Otra dosis de disonancia cognitiva: Shabat en Las Galápagos




En oportunidades pasadas he comentado sobre ese concepto tan simpático que se refiere al stress que se genera en la cabeza cuando dos conceptos plenamente contradictorios son asumidos con pasión por un mismo cliente. A menudo, la manifestación y consecuente resolución del conflicto se hace de manera subconsciente. Lo más común es cuando se trata de conciliar la ciencia con la religión o las evidencias con los agüeros. También se puede dar con facilidad dentro de la misma religión ya que suele ser un tema de libre interpretación, incluso entre quienes la consideran indiscutible (otra linda contradicción). Por ejemplo, debemos recordar aquellas posturas medievales en que en una frase hablan de amar al prójimo y en la siguiente deben redefinir el concepto de prójimo para poder abusar de él y denigrarlo.


Ahí estábamos, diciendo “Vayehí erev, Vayehí boker”, recordando la creación y el descanso del séptimo día, poniéndome los tefilín en las mañanas en la cabina de un catamarán y disfrutando del paisaje lleno de aves, esas mismas que demostraron que tomó más de un “erev y boker” para darse las cosas, que eso no se logró a punta de la Palabra Divina.

La pregunta sobre el origen del universo es la más trillada de todas. De ella también se derivan las relacionadas con la evolución de las especies. Por ejemplo: Día uno fue el Big Bang. Día 5 Dios creó a los animales y Dia 6, evolucionaron las especies y resultamos convertidos en Homo Sapiens… o algo así. O que los días no eran de 24 horas porque acaso cómo podía haber días cuando aún no había sol.


Año Nuevo anterior lo pasamos en Ecuador para, entre otras, visitar las Galápagos. Maravilloso destino, muy recomendado para quienes aman la naturaleza, y especialmente para quienes les gusta interactuar de manera cercana e intensa con los animales. Estas islas del Pacífico sirvieron de laboratorio a Charles Darwin hace 150 años para que, con escasas dos semanas, lograra reunir suficiente evidencia para enunciar y probar su Teoría de la Evolución y así “comenzara el Cristo a padecer”.


Ahí estábamos, diciendo “Vayehí erev, Vayehí boker”, recordando la creación y el descanso del séptimo día, poniéndome los tefilín en las mañanas en la cabina de un catamarán y disfrutando del paisaje lleno de aves, esas mismas que demostraron que tomó más de un “erev y boker” para darse las cosas, que eso no se logró a punta de la Palabra Divina. Pero no estábamos solos en esas. En el catamarán iba otra pareja, al mejor estilo Big Bang Theory: ella bióloga y el geofísico. Nos pasamos las veladas hablando de planetas y estrellas. Ellos comiendo de todo y nosotros nada que no tuviera escamas y aletas, pero entendiendo al mundo de igual manera.


Para colmos, en Puerto Ayora, capital de la isla de Santa Cruz, la iglesia está ubicada sobre la Avenida Charles Darwin, y en su interior, el crucifijo reposaba justo debajo del escudo de las islas, representando la exótica fauna y flora del archipiélago que se encarga de probar que Jesús no representa a la versión correcta de la Creación. Me quedé con ganas de saber cómo es que dictan la clase de religión en un lugar donde todos van a ver la prueba de la evolución de las especies. Otra dosis intensa de disonancias cognitivas. Amén por la ciencia, si me perdonan esta nueva contradicción.


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