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La vejez, nuestro futuro: desafío del siglo 21

El envejecimiento de la población mundial plantea desafíos en todos los sectores de la sociedad, desde el laboral y financiero, la demanda de bienes y servicios, la protección social y sanitaria, hasta la estructura citadina y los lazos familiares intergeneracionales


Por el rabino Fishel Szlajen


El envejecimiento de la población mundial es un proceso global y generalizado

Los estudios de James Smith y Kevin Kinsella se refieren, ya desde 2015, al envejecimiento de la población mundial como un proceso global y generalizado, que refleja la disminución de la tasa de natalidad y el aumento de la esperanza de vida. Este fenómeno demográfico es atendido por investigadores y formuladores de políticas en múltiples áreas, dado que plantea desafíos en todos los sectores de la sociedad, desde el laboral y financiero, la demanda de bienes y servicios, la protección social y sanitaria, hasta la estructura citadina y los lazos familiares intergeneracionales. Porque, como señalan Roland Lee y Andrew Mason, la esperanza de vida ha aumentado en todas las edades, pero el mayor aumento se ha observado entre los adultos mayores de 65 años.

En este marco la OMS estima para el 2050 unas 2.000 millones de personas mayores de 60 años de un total de 9.700 millones. Casi duplicando el porcentaje actual, habrá un 20% de la población mundial envejecida. El demógrafo Kenneth Johnson revela que en las regiones más desarrolladas del mundo se experimenta un envejecimiento más pronunciado que en las subdesarrolladas, siendo además en las ciudades donde los ancianos son más numerosos respecto de las zonas rurales, debido al mejor acceso a diversos servicios. Socio-demógrafos como David Bloom, David Canning, Jaypee Sevilla y Gunther Fink, enfatizan el impacto del envejecimiento de la población en las tasas de ahorro y consumo, conduciendo a cambios en la inversión y el crecimiento económico, reduciendo la fuerza laboral y aumentando la carga en la seguridad social, más las nuevas relaciones entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado para la compensación de los efectos negativos. En este contexto, será también crucial el aumento en la demanda de servicios de atención médica y cuidados a largo plazo, tal como lo destaca Zachary Zimmer. Así, el envejecimiento de la población mundial requiere innovadores enfoques interdisciplinarios, como la comprensión de los patrones de morbilidad de James Fries, estableciendo que, aunque la esperanza de vida aumenta, es posible retrasar la aparición de las enfermedades crónicas responsables del 80% de muertes y mayor porcentaje de discapacidad, reduciendo los años con falta de autonomía por senectud mediante la promoción de estilos de vida saludables, acortando el periodo de fragilidad. Por ello, la OMS ha promovido políticas de envejecimiento activo, fomentando actividades físicas, mentales y sociales para personas mayores, contribuyendo a mejorar su calidad de vida. Otras propuestas fomentan la inversión en capital humano y la promoción de la participación de las personas mayores en la sociedad y en el mercado laboral, aprovechando su potencial constituido por la experiencia para contribuir a la programación de algoritmos en la automación de procesos, detección y reparación de fallas, etc. Estas propuestas están directamente relacionadas con las implicancias, para los sistemas de seguridad social, de la creciente proporción de personas mayores respecto de la población labora activa. Según John Myles, la sustentabilidad financiera de los regímenes de jubilaciones y pensiones se pondrá rápidamente en crisis resultando en necesarias reformas.

Es por ello que, por un lado, el envejecimiento de la población mundial será una de las transformaciones sociales más significativas del siglo 21, demandando cambios estructurales en la ciudades debiendo ser más inclusivas y acogedoras para la fragilidad en todas sus expresiones; repensar las edades jubilatorias con políticas sociales y laborales adaptativas; adecuar las infraestructuras y servicios de salud pública para satisfacer las necesidades de una población envejecida; capitalizar la intergeneracionalidad de cuarto grado no poco frecuente en ciertas familias; repensar las residencias gerontológicas como un continuum social-sanitario y asistencial, sin recurrir a hospitalizaciones para una atención sanitaria de calidad, etc.

