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Ética y diplomacia: bases y desafíos


En el marco de la era de la información, la ética encontró nuevos retos a vencer en torno al manejo de la información, la protección de datos y el combate contra la desinformación


Por el rabino Fishel Szlajen

Las prácticas diplomáticas entre Estados pueden generar conflictos extras entre sí. La diplomacia, como arte y herramienta fundamental de la negociación y gestión en las relaciones internacionales, para resolver conflictos, fomentar la cooperación y promover el mutuo entendimiento entre Estados, está intrínsecamente vinculada a principios éticos que no sólo delinean su práctica y el proceso de toma de decisiones, sino que determinan su efectividad y credibilidad. Sin embargo, su práctica frecuentemente enfrenta conflictos e incluso dilemas éticos tanto en las relaciones entre naciones como en la resolución de conflictos globales.


Esencialmente la ética diplomática busca el bien común, la estabilidad internacional y la preservación de la paz mundial. Como señalan Hedley Bull y Harold Nicolson, la ética en la diplomacia y, por sobre todo en quienes actúan como mediadores imparciales, debe promover un orden mundial basado en la justicia y el respeto a los derechos humanos, manifestándose en la persecución de soluciones equitativas, pacíficas y sostenibles a los conflictos internacionales, priorizando el diálogo sobre la confrontación. Este enfoque ético según Charles Beitz, busca la promoción de valores universales, como la justicia, la libertad y el respeto a los derechos humanos, pilares fundamentales en las relaciones entre Estados.


En la práctica, la transparencia y la honestidad también son elementos centrales en la ética diplomática. Tal como demuestra Brian Hocking y Kishore Mahbubani, la confianza entre Estados se construye a partir de la credibilidad, fiabilidad y cumplimiento en las negociaciones y acuerdos. Esta credibilidad es el activo más importante en la diplomacia y la falta de transparencia o engaños la socavan gravemente obstaculizando la consecución de acuerdos beneficiosos para todas las partes, siendo luego muy difícil recuperar la confianza para cualquier proceso de negociación y cooperación internacional.


Sumado a todo ello, la ética diplomática enfrenta desafíos emergentes en la era digital y globalizada. La vertiginosa difusión de información, verdadera o no, y la influencia de las redes sociales han transformado la manera en que se llevan a cabo este tipo de relaciones. Como afirma Jan Melissen, la diplomacia involucra hoy la protección de datos, la lucha contra la desinformación y el manejo ético de la información en un entorno altamente interconectado; y todo lo que estuviera fuera de este estándar tendrá un impacto directo en la percepción pública del Estado y sus líderes a nivel internacional.


Lo importante aquí es que todo lo hasta ahora mencionado se aplica, aun cuando la diplomacia enfrenta desafíos éticos complejos, tal como el equilibrio entre intereses nacionales y valores éticos universales. En ocasiones, los Estados priorizan sus intereses políticos o económicos sobre consideraciones éticas, pero cuidándose de no resultar en decisiones que socaven principios fundamentales. Al respecto, el recientemente fallecido Henry Kissinger afirmaba que los diplomáticos siempre se encuentran en la encrucijada entre servir a los intereses de su país y actuar de manera ética en el ámbito internacional.


El principio de la ética diplomática es buscar el bien común, la estabilidad internacional y la preservación de la paz mundial. Actualmente, podría decirse que son cuatro los aspectos donde se encuentran estos conflictos éticos:


1) El respeto por los derechos humanos es fundamental en las relaciones internacionales, pero a menudo los diplomáticos se hallan en situaciones donde equilibrar intereses nacionales con la defensa de los derechos humanos representa todo un desafío. Por ejemplo, en las relaciones diplomáticas y comerciales con regímenes autoritarios o violadores de los derechos humanos. Aquí se plantea el grave riesgo de una aceptación tácita de violaciones a los derechos humanos en pos del interés nacional e incluso algunas veces pretendiendo justificarlas en favor de cierta estabilidad geopolítica.


