"Anyu" - Mi Tía Judith - Parte VIII

MI TIA JUDITH

Judith, quien a los veinte años quedó viuda cuando su marido, Sandor Fried, murió en trabajos forzados en Mauthausen. Para 1947 se había vuelto a casar a su vez con Moisés Moskowitz, un viudo que aportó al matrimonio hijos ya adultos. Fue ella la primera en salir de atrás de la Cortina de Hierro. Ahora ya puedo contar algo que ella hasta el final de su vida no se atrevió a relatar por fuera del círculo familiar: al terminar la guerra, los mismos rusos que se instalaron en la casa de nuestro escondite que mencioné en el primer capítulo, al oír que ella sabía Ruso, idioma que aprendió escuchándolos y gracias a su conocimiento del Checo natal, se la llevaron a trabajar a Maszovol, la empresa húngaro-soviética de petróleos, una compañía que además alternaba como fachada para recoger y detener a los fascistas, alemanes y nazis que pudieran. Necesitaban de alguien para traducir en los interrogatorios. Ella fue traída para realizar estas labores. Al principio lo hizo con cierto gusto ya que no podía evitar sentir satisfacción al ver las caras distorsionadas por el miedo en aquellos que hasta hacía poco torturaban a los judíos: ahora les llegaba el turno de llorar, suplicar y encubrir. Hizo esto hasta que empezaron a traer muchachos jóvenes, simples soldados que parecían niños asustados. Ya no sabía si eran o no culpables o si hacían parte de purgas indiscriminadas. Tambiénse dió cuenta de que un oficial, que estaba siempre en el cuarto, en realidad era alguien que sabía tanto húngaro como alemán y ruso; estaba allí para chequear si Judith traducía al pie de la letra o no. Ya no se atrevía a ayudar, lo único que quería era salirse de ese trabajo.

Certificado del Cuartel General,Fuerzas Armadas de los EstadosUnidos en Austria.

Cuando lo logró, le hicieron jurar que no contará a nadie nada de lo que allí pasaba. Le dijeron que la iban a vigilar y por ende, que tuviera cuidado. Nunca más se sintió seguramientras estuvo en Hungría. Al poco tiempo, nacionalizaron el almacén de textiles del marido. En gran secreto, de noche, en medio de una tormenta de nieve, cruzaron la frontera, solo con la ropa que tenían puesta y con unos diamantes guardados como supositorio. Ya en Austria obtuvieron algún papel que los reconocíacomo refugiados. En esa época, millones de personas en Europa estaban desplazadas y trataban de ubicarse de alguna manera en alguna parte con algún papel. Moisés, el marido, toda la vida había sido comerciante y fue así como estando en Viena se dedicó a vender relojes. La ciudad estaba dividida en tres zonas: americana, rusa e inglesa. Era el centro de compra y venta de todo. Viena era una gran frontera donde se contrabandeaban cigarrillos, medias de nylon, cocoa, café, enlatados, cualquier cosa. Ellos vivían en la zona americana.


En 1950, y por casualidad, Judith se encontró en la Kartner Strasse de Viena con Sep, el oficial de la Wehrmacht, quien durante las últimas semanas antes de la liberación se alojó en la casa donde nos refugiamos y con quien mamá escuchaba la BBC. Sep y su señora la invitaron esa noche a cenar a su casa. Fue ahí cuando después de un ameno rato, Judith contó toda la verdad: le reveló que éramos judíos y además comentó que en la misma casa estuvieron escondidos papá y otras tres personas. El hombre no pudo disimular primero su incredulidad y después su rabia por haber sido burlado. En eso quedó la velada.



De Austria, mis tíos quisieron seguir a los Estados Unidos, pero como la cuota húngara estaba llena y querían salir de Europa a toda costa, consiguieron visa mientras tanto para ir a Colombia. Viajaron a Bogotá a principios de los años cincuenta. No sabían español, sólo tenían referencia de unos judíos húngaros muy religiosos que vivieron en Bogotá a quienes Salomón, el cuñado de Judith, había conocido antes en uno de sus viajes. Esta sería la razón y el vínculo que me habría de llevar varios años después a Colombia. Mientrastanto, la vida mía y la de mis padres seguirían su rumbo en Hungría por otros doce años después de concluir la guerra.


Judith si bien fue la tía ausente durante una gran parte de mi niñez, se convirtió luego no sólo en la figura alegre, joven y siempre presente de mi vida adulta, sino en la amiga y confidente de mis hijos.


Confío haberle correspondido bien.

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