"Anyu" - La otra cara de la moneda, 1948 a 1956 - Parte XIV

Por Anamaria Goldstein MIS ALEGRIAS


Dentro de esta vida gris también había momentos dulces.



Me gustaba leer y los libroseran muy baratos,podía comprar cuantosquisiera. Pero por encima de todo, estabala música, que era una parte importante de mi felicidad. Desde pequeña tuve abonos a conciertos, a la ópera y a teatros. Muchas veces y desde muy joven íbamos con mamá a los conciertos llevandolas partituras para seguir la música, leyéndolas. ¡Cómo lo gozaba! También íbamosa los ensayos generales. CuandoYehudi Menuhin vino a dar un concierto, quizás en el año de 1955, mamá pudo conseguir sólo una boleta que me la dio. Fue mi primera cita de amor con el violín.


Dedicatoria a Anyu de Keller Imre, escritor de una biografía de Chopin. “A Hausman Erzsébet, extraordinaria intérprete de Chopin, quien con su inteligencia superior comprendió, con su noble corazón sintió y con el colorido de su arte interpretó todas aquellas luces que brillan de las obras de Chopin”. Munkács, 1932 dic 8

En el otoño de 1956, poco antes de la revolución, se celebróen Budapest el concurso de piano Franz Liszt.Eran unos diez días de mucha música, desde las nueve de la mañana,hasta entrada la noche. Tenía unos deseos inmensosde no perderme nada. Pedí un permisoespecial al rector del Gimnazium para no asistiresos días, quien me lo concedió porque sabía de mi entusiasmo por la música, con la condición de presentar exámenes de todo lo que se estudiara durante ese tiempo. Fuera de oír a pianistas que despuésse volvieron famosos,hice amistad con muchos de ellos: Annie Petite, Liu Shi Kun y Claude Kahn vinieron a Colombia en sus giras unos treinta años después. También tengo discos de LazarijBerman, Lev Vlasenko y otros que conocí en esa época. Todos andábamos en unos esperpentos tiesos que osaban llamarse zapatos. Que yo sepa, fui la primera persona que tuvo zapatos hechos sobre medida, con cuero fino traído de contrabando desde Alemania. Tuve todas las clases particulares que quise, a pesar de sus costos. ¿De dónde salía el dinero para todo eso? Buena pregunta. En esa época no me preocupé por ello, sabía que para ciertas cosas había plata y para otras no; las prioridades eran evidentes, pero estaba segura de que mamá era quien lo procuraba.




El técnicoque ocupó el apartamento durantela guerra se robó mucho de lo que había quedado ahí, no sería raro pensar que los diplomas de mamá los hubiera usadopara encender la chimenea. El hecho es que se perdieron y a mamá le costó mucho tiempo y esfuerzo recuperarlos. Consiguió copias de las Academias de Música de Viena y de Praga. Con esos títulos en mano podía reiniciar su vida profesional, así que empezó a dar clases de piano en una escuela especial para niños con talento, parte de la Academia de Música de Budapest, cerca de la casa. Mamá tambiéndaba clases particulares de piano, con lo que ganaba podía pagar una muchacha de servicio y permitirse ciertos gustos. A ella le gustaba enseñary lo prefería a limpiar,lavar y planchar. Así, además,tomaba vacaciones siempreque yo las tuviera, teníamosel mismo calendario, los mismos días de fiestasy hacíamos siempreplanes juntas. Me gustaba acompañarla en sus visitas, conocersus amigas, oír sus conversaciones. Con algunas charlabasólo en alemán, no sé si para que yo no entendiera, pero eventualmente aprendí a comprender bastante.


En la Academia de Música de Anyu en Munkács.

