Prólogo al primer libro de viajes de mi amigo Leon Hochman - Dromomaniando

En la infancia crecimos leyendo a Julio Verne y nos imaginábamos navegando millas submarinas, cruzando el mundo en casi tres meses, transportándonos a lugares y culturas que de otra forma nos serian inaccesibles. La Televisión nos empacaba imágenes de animales exóticos en documentales, los noticieros nos reportaban de guerras lejanas, y únicamente los mundiales de fútbol nos permitían sentir que era factible reunir al mundo. Creciendo en Colombia, eran programas como Naturalia o los documentales de viajes de Héctor Mora los que nos acercaban a los lugares recónditos del mundo, aunque llegar a ellos nos fuese inimaginable. Algunos nos fuimos contagiando y desarrollando el gusto por viajar…y viajar y viajar.


Para quienes somos viajes consumados, vaijar es la mejor manera de aprender a cerca de historia, geografía, filosofías y religiones, de políticas y conflictos; es la manera mas divertida de pasar nuestro tiempo libre. Difícilmente comprendemos una vacación de playa, nos es difícil repetir destinos por amenos que sean, y no nos motiva el descanso físico.

Para quienes somos viajes consumados, vaijar es la mejor manera de aprender a cerca de historia, geografía, filosofías y religiones, de políticas y conflictos; es la manera mas divertida de pasar nuestro tiempo libre. Difícilmente comprendemos una vacación de playa, nos es difícil repetir destinos por amenos que sean, y no nos motiva el descanso físico.

Yo tuve la fortuna de iniciarme en este delicioso mundo desde muy temprano visitando cada verano a mis abuelos maternos en Budapest. Pasábamos ahí dos meses en familia y siempre, antes de regresar a clases, visitábamos algún lugar diferente en Europa. Quizás eso me marcó desde muy temprano a ser diferente: húngaro y no inglés fue mi segundo idioma, la vida detrás de la Cortina de Hierro fue el primer “otro mundo” que conocí y no las playas de Cartagena o los parques en Orlando; me acostumbré a ver las noticias de la guerra de Vietnam o de Angola con la visión soviética y no la americana. Llegar a Hungría hace casi 40 años era una travesía larga, que implicaba cambiar varias veces de avión en varios países: el clima, la vestimenta de la gente y los idiomas cambiaban con cada escala.


En cada destino nuevo fui aprendiendo una historia mas, escuchaba un idioma diferente, degustaba sabores nuevos, aprendía de un héroe y antihéroe, de un dios nuevo, y todo, absolutamente todo se convertía en una nueva aventura. Para cuando terminé el colegio ya había recorrido muchos países de Europa y algunos lugares más en las Américas. De grado de bachillerato mi papá me dejó escoger el destino a donde quisiera ir de vacaciones. Tremenda sorpresa se llevó él cuando le dije que ese diciembre iríamos a Sur África. Con ese viaje me estrené en los destinos exóticos y remotos.


Para quienes somos viajeros consumados, viajar es la mejor manera de aprender a cerca de historia, geografía, filosofías y religiones, de políticas y conflictos; es la manera mas divertida de pasar nuestro tiempo libre. Difícilmente comprendemos una vacación de playa, nos es difícil repetir destinos por amenos que sean, y no nos motiva el descanso físico. La aventura está en el destino y en llegar allá, la encontramos en la incomodidad, en la sensación de aislamiento y lejanía y en cada una de las anécdotas con las que regresamos. Cada viaje nos abre nuevos horizontes y nos plantea nuevos retos; el mundo nunca se nos acaba. Para algunos, la meta es conocer cada país del mundo, para otros la motivación está en llegar a regiones mas especificas, es pisar cada huso horario, o recorrer líneas imaginarias o lograr marcar nuestros mapas con el trazado de inmensos trayectos. Para otros, la meta es recorrer el sendero que recorrió Marco Polo o Livingstone, o poder ponerle un pin en el mapa a cada monumento de la UNESCO, completar Route 66, la Ruta de la Seda o el transiberiano. Nosotros, los viajeros de profesión, seremos raros y petulantes, incomprensible para muchos. Cancelazos, malarias, zozobradas y demás sustos hacen parte de las emociones que nos impulsan a seguir viajando y no son las razones para dejar de hacerlo.


En últimas, los viajeros profesionales celebramos la grandeza de la Humanidad en cada aventura, celebramos su capacidad de colonizar selvas y picos nevados, de adaptarse a desiertos y a tundras, a combatir y no doblegarse ante la inclemente naturaleza. Los viajeros de profesión siempre nos maravillamos de los colores, sabores y olores sean agradables o repulsivos, apreciamos lo bueno y lo malo de cada cultura, religión, y sociedad, y no nos negamos a ningún destino. Los viajes nos abren lo sentidos, nos hacen mas críticos de nuestras circunstancias, nos rediseñan nuestras vidas, nos enseñan a compartir con el amigo y el enemigo, aprendemos a ver la cara, el sello de cada moneda, cambiamos de parecer o sustentamos mejor nuestros gustos y pasiones. Son los viajes los que nos definen y nos dictan el rumbo a seguir.


Este libro es un homenaje a todos los viajeros, una manifestación del reto que llevamos en la sangre y seguramente solo es el primer tomo que escribe este aventurero. León seguirá viajando por que el viajero dedicado nunca termina de viajar. Hace algo más de una año hice mi primer viaje con León y a hoy ya hemos hecho dos. Me será un placer poder acompañarlo a visitar las pirámides de Meroe en Sudán y así poder brindar en su compañía su merecidísima marca de haber conquistado la ultima de la 100 Maravillas de la Humanidad. La historia de ese paseo será ya material de su siguiente libro.


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