Pero, por otro lado, el envejecimiento de la población también puede verse como una oportunidad para la sociedad. Siendo el envejecimiento exitoso un objetivo alcanzable, caracterizado por una buena salud y una participación activa en la comunidad. Las personas mayores pueden contribuir de manera significativa al voluntariado, la educación y la transmisión de conocimientos intergeneracionales, entre otras actividades que aún no se han dimensionado correctamente en su potencial positivo para la sociedad, tal como argumentan Louise Plouffe y Alexandre Kalache.


En este sentido, el tradicional concepto de que la jubilación marca el final de la contribución y la inactividad ya no es válido. Muchos mayores se embarcan en segundas carreras, emprendimientos personales o trabajos voluntarios que les permiten seguir contribuyendo con su experiencia y sabiduría, no sólo enriqueciéndose a nivel individual, sino aportando valor a la comunidad en general, construyendo una sociedad resiliente y cohesionada.

En términos generales, este fenómeno demográfico es un recordatorio de la importancia de adaptar nuestras políticas y estructuras sociales para satisfacer las necesidades cambiantes de una sociedad en constante evolución. Y estos desafíos, más que un pesar son una oportunidad para redescubrir el rol y posicionamiento de las personas mayores y elevar el estatus moral de la sociedad, tal como lo expuse en mi anterior artículo “La protección de la ancianidad como parámetro moral de un pueblo”.

La transmisión de su sabiduría acumulada dota a nuestros mayores de una perspectiva única sobre la vida

Al abordar los desafíos que presenta el envejecimiento de la población mundial de manera holística y humanitaria, podemos estar ante una inmejorable ocasión para cambiar el paradigma de concebir la vejez como negación y etapa superflua de la vida, por una etapa de la vida digna de respeto, cuidado y participación, reconociendo el valor y la experiencia de las personas mayores, brindándoles el apoyo necesario construyendo una sociedad más inclusiva y solidaria para todas las edades y en favor del beneficio colectivo. Este cambio desarticularía el actual edadismo que discrimina, excluye, infantiliza, vulnera e invisibiliza a las personas mayores quienes por siglos han sido los guardianes de la historia viva de una sociedad, los portadores de historias, tradiciones y valores que han sido transmitidos de generación en generación. El compartir sus experiencias y conocimientos, ayudan a las nuevas generaciones a comprender su pasado y, por lo tanto, a forjar una identidad cultural sólida. La transmisión de su sabiduría acumulada dota a nuestros mayores de una perspectiva única sobre la vida y no sólo conecta a las personas con sus raíces, sino también fomentan un sentido de pertenencia y continuidad en un mundo en constante cambio. Porque si bien las formas y tecnologías cambian, no así el factor humano, su compromiso, resiliencia y capacidad de liderazgo, su reflexión sobre los desafíos y la toma de decisiones axiológicas y, por ello, convirtiéndolos en mentores y guías espirituales para las generaciones más jóvenes. Sus consejos y orientación son invaluables en momentos de incertidumbre, ayudando a las personas a tomar decisiones informadas y a enfrentar las adversidades con fortaleza.

Sólo bajo esta perspectiva de inclusión, protección y puesta en valor de la vejez, cuyas raíces se encuentran en cada uno de los textos fundantes de las religiones abrahámicas, resolveremos los desafíos con respeto y dignidad hacia el ser humano, sin facilismos tan cosificadores de la condición humana como los ya desafortunadamente vividos en las etapas más oscuras del siglo 20. En este siglo, la humanidad aún debe demostrar que ha superado aquella cultura del descarte, comprometiéndose a cambiar, mediante políticas efectivas, su actitud y mentalidad donde las personas, además de los bienes y recursos, no sean tratados como desechables o prescindibles bajo un criterio de obsolescencia productiva e irrelevancia para la sociedad.

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