Había un recurso extraque provenía de los paquetesIkka. El gobierno necesitaba desesperadamente dólares y para ello inventó un sistema medianteel cual, en el exterior,alguien pagaba una suma predeterminada, 20, 30, 50 o 100 dólares. Según esos valores, el gobiernoentregaba a los beneficiarios paquetes,especialmente de comida.Estos se vendíanluego en el mercado negro que se realizaba, incluso, en la misma puerta del almacén especial. Mi tía Judith enviaba con alguna frecuencia paquetes de 30 dólares durante los difíciles años de 1950 a 1953, con lo que ayudaba bastante. Yo acompañaba a mamá cuando iba a recogerlos. Desde cuadras antes nos seguían los compradores quienes decían entre dientes: “le compro el Ikka, a tanto el cambio”. Era toda una negociación, que terminaba siempre detrás del portón de un edificio, ellos felices con el café, té, chocolate, leche en polvo, cigarrillos, o licor y nosotros felices con el efectivo. Así fue como tuve bicicleta cuando los demás apenas soñaban con tenerla; la compré con un paquete Ikka enviado por mi tía Judith.A la tía Szeren la ayudábamos sólo nosotros, hasta que mamá organizó una “acción”, por allá en los años 50, donde con alguna frecuencia a determinado pariente de los que vivían en el exterior le tocaba el turno de enviar lo que pudiera.


El estudio en nuestro apartemento de Pozsonyi Ut 20.

Mis tíos me querían, me consentían y yo sabía que no debía abusar, pues para ellos la vida no había sido fácil. Mi tío Laci no quiso sacrificar su independencia. Antes de la guerra tenía un almacén de artículos eléctricos, donde vendía desde radios hasta pantallas de cristal y empleaba unos ocho técnicos para arreglos. Cuando el almacén fue nacionalizado, se quedó con un taller pequeño, donde le permitieron emplear máximo dos personas. Los empleados ganaban buena plata, pero a mi tío apenas le quedaba para los cigarrillos, sus cafés y los gastos para mantener el apartamento. Mi tía Ila no tenía ninguna profesión, así que le tocó aceptar trabajos pesados con poca remuneración. Alguna vez que les pedí más de lo que podía –dos tajadas de torta en la famosa pastelería Lukacs, en vez de una permitida– y además le eché un cuento forzadoa papá para justificarle mi gana, recibípor ello de él el único castigode mi vida. La segunda vez que papá me iba a castigar tendría yo unos once años, pero esa vez el regaño era injusto. Me dolió tanto que salí corriendo para donde una amiga. Una hora más tarde después de haberme buscado donde varias amigas para decirme quese había dado cuenta de su equivocación, apareció papá; me sentí entoncesla persona más feliz del mundo. Para Ila no existió mayor alegría que poderme brindaralgo, generalmente heladoso libros. A me daba pena recibirle porque sabía que no le sobraba dinero, pero veía su alegría y eso me alegraba más. Muchas veces yo colocaba monedas de un forint en su bolsillo o monedero para pedirle después que me comprara un helado. Papá tuvo que aprenderdialéctica marxista para dictar cursosa jóvenes abogadosen la provincia y debía intercalar fra- seología marxista al lenguaje legal. Papá se expresaba hermosamente en húngaro, de una manera concisa y clara y no


podía con la jerga política. Me acuerdo cómo nos sentábamos a veces los tres, a veces nosotros dos, a descubrir algún sentido en tanta verborrea y le ayudábamos a memorizar algunos slogans. Él renegaba y nosotras nos reíamos. A papá le ofrecieron nuevamente ser juez, el sueño de toda su vida. Antes de la guerra le habían puesto como única condición convertirse. Ahora, no le imponían condiciones, pero para entoncesno quería ser parte del aparato represivo con sus injusticias, falsedades y política de terror así que papá se quedó sin ser juez. Empezóa buscar afanosamente un trabajo que nada tuviera que ver con política y lo encontró en el mundo del deporte. Llegó a ser el abogado de la Ofi- cina Central del Deporte. Más tarde lo nombraron notario, según recuerdo, en diciembre de 1949. Para evitar que nos sucediera lo mismo que a la tía Szeren, a mamá se le ocurrió proponerle al ministerio trasladar la oficina de papá a la casa. El hall, que era muy grande, sería la oficina de la secretaria y la sala nominalmente se convertiría en la oficina de papá. Eso nos permitióconservar el apartamento en exclusividad. Papá siguió trabajando en una oficina compartida con colegas, la secretaria contestaba el teléfono desde la casa, daba razonesy para entretenerse tejía y también pasaba mis trabajos a máquina. Antes de recibir ese nombramiento, avisaron del ministerio que alguien iba a venir a conocer la familia y el medio en que vivíamos. A esto se le llamaba káderozás, así que nos dedicamos a disfrazar el apartamento. Desaparecimos los cuadros de las paredes, bajamos los tapetes persas hasta donde mi tía