2) La diplomacia opera en entornos de confidencialidad para fomentar conversaciones abiertas y sinceras entre países. Sin embargo, esto puede rivalizar con el principio de transparencia, especialmente, cuando las decisiones podrían afectar a múltiples naciones o a la comunidad internacional. Por ejemplo, en cuestiones ambientales o de salud, tensión que Thomas M. Franck denomina zona ética gris, donde la confidencialidad sirve a los intereses estratégicos, pero choca con el imperativo de transparencia para asegurar la rendición de cuentas y la legitimidad. Las intervenciones militares humanitarias para proteger la población civil en naciones que violan masivamente los derechos humanos, pero sin desafiar la soberanía nacional del país afectado es otro ejemplo donde la ética diplomática impone buscar soluciones que equilibren la autodeterminación nacional con la responsabilidad hacia el bien común global.


3) La imposición por parte de organismos internacionales de sanciones económicas a un país por su comportamiento inapropiado también plantea desafíos éticos. Aunque estas sanciones pueden presionar al gobierno, también pueden afectar severamente a la población civil, causando escasez de alimentos, medicinas y otros recursos esenciales. Aquí los diplomáticos deben sopesar los beneficios de presionar al gobierno con las consecuencias humanitarias para la población.


4) El uso de técnicas de espionaje, inteligencia y recolección de información plantea conflictos y e incluso dilemas éticos en la diplomacia. Si bien obtener información puede ser crucial para la seguridad nacional, el dilema surge cuando se violan las leyes internacionales o los derechos de privacidad de individuos o países en aquellos procesos.


Ahora bien, existen una multiplicidad de modelos éticos en la diplomacia internacional que reflejan diversas visiones sobre cómo deben llevarse a cabo las relaciones entre Estados. Estos modelos éticos abarcan desde el más pragmático realismo hasta el idealismo principista.


El primero, quizás predominante, en línea con las ideas de Maquiavelo y como afirma Hans Morgenthau, sitúa la estabilidad, la seguridad y los intereses nacionales como prioridades en la toma de decisiones diplomáticas, enfatizando que el fin justifica los medios y que los líderes deben tomar decisiones basadas en razón de sus Estados, incluso, si implicara acciones percibidas como o contrarias a los principios éticos convencionales.


En contraste, el idealismo basado en Immanuel Kant aboga por un enfoque de la diplomacia regida por principios éticos universales. Los Estados deben regirse por un conjunto de principios como el respeto por la autonomía de otros Estados y la promoción de la paz perpetua a través de la cooperación y la formación de repúblicas federativas; y donde la moralidad no debe ser sacrificada en aras de intereses pragmáticos, sino que debe ser la base sobre la cual se construyen las relaciones internacionales.


Existe además un modelo ético constructivista focalizado en la arquitectura relativa de normas y valores compartidos entre Estados a través de interacciones y diálogos continuos. Los constructivistas, en palabras de Alexander Wendt, argumentan que las normas y valores éticos no son estáticos, sino que se construyen y modifican a lo largo del tiempo a través de la interacción social y la diplomacia pública. Este enfoque destaca la importancia de las normas y valores como productos relativos e inter-pares en la conformación de la ética diplomática.


Con esto en mente, en la compleja práctica diplomática contemporánea se observa una combinación de elementos de los tres modelos, exigiendo la realidad política un equilibrio entre decisiones pragmáticas y la adhesión a principios éticos universales en las interacciones internacionales o al menos a tratados o convenciones, aunque relativos y cambiantes.


Si bien estas son las aguas turbulentas por las cuales la ética diplomática navega, la nueva administración tendrá en principio el básico y enorme trabajo de reconstruir la diezmada credibilidad, demostrando fiabilidad, respeto y cumplimiento en las negociaciones y acuerdos internacionales, más el compromiso con las democracias liberales y los derechos humanos. Este es el punto de partida para recuperar la confianza y lograr posicionar internacionalmente a la Argentina, incrementar nuevos mercados y promover relaciones y agendas culturales y políticas.

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