"Anyu" - La Revolución Húngara, 23 de Octubre de 1956 - Parte XVI

Por Anamaria Goldstein

Frente al Parlamento

EL LEVANTAMIENTO

Al mediodía del 23 de octubre de 1956 salí del Gimnazium y en el troley oí a la gente hablar con una alegría nunca vista, voces llenas de entusiasmo, caras radiantes. Decían cosas como “Nos vemos…esta tarde…a las 3:00 p.m. en tal sitio…después a Buda…”. No entendí nada, pero sentí que algo extraordinario iba a ocurrir. Cuando llegué a casa supe que iba a haber una demostración. Nadie puede entender lo maravilloso de una manifestación espontánea si no ha vivido en un régimen totalitario. Como no encontré a nadie en casa, mefui corriendo a donde mi tía Ila y la arrastréconmigo. Para entonces, las calles estaban llenas de juventudy universitarios con banderashúngaras de las cuales cortaron la hoz y el mar- tillo. Cantaban canciones de la revolución antihabsburga de 1848. Íbamos todos a Buda, hacia el monumento de Bem, un patriota polacoya que poco antes había habido un movimiento similar en Polonia y la juventud quería mostrar apoyo a su lucha. Después seguimos al Parlamento, íbamos a oír los discursos de Imre Nagy. Elambiente se caldeabaminuto a minuto;de repente mi tía me dijo con una voz aterraday llena de experiencia: “Mari, vámonos, aquí van a disparar pronto”. No queríahacerle caso, pero por primeravez en su vida ella nocedió. Al llegara casa, mamá ya estaba allí y nos dio tremendo regaño.


Efectivamente, poco después empezaron a oírse los disparos. En la noche la revolución armada estaba en furor y la lucha alrededor de la radio era feroz.Gran parte del ejército se pasó al lado de los revolucionarios, en contra de los del AVO. No me acuerdo exactamente el orden de los acontecimientos, pero nunca olvidaré cuando cortaron con sopletes la estatua del odiado Stalin, la arrastraron por toda la ciudad y repartieron pedazos del bronce. ¡Qué alegría! Tenía yo catorce años y el concepto del odio a Stalin y todo lo que representaba ya era bien claro para mí. Pero esa alegría no duró mucho.Siguió la destrucción, muertos en las calles, revanchas, linchamientos, toque de queda, escasez de comida, largas colas para comprarun pedazo de pan. Mi profesora de ruso, Irma neni, tuvo que esconderse porque la buscaban por comunista. Averigüé donde vivía y le llevé pan. Estuve en cola desde las siete de la mañana hasta el mediodía para conseguírselo. A pesar de enseñar ruso,era una de mis profesoras preferidas. Cuando de verdad se acabó la comida, llegaron a la ciudad los comerciantes del hambre. Mamá cambio su estola de mink y un zorro plateadopor dos gansos, dos patos, harina, aceite y tal vez algo más. No le importóen lo más mínimo, comimosdelicioso. Después, cuando los rusos sofocaron la revolución, en noviembre, llegó una empleada, Juli neni, quien hacía rato se había retirado por viejita. Traía de regalo un mercado increíble, porque había oído que en la capital la situación de hambre era grave. Vino de lejos, la mayor parte del trayecto lo había hecho a pie ya que el transporte público era casi inexistente, sólo quería ayudarnos. A todas estas, papá no estaba con nosotros. La revolución lo sorprendió dando conferencias en otra ciudad. La radio se facilitó para mandar mensajes ya que el servicio telefónico había sido interrumpido. Fue así como pudimos avisarle que estábamos bien. Nos trajimos a la tía Szeren, hermana de mi abuelo materno, a vivir con nosotros. De noche, ella me contaba largashistorias sobre su hijo, a quien llevaronal frente ruso a cavar trincheras y andar delantede las tropas húngaras para que las minas explotaran bajo los pies de los judíos y no perder valiosos soldados.Tenía 16 años cuando se lo llevaron y nunca regresó, pero no hubo informe oficial de su muerte. Por eso, la tía fabricaba hermosos cuentos. Para ella, Pali había sobrevivido, se había casado, tenía un hijo que pronto iba a hacer bar mitzvah. Ella decía que por obvias razones su hijo no podía escribirle, pero justificaba esas historias diciendoque las había oído de otras personas. Alguna noche, me confesósaber que todo era fruto de su imaginación, pero eso le daba razón para poder seguir viviendo. Cuando la situación se normalizó, la llevamos de vuelta a su apartamento. La tía Szeren murió dos semanas antes de nacer mi hijo Jack, en julio de 1969 y a mí me dio mucha tristeza que no pudiera compartir nuestra alegría. Era la madrugada del 4 de noviembre de 1956, la revolución llevaba dos semanas. Nos despertó un ruido infernal. Todo el edificio temblabadesde sus cimientos. Corrimos al balcón y lo que vimos era una fila infinitade tanques rusos


