De cómo el diablo adquirió sus cuernos…


El diablo no es el príncipe de la materia: el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
Umberto Eco. El nombre de la Rosa.


Por Susana Castellanos De Zubiría


Lucifer, Belcebú, Satán, Leviatán, Belial, Mefisto, Semyaza o El Patas son algunos de los nombres con los que el diablo ha sido nombrado durante los últimos milenios. A él se le adjudican, además, diversos atributos: encarnación absoluta del mal, gobernante del mundo de los muertos, tentador de los humanos, tirano del infierno o Señor del Orgullo, entre otros.


Gran Dragón, Serpiente Original, Tentador, Padre de la Mentira, Luzbel, Señor de las Moscas, Hijo de la Perdición, Pequeño Maestro, Pequeño Cuerno, el Anticristo, el Maligno…


Pero ¿corresponden todos esos nombres y funciones al mismo personaje?


Su aspecto a través de los tiempos también ha variado: se lo ha representado como un monstruo, una bestia o un humanoide, e, incluso, como un hermoso ángel. Durante un periodo, su imagen más popular fue la de una bestia cornuda con pezuñas capaz de inspirar un miedo aterrador. ¿Cómo surgió esa imagen, tomando en cuenta que en la Biblia hay muy pocas referencias a este espeluznante ser, y que ninguna de ellas es muy clara ni habla específicamente de su historia?


El aspecto físico del diablo ha sido una larga construcción colectiva, llevada a cabo durante aproximadamente 1700 años, desde el surgimiento del cristianismo. Tanto padres y doctores de la Iglesia como artistas y poetas hicieron interesantes aportes a la construcción de su aspecto. Tales aportes se inspiraron en ambiguas referencias bíblicas entremezcladas con relatos apócrifos y leyendas míticas y folclóricas, a las que añadieron altas dosis de imaginación personal e intereses moralizantes. Por eso, la representación visual del diablo que conocemos ha evolucionado de acuerdo con intereses culturales, y por ello podemos afirmar que se trata de una construcción humana y colectiva.


De entre la multitud de mitos, leyendas y de textos literarios y religiosos que han contribuido a dar forma a la imagen popular del diablo, quizás, el relato popular más conocido es el de un hermosísimo ser celestial, el hijo del alba, portador de la luz, Luzbel, posteriormente llamado Lucifer, de quien se ha dicho que era el más hermoso e inteligente de los ángeles del Cielo, a quien Dios concedió un rango superior entre los seres celestiales, pues era un querubín al servicio directo del Creador. Pero este ser quiso la adoración total, suprema, aunque la mayoría de los demás ángeles aceptaron gozosos su designio. Así, Lucifer, herido en su orgullo e impelido por la soberbia, desafió al Creador negándose a obedecer. La rebelión de Lucifer lo llevó a un enfrentamiento con el Creador y lo convirtió en su principal opositor. Esta acción, además, generó una profunda división en el Cielo, ya que una tercera parte del ejército de ángeles decidió acompañar al insurgente, lo cual posteriormente ocasionaría la terrible batalla celestial descrita en el último libro bíblico, el Apocalipsis, donde Lucifer es representado como un enorme y colérico dragón del color del fuego. Según el Apocalipsis, Dios dio su apoyo y su fortaleza al jefe de los ángeles, el arcángel Miguel, quien comandó a los leales a Dios y batalló contra la Gran Bestia, hasta que, finalmente,


[…] fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua que se llama el diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él. Y oí una gran voz en el cielo, que decía: ‘Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche, ha sido arrojado’.

(Apocalipsis 12: 9-10, versión Reina-Valera)


Lucifer, el mismo Luzbel, fue arrojado a los abismos, un lugar completamente opuesto al Cielo y el más alejado de este, el infierno, donde desde entonces lidera las huestes demoníacas, conformadas por los ángeles que decidieron sublevarse con él. En ese momento dejaron de ser hermosos y se transformaron en demonios. Lucifer perdió su luz radiante, se transformó en un cornudo Señor de las Tinieblas, en el diablo.


De este modo, el diablo surgió como encarnación del mal, el gran opositor a Dios y el principal representante de un gran miedo de la humanidad: el temor a la muerte y la posterior condena eterna.


Las diversas representaciones artísticas de este personaje se han dado de acuerdo con el contexto social y las particulares características religiosas del momento. Una serpiente, un macho cabrío, una temible bestia… pero también, aunque menos conocido, como un hermoso ángel azul o un inquietante humano alado de hermosos rasgos físicos que contrastan con su espíritu rebelde y su temperamento complejo, melancólico e irascible. Incluso, en tiempos más recientes, lo encontramos como un elegante seductor. Pero, siempre, estas facetas están asociadas a la oscuridad, la inquietud, la tentación o el temor.


Se pueden evidenciar cuatro épocas en la evolución de la imagen artística del diablo: un periodo precristiano, a lo largo del cual, en diversos países, encontramos representaciones de figuras malignas consideradas demonios. Es el periodo de los demonios del desierto, de la noche y de la enfermedad, quienes traen consigo temor, sufrimiento y muerte. Entre ellos se encuentran el dios egipcio Bes, el celta Cernunnos y el fauno Pan, de la mitología clásica, qu