(1) De Ambos Lados del Atlántico: Diáspora Sefaradí en Africa Occidental y Caribe - Siglo XVII

Actualizado: oct 2

Primera Parte

De lejos, estos tres artículos escritos entre diciembre de 2013 y julio de 2014, es el documento que más he gozado escribiendo, pues fueron el resultado de varios viajes. El tema me apasiona: orgullosos judíos que escaparon la traición de los pérfidos Reyes Católicos, que vivieron como marranos durante más de un siglo y que ya en Holanda regresaron a sus tradiciones milenarias, se hicieron a la mar. Ellos desarrollaron el comercio entre continentes, la industria del azucar, la banca, (algo de esclavitud también) y se convirtieron en la columna vertebral de la economía del Nuevo Mundo. Ellos, un buen día, desaparecieron, se asimilaron, no pudieron más con el peso de la tradición. El recuerdo de su presencia queda hoy en parejes recónditos, poco conocidos y menos aún visitados.


He tenido la oportunidad deconocer bastante de lo que alguna vez edificaron. Sinagogas, cementerios e industrias en lugares como Surinam -incluyendo lugares bien adentro en la selva-, Curazao, Barbados, San Vicente, Panamá, Cabo Verde, Charleston, Recife e incluso en la Costa de Africa Occidental, en Falum (Senegal) y Cacheau (Guinea Bissau). De no ser por la pandemia, estaríamos viajando a Sao Tome, esa pequeña isla en el Golfo de Guinea. Ahí, hace 500 años, la leyenda dice que un barco con 500 niños, huéfanos de la Inquisición, fue llevado a manera de esclavos. Ese será tema para otra oportunidad.


El documento que comparto ahora, está inspirado en fuentes que relaciono al final, pero mucho en viajes personales



El puerto de Joal, en Senegal. Alguna vez tuvo una pequeña comunidad judía


diciembre 2013 - julio de 2014


En los momentos en que comienzo a escribir estas líneas me encuentro navegando por el Caribe con mis sobrinos, pero terminaré de escribir en par meses. Comentándole a Ethan, mi sobrino, que alguna vez por estas aguas navegaron piratas judíos y que otros más se dedicaron incluso al comercio de esclavos, decidí dedicarle los próximos tres artículos a algunas historias de paisanos que se hicieron a la mar durante el siglo XVII y quienes llegaron a establecer célebres comunidades, algunas de las cuales aún perduran. Unas historias son conocidas como es el caso de las comunidades de Recife, Curazao y Surinam; otras son más “anecdóticas” y breves como las de Martinica, Guadalupe, St. Eustaquius, Haití, Barbados, Jamaica y varias islas menores; algunas cuantas apuesto a que les serán inverosímiles y novedosas como la de los judíos del Occidente de Africa, del Sahara y de las Islas de Cabo Verde y que se constituyeron simultáneamente a las anteriores. Pretendo escribir brevemente de cada ellas y aportar a lo largo de las próximas tres entregas algo de evidencias fotográficas, anécdotas de mis viajes a esos lugares, dejar algunas conclusiones propias y paralelos entre ellas, y sutilmente también confío aportar material para proyectar nuestro rumbo a seguir.


Eterna será la discusión sobre el origen judío de Colón. Se seguirán tejiendo leyendas a cerca de la identidad de los intérpretes judíos del descubridor. Se seguirá especulando sobre varios de los conquistadores que llegaron a Nuevo Mundo y sobre la manera como se establecieron comunidades de marranos desde la Nueva España hasta el Rio de la Plata. Apasionantes serán las leyendas de marranos en Cartagena de Indias o en Antioquia. Muchos llegaron bajo la bandera del Reino de Castilla y Aragón, una Corona que en 1492 nos ofreció un buffet de alternativas una más perversa que la otra: convertirse, irse o morirse. Pero también están las historias de cripto-judíos que llegaron defendiendo los intereses lusitanos, y en menor grado quizás, pero con mayor relevancia para estos escritos, otros que lo hicieron, como ciudadanos holandeses o ingleses y abiertamente como judíos.


Para contextualizar, expulsados de España, los judíos que optaron por la vía de la Diáspora encontraron refugio en varios destinos. Muchos fueron recibidos por el Sultán Otomano y se dispersaron dentro de los límites del Imperio turco, mezclándose a su vez con judíos mizrahíes en lugares como Siria, Iraq y el Cáucaso. Otros tomaron rumbo sur al norte de Africa donde igualmente se mezclaron con comunidades judías preexistentes y con tribus bereberes quienes siglos atrás habían optado por el judaísmo. Pero quizás de las más célebres fue esa ola de emigrantes que primero pasaron a Portugal, donde cinco años después volvieron a ser expulsados. Algunos, cansados del trajín, optaron por convertirse o seguir una vida judía en la clandestinidad, pero varios encontraron refugio en Flandes, una colonia española dentro de Europa, pero lejos de la Madre Patria, en las actuales Holanda y Bélgica flamenca. Pasarán cien años para que estas comunidades pudieran respirar un ambiente de libertad religiosa en una Holanda soberana y comenzaran a reconstruir abiertamente sus comunidades, sinagogas y cementerios. Además, por otro lado, Inglaterra, donde desde 1190 fuimos expulsados, comenzó a recibir judíos durante el gobierno democrático de Cromwell.


La historia nos enseña que hacia el año 1648, oleadas de paupérrimos judíos ashkenazim, diezmados por las masacres cosacas lideradas por Bogdan Chemelnitsky, comenzaron a llegar a la zona del Ruhr y a Amsterdam, generando enormes conflictos sociales, culturales y económicos en Holanda, y particularmente en el seno de las comunidades judías existentes, que eran las más prosperas y educadas del mundo sefaradí y europeo de su época. Estas, deseando deshacerse del problema, intentaron convencer a Cromwell de dejar entrar judíos a su isla para así facilitar la llegada del Mesías quien, como dice la leyenda bíblica, no “regresaría” (en su versión cristiana) hasta no hacer retornar a Sion a todos los judíos de la diáspora y desde todos los rincones del mundo.

La historia nos enseña que hacia el año 1648, oleadas de paupérrimos judíos ashkenazim, diezmados por las masacres cosacas lideradas por Bogdan Chemelnitsky, comenzaron a llegar a la zona del Ruhr y a Amsterdam, generando enormes conflictos sociales, culturales y económicos en Holanda, y particularmente en el seno de las comunidades judías existentes, que eran las más prosperas y educadas del mundo sefaradí y europeo de su época. Estas, deseando deshacerse del problema, intentaron convencer a Cromwell de dejar entrar judíos a su isla para así facilitar la llegada del Mesías quien, como dice la leyenda bíblica, no “regresaría” (en su versión cristiana) hasta no hacer retornar a Sion a todos los judíos de la diáspora y desde todos los rincones del mundo. Para lograr materializar esta promesa divina había que tener judíos en Inglaterra. Pero allá llegaron no sólo judíos ashkenazim pobres, sino varios sefaradim muy ricos y ávidos de nuevas aventuras económicas. Para comienzos del siglo XVII tanto Inglaterra como Holanda fueron, junto con los reinos ibéricos, las principales armadas colonialistas en Europa y a su vez las herederas de buena parte de la que alguna vez fuese una magnífica comunidad sefaradí española. Hasta los confines de sus imperios habrían de llegar paisanos escapándose del antisemitismo endémico de Europa y buscando nuevos horizontes comerciales.


En estas colonias, el fenómeno de colonización se habrá de dar de diversas formas. En algunos lugares como las colonias holandesas de Surinam y Brasil se desarrollarían verdaderos centros urbanos, pero ante todo y muy significativamente, unas grandes colonias agrícolas que permitirían desarrollar comunidades íntegras y sólidas, algo que en esa escala quizás no hubo desde que los romanos nos expulsaron de Judea y que no se vería nuevamente hasta Moisesville en Argentina y los kibutzim en Israel. No obstante, Holanda no alcanzó a constituirse en un gran imperio en las Américas y como tal, las comunidades judías ahí tampoco crecieron significativamente. Las islas del Caribe permitieron el desarrollo agrícola pero principalmente el desarrollo de un comercio próspero bajo el que sería el principal imperio hasta finales de la segunda guerra mundial, el Imperio Ingles. Las comunidades en Africa serían apenas unos enclaves comerciales pasajeros en zonas donde el dominio colonial portugués no sería ni sólido ni duradero y estaría estigmatizada por los efectos nocivos de la Inquisición que consecuentemente sería responsable de generar unas sociedades asustadas, mentirosas, escondidas e hipócritas (a lo que odiosamente se refiere el miserable término castizo de “ladinas”). En cada uno de estos lugares se verían las caras y tendrán que interactuar Nuevos Cristianos, con marranos, y con judíos abiertamente profesando su religión o regresando a ella. Unos usarían sus nombres de Nuevos Cristianos en documentos oficiales, pero en sus vidas diarias usarían sus nombres judíos. El desarrollo de sus comunidades sería un reflejo de la situación de sus países de origen. Las historias a continuación tienen en común que se refieren a lugares donde durante la colonización europea hubo abiertamente evidencias de comunidades judías en paralelo a las de cripto-judíos.


Muy diferente serían las fortunas de aquellos paisanos que se las vieron tristemente con españoles o portugueses católicos de aquellos bienaventurados que vivieron entre ingleses y especialmente entre holandeses protestantes, e incluso, entre negros musulmanes. Pequeñas comunidades invariablemente terminaron por asimilarse y casarse por fuera de la religión. En varios casos, internamente optaron por respetar un linaje patrilineal a la hora de heredar el judaísmo como solución a su dilema existencial. No hay evidencia de problemas de tipo racial dentro de comunidades de judíos o cripto-judíos hasta la introducción del esclavismo. Hasta ese entonces, pareciera no haber habido problemas de melanina sea con judíos negros, mulatos o bereberes.


Todos estos lugares tendrían también en común que la suerte de sus comunidades judías cambiaría en la medida en que estos territorios continuamente pasarían de manos una y otra vez entre franceses, portugueses, ingleses, españoles, daneses e incluso letones.

Bilal el-Sudan Para Año Nuevo de 2001 llegué a uno de los parajes más recónditos y legendarios: Timbuktú, sobre las dunas del Sahara y cerca del punto norte del río Niger, lo que en el argot popular se conoce como la región de Bilal el-Sudan. Obviamente no era yo el único turista judío ahí (entre los pocos que estábamos), pero ingenuamente no pensé que una ciudad tan remota e islámica tuviera también un pasado judío. La única conexión que hubo con temas judíos fue al registrar mi apellido a la entrada de la mezquita, cuando el tuareg de turno abrió sus ojos y sorprendido dijo: “ah! Goldstein, como Baruj Goldstein, el autor de la masacre en Hebrón!” Pero judíos de origen español, marroquíes y especialmente bereberes de la tribu Tughatun convertidos al judaísmo ya habían llegado con las caravanas de sal del desierto y habían establecido allí colonias comerciales.


La leyenda dice también que algunos de ellos llegaron desde Etiopía navegando por el mítico y ficticio río Sambatyon (que queda en cualquier lugar que las fábulas judías lo requieran). Evidencia de ello esta que simultáneamente con el edicto de expulsión de España en 1492, el Sheik Mohamed Aksia, reciente conquistador de Timboktú, también obligó a la escasa comunidad judía de este oasis a convertirse. Sería hasta 1860 cuando volvería a haber registros de presencia judía en esta parte del Sahara cuando el rabino Abi Srour solicitaría el estatus de Dhimi para poder organizar y proteger a un puñado de 11 paisanos que ya organizaban minyan y comerciaban a la largo del Sahara. Sus descendientes existirán en mayor o menor escala hasta principios del siglo XX.


Senegambia y Guinea Bissau. Habiendo aprendido la lección en mi viaje a Timbuktú, esta vez me puse a la tarea investigar sobre una posible presencia judía en esta rarísima zona de la geografía judía, el extremo occidental de Africa, colonizada inicialmente por portugueses. Sorprendentemente (o quizás ya no), encontré algo de evidencia. Hoy en día no queda rastro visible de la que fueran algunas comunidades que en el siglo XVII se establecieron en el Petite Coté de Senegal, en la costa occidental de Africa. Allí se integraron judíos con marranos y nuevos cristianos bajo el tutelaje de un Jacob Peregrino (Pellegrino), un rabino (“Parnas de la Tsedaka”) llegado desde la recientemente fundada comunidad de Amsterdam, y quien, según los textos de la época, desembarcó con instrumentos para circuncidar y “con doce copias de la Torah” (más probablemente 12 sidurim, evidenciando la existencia al menos de un minyan). Principalmente, ellos se dedicaron al comercio con reinos negros y musulmanes de la zona en productos como cueros, marfil y ante todo armas blancas, negocio prohibido por la Iglesia para los cristianos. Durante el siglo XVII el modelo de colonización en Africa portuguesa se hizo a través de estaciones fortificadas y difícilmente implicó una genuina colonización, o desarrollo urbano y agrícola que hizo difícil su permanencia en el tiempo. Sólo quedan documentos cartas comerciales y notariales, y reportes de sacerdotes católicos que atestiguan de una presencia judía en Porto d´Ale, Joal y Rufisque en la actual Senegal, y en Cacheu en la actual Guinea Bissau (uno de los países más pobres del mundo y que anecdóticamente cuentaba hasta ahce unos cinco años con una tristemente célebre comunidad colombiana de traquetos, la única presencia organizada de colombianos en Africa).

“En este puerto dali (Porto d´Ale) ay una aldea de cien vecinos portugesses y negros. A este pueblo vinieron de Flandes gente que professa la ley de Moyssen y acen allí y guardan sus ritos y ceremonias como los de Judea y los portuguesses quiriendo matarlos y echar los de allí corieron mucho riesgo porque acudió el Rey y les dijo que su tierra era feria donde podía auitar todo género de jente y que nadie se descompassiese en ella queles mandaria cortar las cebecas; que la guerra si la querían la hiciesen en la mar y no en su tierra que ya dicho que era feria”.

Transcribo a continuación apartes de la “Relación de todo el distrito de Guinea” escrita a principios del siglo XVII por el Nuevo Cristiano Sebastiao Fernandes Cacao, en referencia Teigne, al rey musulmán del imperio Wolof en esa zona convirtiéndose en la primera evidencia de una presencia judía en la Africa Occidental:


“En este puerto dali (Porto d´Ale) ay una aldea de cien vecinos portugesses y negros. A este pueblo vinieron de Flandes gente que professa la ley de Moyssen y acen allí y guardan sus ritos y ceremonias como los de Judea y los portuguesses quiriendo matarlos y echar los de allí corieron mucho riesgo porque acudió el Rey y les dijo que su tierra era feria donde podía auitar todo género de jente y que nadie se descompassiese en ella queles mandaria cortar las cebecas; que la guerra si la querían la hiciesen en la mar y no en su tierra que ya dicho que era feria”.


A Petite Coté llegaron inicialmente marranos queriendo volver a vivir como judíos. No teniendo judías con quien desposarse, en muchos optaron por casarse con portuguesas o con negras. En algunos casos, y después de algunas generaciones, pudieron regresar a Amsterdam a convertir oficialmente a sus familias. Al igual que mercaderes negros (paganos o musulmanes) retuvieron sus nombres portugueses para efectos comerciales, al igual que lo hacían mercaderes negros. Los documentos de Peregrino dan fe de la genuina decisión por parte de la comunidad de Amsterdam de apoyar a la comunidad original y cripto-judía de Guinea y además a reconvertirla al judaísmo. Es de particular importancia recalcar que el proceso de guiur se hacía durante viajes comerciales a Amsterdam y si bien tuvieron sinagoga y kashrut nunca optaron por organizar mikva en Africa, lejos de un Din respetado. Rezos se llevaban a cabo en casas particulares, como la de Simao Rodriguez de Evora. Otra particularidad notoria es la total ausencia de prejuicios raciales hasta el comienzo del comercio de esclavos. Judíos tenían felizmente conyugues nativas y por ende hijos de color o mulatos quienes tranquilamente eran recibidos posteriormente en Amsterdam una vez realizada su inmersión en Mikvah. Pero no solamente convertían a sus conyugues, sino que también lo hacían con su servicio doméstico, tal cual hay referencias durante la Europa medieval. Esto se daba por varias razones: por un lado, el simple deseo evangelizador dentro de un ambiente de rivalidad con la Iglesia, pero, ante todo, como una reacción práctica ante la amenaza de la Inquisición garantizando así que los sirvientes no fueran a delatar a sus amos marranos.


Muy interesante es analizar lo poco que se evidencia de la interacción entre las diversas religiones y el sincretismo que ahí surgió. Por un lado, los fetiches africanos y el vudú podían compaginarse mejor con la iconografía católica, y por otro lado musulmanes y judíos compartían un mundo sin imágenes y con circuncisiones. Por ejemplo, el hijo del Rey Teigne, un tal Dechafur, optó por no profesar el islam de su padre y consecuentemente tampoco siguió una política benévola con los judíos en su reino. De este sincretismo queda la evidencia (Museum fur Volkeskunde, en Vienna) de una cuchara de marfil donde en su mango se ve claramente un yad para la lectura de la Tora. En épocas de Inquisición el arte debía ser sutil y críptico como lo era el mismo artista y dueño de la cuchara.


Un sacerdote llegado de la zona nos dejó un reporte donde cita que “en el Congo y la Angola no quedan Cristianos Viejos porque los judíos que ahí residen controlan un veneno extraído de los cangrejos con el cual controlan la vida de los gentiles”.

Un sacerdote llegado de la zona nos dejó un reporte donde cita que “en el Congo y la Angola no quedan Cristianos Viejos porque los judíos que ahí residen controlan un veneno extraído de los cangrejos con el cual controlan la vida de los gentiles”. Esto sería una versión africana de las acusaciones de crímenes rituales del Medioevo europeo. Otros más fueron acusados de preferir a los suyos, como fue el caso del Nuevo Cristiano Joao Soeiro, Contratador para Guinea de Cabo Verde entre 1609 y 1614 quien adjudicó todas las licencias comerciales a “paisanos” suyos.

El mundo católico estaba oficialmente sujeto a una Bula Papal que prohibía el comercio de armas con infieles (cuya fabricación ya desde par siglos estaba en manos de artesanos judíos de Marruecos), lo que hacía a los portugueses oficialmente incapaces de comerciar en sables, pero no así a los holandeses, ingleses y hugonotes franceses y los judíos entre esas filas, como el caso de un Luis Fernandes Gramaxo y un Manuel Batista Peres, residentes de Cartagena de Indias en 1606 y comerciante de armas y esclavos en Guinea.


Hacia 1640 una hambruna causada por una plaga de langostas da inicio al final de la presencia judía en el extremo occidental de Africa. La misma prosperidad que trajo esa zona a los pocos judíos que habitaron esos bastiones coloniales hizo que optaran por regresar a una Amsterdam filosemita y próspera. El cementerio judío de Ouderkerke, en Holanda contiene tumbas de esos judíos llegados de Africa negra, y donde se enterraron también judíos negros y mulatos que hasta el inicio del comercio de esclavos hacia 1640 fueron bien recibidos en sus comunidades (Finas lecciones que nos llegan del pasado). Estas comunidades construyeron en 1675 la Sinagoga Portuguesa que aún se puede visitar en esta ciudad.



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Radanita (en hebreo, Radhani, רדהני) es el nombre dado a los viajeros y mercaderes judíos que dominaron el comercio entre cristianos y musulmanes entre los siglos VII al XI. La red comercial cubría la mayor parte de Europa, África del Norte, Cercano Oriente, Asia Central, parte de la India y de China. Trascendiendo en el tiempo y el espacio, los radanitas sirvieron de puente cultural entre mundos en conflicto donde pudieron moverse con facilidad, pero fueron criticados por muchos.

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