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Un país que duerme despierto

Por Marlene Manevich

Israel se ha convertido en un país donde difícilmente se puede dormir, por el ruido de las alarmas y el boom de los misiles cuando son interceptados o cuando caen a tierra, pero eso no afecta los sueños de los israelíes.


Recuerdo cuando en el colegio sonaba la campana para entrar o salir de clases. Era el anuncio de que terminaban las tareas y era hora de cerrar el cuaderno y salir al recreo. Para entrar al salón de clase, era a la inversa, pero el mismo tilín anunciaba que se acababa ese rato de camaradería con los compañeros y era hora de retomar el estudio. Esa misma campana que usa la morá Marga para silenciar las voces de las señoras que asisten al café ivrit. Cuando crecimos y entramos a bachillerato, ese sonido de campana cambió por un timbre. Era como el reflejo condicionado de Pavlov. Sonaba el timbre y eso significaba que el recreo (afsaká) había terminado, o a la inversa, que la clase terminaba y empezaba un rato de libertad.


En mis años dorados que vinimos a vivir a Israel, nos ha tocado afinar el oído para escuchar el sonido de la alarma. Se escucha primero una atraa que es una alerta, de que muy posiblemente va a sonar la alarma que nos avisa que debemos entrar al refugio. A veces no suena porque no es necesario. Después de ese anuncio, sigue la alarma que nos paraliza por un momento y nos anuncia que debemos ir al refugio. Algunos lo tenemos en la casa. Otros menos afortunados tienen que bajar escaleras para llegar al sitio donde se pueden resguardar de ese peligro que representan los misiles para los habitantes. Si uno va caminando por la calle, cerca de la casa, es fácil detectar los sitios donde uno puede entrar en caso de que suene. Nadie le niega la entrada a otra persona. Al contrario le permiten seguir al que llega.


Recuerdo hace mucho tiempo, cuando uno necesitaba entrar al baño o llamar por teléfono, en Colombia, era un drama. No prestaban el baño por nada del mundo y menos un teléfono. Agradecí mucho cuando salieron los teléfonos celulares y ya no había que rogarle a nadie. Aquí te permiten entrar. Además se trata de proteger la vida. El problema es cuando va uno en el carro y llega el mensaje al celular. Hay como 10 minutos para alcanzar a buscar un sitio donde parquear, bajarse del carro, resguardarse o tirarse al piso y protegerse la cabeza con las manos, mientras la sirena suena. Es un ruido muy característico y ensordecedor. No se parece al de la ambulancia, ni al de la policía. Es el ruido de esa sirena que nos anuncia que hay que resguardarse, la que interrumpe el sueño y cualquier tarea que estemos haciendo por importante que sea. Hasta para bañarse hay que planear el tiempo para no demorarse mucho y que nos encuentre mojados. Para los que tienen que bajar a los refugios comunales es más difícil porque los puede coger en pijama o en toalla. En estos días se ha convertido en entrar y salir y volver a entrar y volver a salir. Eso para los afortunados que lo tenemos en la casa, como un cuarto más. Modiin, la ciudad donde vivimos es nueva y hay mamad en todas las casas. Nosotros lo tenemos como estudio y cuarto de huéspedes.


Por estos días estamos durmiendo ahí, pues la alarma puede sonar varias veces en la noche y así podemos seguir soñando. No hay que levantarse alarmado y con la dificultad de no poderse volver a dormir. Así, las probabilidades de seguir durmiendo aumentan. En otras ciudades más antiguas el refugio es comunal (miklat) y el ejercicio se convierte en bajar, subir, volver a bajar y volver a subir. En Tel Aviv han convertido los refugios en dormitorios comunales, pues para la gente mayor o con hijos pequeños es agotador.


Este es un país donde la gente, en vez de llorar resuelve. En algunos, han puesto neveras, ofrecen comida y hay hasta mesas de ping pong. También han puesto carpas y colchones. He visto clases de pilates y cantantes con guitarra en mano alegrando el ambiente. Es dura la falta de sueño y más sabiendo que al día siguiente hay que ir a trabajar. Es un mal que termina afectando a casi toda la población. Más al norte, cerca a la frontera con Líbano, la situación es más difícil y la gente termina alterando el ciclo circadiano, tan importante para estar bien al día siguiente.


Estamos cansados del ruido, pero a pesar de lo que hay que vivir, hay optimismo. Noches interrumpidas, poco sueño y mucha expectativa. A pesar de todo el optimismo no nos abandona. Las velas siguen iluminando las mesas de Shabat y el pan de trenza reposa sobre la mesa esperando a ser bendecido. Esperamos que con esta terrible guerra, se resuelva la amenaza que es Irán, no sólo para Israel, sino para todo el mundo. Marlene Manevich

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Radanita (en hebreo, Radhani, רדהני) es el nombre dado a los viajeros y mercaderes judíos que dominaron el comercio entre cristianos y musulmanes entre los siglos VII al XI. La red comercial cubría la mayor parte de Europa, África del Norte, Cercano Oriente, Asia Central, parte de la India y de China. Trascendiendo en el tiempo y el espacio, los radanitas sirvieron de puente cultural entre mundos en conflicto donde pudieron moverse con facilidad, pero fueron criticados por muchos.

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