su infinito salvajismo, crueldad y los métodos empleados. Para entender la magnitud, solo unos datos: sobre una población total de diez millonesde personas, el número aproximado de miembros de la AVO era de unos cincuenta mil y contabancon un ejército propio. En 1949 había unos cuarenta mil prisioneros internados y entre ciento ochenta mil y doscientos mil desplazados a la fuerza. Entre ellos estaban Ivankai neni, la vecina de Csili y la amiga de Anyu, Klari, quien vivió en un gallinero con la mamá durante dos años expiando su culpa de ser la hija de un rico industrial de la era preguerra. Muchos fueron sacados de sus viviendas y llevados al campo, sobre todo a las grandes llanuras de Hortobagy. Entre 1949 y 1953 había seiscientos cincuenta mil personas con alguna acción judicial en su contra, trescientos noventa mil condenados, ciento tres mil puestos en la llamada lista “B”, donde estaban antiguos empleados del Estado y del sector privado, ingenieros, economistas, médicos, que perdieron sus trabajos. Existían un millón doscientos mil expedientes abiertos con un número igual de personas bajo observación. Uno de cada cinco o seis ciudadanos fue penalizado de alguna manera.


El organizador de la AVO era un tal Peter Gábor, para desgracia nuestra judío y Rákosi, el líder supremo, otro judío ateo. Ellos, para comprobarse más comunistas que cualquiera, por “compensación”, como suele sucedercon apóstatas, fueron absolutamente intolerantes. En el nuevo orden se prohibía el antisemitismo como tal, pero ser antisionista era un deber, así que podían culpar de sionista a cualquier judío que podía figurar como posible enemigo. Los tildaban de fascistas, nacionalistas, chauvinistas, internacionalistas, lacayos del imperialismo, plutócratas, titoístas, cosmopolitas y una infinidad de adjetivos denigrantes como espías, diverzáns un término peyorativo de usanza del cual nunca supe su significado. Eratambién la época de los juicios políticos, farsas cínicas y burdas, copiasde los inventados por Stalin para eliminar toda oposición posible. Los años que corríanentre 1949 y 1953 eran los del csengofrász, o sea del “pánico al timbre”. En húngaro, esa palabra tiene un contenido emocional y psicológico intraducible. La mayoría de la gente tenía lista una maleticacon lo esencial, por si acaso venían a llevarlos durantela noche. No se sabía por qué, no se sabía a donde y no se sabía por cuánto tiempo. En el verano, dormíamos con las ventanas abiertas por el calor. A veces podíamos oír el brusco frenar de un carro; sus puertas abrirse y cerrarse, pasos apresurados, timbresrepetidos en la portería, más pasos subiendopor las escaleras y esperábamos con gran tensión en cuál apartamento iba a sonar el timbre. Una vez, por equivocación, timbraron en la puerta nuestra, eran las cuatro de la madrugada. Todo el mundo vivía desconfiando por el temor a ser reportado, muchas veces por la sola razón de quedarse con la vivienda del acusado en premio por la delación. Aparentemente, el 30% de las denuncias tenían ese fin. Se fabricaban denuncias continuamente. Ese mundo lo compartimos igualmente judíos y gentiles. Por décadas nos quedó la costumbre de hablar pacito,sin mover los labios, para que nadiepudiera saber lo que decíamos.No conozco nadie que hubiera descrito mejor esto que Nathan Sharanskyen su libro The Case for Democracy, repitiendo las palabrasde algún norcoreano que logró escaparse: