Ser o no Ser Judío. Nuestas Comunidades "Emergentes" (1 de 4)

Clásico de clásicos, título cuativador. Antes de escribirlo hace 8 años tuve que prevenir a mi mamá porque sabía que terminaría ella muy mentada...y lo fué. Pero sirvió para motivar la creación de una asociación para comunidades "emergentes", para aportarle algo más de notoriedad y bastante más de seriedad al tema de las conversiones masivas de comunidades en Colombia. En perspectiva, hay algunos temas que no compartiría plenamente hoy con lo que escribí en su momento. Eso es lo chévere de tener uno sus principios, pero sin perder la capacidad crítica y analítica que siempre hay que preservar.


Los motivos por los cuales escribí esta nota siguen vigentes. Muchas metas no se han logrado, varias cosas que quise realizar quedaron en el tintero, en buena medida, por falta de apoyo y entendimiento, y también por ciertos motivos intrínsecos al fenómeno. En su momento, no podía saber quiénes puntualmente terminarían siendo gratas sorpresas o tristes chascos; de todo ha habido y la odiosidad de mi comentario la sostengo. Total, eso también aplica a "tradicionales". Nada inverosimil tratándose de temas sociológicos y filosóficos tan intensos como estos, donde hay mucho de buena voluntad, ingenuidad, abuso, confusión, desorden, perseverancia, miedo. Será para otra oportunidad hacer un análisis retrospectivos de lo que en mi humilde visión ha sido la historia de estas comunidades.


Las circunstancias me alejaron de estas comunidades, pero no de algunos de sus miembros. Me alegra inmensamente poder leer, de cuando en vez, mensajes hermosos de amigos de vieja data, bien sea en Colombia o desde Israel, dando fe que bien ha valido la pena trabajarle al tema.


No creo justo tampoco, como pueblo, rechazar la identidad judía de personas y comunidades enteras que con devoción se han entregado a cumplir las mitzvot, han realizado conversiones serias, y después de muchos años y vicisitudes siguen viviendo con orgullo su Judaísmo.


Ser o no Ser (considerado como judío), ¡He ahí la Cuestión!


Al llegar a las puertas del cielo, Moishe Pipik es recibido por Dios quien de bienvenida le ofrece un suculento plato de carne. Moishe, ni corto ni perezoso, y ya acostumbrado a capotear estas situaciones, pregunta: “Respetado Dios, ¿Y quien supervisó la shejitá?”. Muy sorprendido, el Eterno dice “¡Pero si te la ofrezco yo, tu Dios! ¿Acaso dudas de mi?”. Moishe con poca humildad responde: “¿Sabe qué? Mejor deme una ensalada”.


Algo así nos está pasando con las conversiones. Cuando salimos de Egipto, el texto bíblico nos narra que nos acompañaron numerosos pueblos en la travesía (Ex. 12:38), y que cuarenta días después todos juntos, vocalizando la fórmula mágica “Naase veNishma” (Ex. 24:3-7), se convirtieron en Su pueblo, asi hubiesen habido de por medio becerros de oro o rebeliones de Koraj (La fábula del Midrash dice que incluso las generaciones futuras nos convertimos ahí mismo diciendo eso mismo al unísono). Siglos después, Rut dijo “Tu pueblo será mi pueblo, tu Dios será mi Dios y tus leyes serán mis leyes” (Rut. 1:16-17) y eso nos bastó para permitir que ella se convirtiera en bisabuela de David y en tatarabuela de un Mesías que aun no llega. Los Canaanitas tuvieron la opción de adoptar nuestra fe bajo la amenaza de la fuerza. Muchos seguramente así procedieron. Los Macabeos, como ya varias veces he comentado, hicieron lo mismo con Nabateos, Samaritanos y Árabes (De esa época vienen las primeras menciones históricas de árabes, como tal). El profeta Isaías (53:3-7) habla de la obligación de recibir las ofrendas de conversos por que el altar de Dios es de todas y para todas las naciones.




De la Edad Media hay descripciones de procesos ortodoxos de conversión que no tomaban un año, ni implicaban pruebas al estilo “Survivor” para verificar las genuinas intenciones de los candidatos. Incluso, hay edictos rabínicos donde les podíamos ofrecer mejores condiciones laborales a nuestros esclavos con tal de aceptar nuestra religión. En general, éramos mucho más laxos (Seltzer, 1988). Sin conversos, nos hubiésemos quedado sin la sabiduría de Onkelos, Shmaya, Avtalyon, Rabi Meir, Rabi Akiva o el profeta Obadia. ¿Acaso alguien se atrevería a dudar del Judaismo de ellos?


Nuestra cripto-historia aporta evidencias de pueblos o dinastías que en diferentes épocas adoptaron el judaísmo, como fue el caso de los khazares, bereberes, el reino de Adiabene (Reina Helena, siglo I. Ver en Talmud: Kidushim y Yebamot), y las tribus árabes judías de Qurayza en Yatrib y Kaybar a quienes Mahoma aniquiló (Koran, vers. 3:23-14). Se podrá especular sobre el verdadero origen de los judíos de Yemen (cuya Torah tiene unas pocas letras diferentes), de Etiopía, o de las montañas del Cáucaso. Pero en últimas, sería irrisorio pensar que a hoy los judíos ashkenazim al menos no se hayan mezclado con khazares, eslavos, germanos o latinos, y que lo mismo no se pueda decir de sefaradim y mizrahis mezclados con latinos, árabes, españoles, persas, turcos y bereberes. Después de tantas tragedias, debiéramos ser nosotros los primeros en rechazar cualquier argumento de pureza de sangre. ¿Alguien se le mide a una prueba de ADN?


La Torah escrita no describe ningún proceso legal para certificar una conversión. Si algo pudiese estar implícito es que la religión inicialmente se heredaba por vía paterna. Es nuestra Mishna la que decretó que se es judío naciendo de una madre judía o vía una conversión ortodoxa. Pero aun así, la metodología no ha cesado de editarse y todavía hoy los Grandes Rabinatos en Israel no tienen una posición unificada al respecto. La Halajá enseña que debemos ser cautelosos ante las conversiones que se hagan cuando de por medio hay un matrimonio o en épocas de prosperidad para evitar que éstas busquen un rédito económico (léase: debemos rechazarlas). No obstante, la normativa no aplicó para los matrimonios de Moshe Rabeinu, ni de los reyes David y Salomón. No aplicó tampoco para las conversiones de esclavos o de los conyugues de tantos feligreses quienes no sería prudente mencionar (y donde me debo incluir).