avanzando hacia el Parlamento. Con eso se acabó el respiro de libertad para el pueblo húngaro y empezó de nuevo la retaliación, previa destrucción de muchos edificios, y de algunos barrios enteros. Treinta y cinco años después, mis hijos todavía mirarían con incredulidad las fachadas llenas de agujeros dejados por esas balas que ahora se sumaban a las dejadas por la guerra y que aún no habían sido restauradas. Dieciséis mil personas fueron encarceladas, se pasaron trescientos cincuenta sentencias de muerte y doscientas ochenta y nueve ejecuciones. Una noche de principios de diciembre de 1956 aparecieron en casa los parientes Fontos que vivían en la provincia, en Eger. Se habían escapadode su casa porque aparecieron avisos en las paredes de casas judías “Itzig, most nem viszunk Auschwitzig”. “Itzig,ahora no te llevaremos hastaAuschwitz” (significando que podrían morir ahora, aquí en este mismo instante). Ellos siguieron luego camino hasta llegar a Israel. No se sabe cuántos húngaros emigraron en los primeros días de noviembre a causa o gracias a la revolución. La cifra más aceptada es de doscientas mil personas. Unos, pertenecientes a la policíasecreta, por miedo a las venganzas; otros por ser víctimas de los primeros. Después fue el turno de los que participaron en la revolución por haber salido derrotados, quienes obviamente temían por sus vidas. Otros salieron porque querían reunirse con familiares en el exterior, buscar mejores horizontes. Muchos lo hicieron por aventureros y los judíos lo hicimos por toda una gama de razones. Los trenes salían repletos hasta la frontera, de allí a pie al otro lado. No había control, no había gobierno, no había autoridad y ante todo ya no existía la temida AVO. No hubo nadie que exigiera los pasaportes. Los guardias de fronteras que antes disparaban con solo acercarsea la frontera ahora ayudabana la gente a pasarseal otro lado; tal como treinta y tres años después se repetiría la imagen con la caídadel bloque comunista y la Cortinade Hierro. Muchostaxis hacían tres y cuatro veces al día el viaje de Budapest a la frontera. Camiones cargaban gente y maletas, las carreteras hacia Occidente estaban atascadas por el tráfico. Parecía histeria colectiva. De mi colegio muchísimos partieron. Mamá quería irse, pero papá decía que él no podía huir. Para papá tomar la decisión de emigrar a Colombia, donde vivía Judith, era muy difícil. Sabía que iba a ser una carga para mamá, que nuncaiba a aprender Castellano, como efectivamente fue el caso, porque papá no tenía talento para los idiomas. Además, no sabía a qué se dedicaría, puesto que no sabía ni quería hacer nada distintode ser abogado. Tenía su única hermana, a quien debía dejar; una buena posición social, con amigos y colegas que lo apreciaban. La finca en Csillaghegy era su hobby, su refugio, su entretención, el sitio donde se desestresaba. Si al fin tomó la determinación, era sólo por mí, para darme mejores oportunidades. Huir él no podía, eso era denigrante; sólo escapaban los criminales. Huir además implicaba salir sin nada, sin pasaporte; en cambio legalmente sería mejor porquese podía llevarcierto tipo de bienes. Así fue como mamá pudo traer el piano, que era como traer el “pan” consigo. Pudimos traer nuestro menaje y porcelanas Herend para vender. Mamá compró una muñeca típica, la desvistió, le practicó cirugíapara meterle un diamante, la volvió a coser, la volvió a vestir y la mandó por correo a Judith, como regalo de cumpleaños. (Gran alivio sentimos cuando llegó la muñeca unas semanas después de nosotros; solo que cuando la abrimos no había nada adentro. La habían pasado por rayos X y por bisturí. Incluso, se tomaron la molestia de volverla a cerrar, los muy cínicos). Nuestros amigos, los Bardos y mis padres, se reunieron y discutieron la posibilidad de enviarnos a las dos niñas solas por delante. Los Bardos huyeron poco después. Con el tiempo y no sé cómo, mis padres llegaron a la decisión de pedir pasaportes. Supongo que papá albergaba la esperanza de que nunca se lo iban a conceder.


Un día, tal vez fue en marzo de 1957, apareció en casa el director de la Radio, instrumento todopoderoso en todo régimen totalitario, uno de los puestos clavesde control de la información. Nos dijo que tenía nuestrapetición en las manos y que nos conseguía la salida a cambio del apartamento y todo su contenido. Era una sentencia. Sabíamos que nos iba a quitar el apartamento.


Ya no había marcha atrás.

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