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Bella Clara Ventura: una vida de arte, letras y anécdotas



Entrevistada por David A. Rosenthal


D.A.R: Cuénteme sobre sus orígenes y sobre la llegada al mundo del arte, en específico el de la literatura.

B.C.V: Nací en Bogotá, Colombia y confieso no tener edad, porque la energía no tiene edad. ¡¡¡¡Sólo mantengo energía!!!! dice con risas. Tengo tres nacionalidades: la colombiana, la mexicana y la israelí. Y me siento muy de las tres naciones. Soy mexicana por mi madre quien era mexicana, por la ley que permitía acceder a dicha nacionalidad siendo hijo de mexicano o mexicana tuve el derecho a serlo. Además, adoro la cultura mexicana y me siento muy partícipe de ella. He ido muchas veces a México. Mis primeros “pininos” (en México se refiere a primeros pasos) los di con una organización llamada “El País de las Nubes” que me llevó a varios lugares, gracias a la poesía. Pude visitar varios pueblos mixtecos para hacer talleres de poesía con los niños. Entrañable experiencia.


Además, mi abuela vivió en México y luego regresó a Colombia con una niña de un año, es decir, mi mamá. Mi abuela nos ponía música mexicana, nos llevaba a ver cine azteca y nos acercaba la cultura de Puebla etc. Así que yo me embebí de toda esa presencia. Me encantan los mariachis, la comida mexicana, sus olores y esencias. Entonces, ¿por qué ser excluyente si puedo ser incluyente en mi vida más bien?


Me siento feliz de tener estas nacionalidades y si me otorgaran más las aceptaría con gusto, porque me siento una ciudadana universal.



D.A.R: ¿Y su familia era sefardí?

B.C.V: Mi mamá nació en México, pero como yo, que nací en Colombia, fuimos hijos de padres extranjeros. Y no diría que fueron judíos errantes, porque me parece una palabra peyorativa, pero más bien el judío trashumante que busca en donde establecerse para tener unas raíces sólidas y poder lograr un bienestar. Imagino que muchos judíos vienen a Israel buscando lo mismo.


Israel le da seguridad al judío, es el retorno, es estar en casa. Mi papá nació en Sudáfrica y se nacionalizó colombiano también, llegando a bendecir su nueva nacionalidad, pues amaba a Colombia y estuvo siempre apegado a este hermoso país. Desarrolló su vida allí. Se casó y tuvo a mis hermanas y a mí en Colombia. Además, le dieron a escoger en algún momento de su vida entre la nacionalidad inglesa o sudafricana y decidió optar por la del continente africano, aduciendo que había nacido allí y por lo tanto a ese lugar pertenecía. Sin embargo, hubiese obtenido otras ventajas al haber guardado la inglesa. Para la anécdota mi hijo, cantante de ópera, hizo la observación: mamá, mucho que me hubiese servido ser nieto de inglés al haber estudiado en The Guildhall School of Music and Drama en Londres y haber podido gozar de privilegios.


Mis abuelos nacieron en Turquía, en Esmirna y otros en Salónica. Eran turco- griegos, judíos del Mediterráneo.


Cuando mi papá conoce a mi madre se da cuenta que provienen de la misma raíz, hecho que lo seduce. Se enamora perdidamente de su forma de ser, su belleza y de su juventud. Se conocieron en Armenia, en pleno Eje Cafetero colombiano, y allí se casaron.


Mis apellidos son Ventura y Corkidi, este último, hace parte del listado de las 66 familias judías que fundaron Tel Aviv “la Gran Manzana de Medio Oriente” en 1909. Por el lado Ventura, fueron personas muy observantes y estudiosas del judaísmo, incluso rabinos desde la salida de España. Sin embargo, yo como buena intelectual, corto con todo ello y me caso con un no judío. No soy religiosa, pero muy espiritual, y al final volví a mis raíces, a esa alma judía que se halla en nosotros. Hice Aliyah y acá estoy.



D.A.R: ¿Qué significa Israel y haber hecho Aliyah para usted?

B.C.V: En Israel vivo feliz. Con la nacionalidad israelí me siento súper satisfecha. Apenas llegué a Israel, cuando pisé tierra hebrea, me dieron mi documento de identidad israelí. Creo que es muy diciente sobre lo que simboliza Israel para los judíos. Un país que acoge a sus inmigrantes con todas las de la ley, concediendo las prioridades y los beneficios que se precisan. Maravillas para el inmigrante, necesitado de apoyos y de bienvenidas.

Hice “Aliyah” (ascenso a la tierra de Israel y “Ley del Retorno”) hace ocho años. Me veo aquella noche del 31 de diciembre del 2013 subiendo las escaleras para escalar el 2014 con ignoto rumbo, dirección a Israel, tierra de mis ancestros.


Empecé en Israel el “año nuevo con vida nueva” y de verdad que así fue. Todo se me fue dando de una forma especial. Me encanta la vibración del país, disfruto de la seguridad que ofrece, pues calidad de vida no sólo es tener los recursos necesarios para vivir bien, sino ver la seguridad de poder salir sin preocupación a la calle y saber que no habrá exposición al peligro. Y este detalle más vívido para quienes venimos de Colombia o Latinoamérica en general, en donde la seguridad no es, lastimosamente, el fuerte. Así mismo, esto es uno de los prodigios de los muchos que ofrece Israel. Estoy feliz de poder salir a cualquier hora y regresar tarde a casa sin temor de ser agredida.


Amo Israel, me siento en vibración y en sintonía con esta hermosa nación. Representa para mí una oportunidad para descubrir un nuevo mundo, otro universo, cuando en realidad ya cuento con tantos. Así que sumarle uno más a todos los que acaricio en mi ser, me hace sentir que adquiero mayor dimensión como ser humano.



D.A.R: Cuénteme sobre su vida profesional, y su paso por el mundo del cine

B.C.V: Estudié en París, donde culminé mis estudios de educación básica superior, luego regresé a Colombia para estudiar en la Universidad Nacional psicología. Al poco tiempo conocí al padre de mis hijos, con quien me casé. Un reconocido director de cine, al igual que mi cuñado Ciro Durán, recién fallecido. De inmediato me uní al mundo del celuloide y empecé a trabajar en producción. Al inicio como directora de arte en el filme “Aquileo venganza”. Luego, nos mudamos a Venezuela. Realizamos un cortometraje que ganó más de 15 premios en diversos festivales internacionales, dirigido por mi exmarido, Mario Mitrotti, titulado “Al Paredón”. Es una crítica social y política, a modo de sátira sobre las dictaduras y libertades de la década de los 70.


Luego, Ciro Durán y mi hermana Joyce, su esposa, nos invitaron a hacer parte de una empresa que acababan de fundar en Bogotá: Producciones Uno Ltda. Trabajamos durante por lo menos 25 años de manera conjunta. Fuimos los gestores del cine comercial e industrial colombiano. Nos llamaban los UNO (Ciro Durán, Mario Mitrotti, Joyce Ventura y Bella Clara Ventura) y también nos llamaron los “los cirios y las velas” por Ciro y por mí. Tuvimos grandes éxitos en el cine, por ejemplo, con la película de Ciro Durán, “Gamín”. Fue la primera película colombiana invitada al prestigioso festival de Cannes.


Yo dirigí 6 cortometrajes, el más famoso: “El Papá de Simón”, una adaptación del libro homónimo de Guy de Maupassant. Luego hice otros cortos más, uno sobre la vida de la poeta Matilde Espinoza. Y, hace dos años, uno sobre la vida de la poeta Maruja Vieira. Mi parte cinematográfica sigue vigente en mí y en mi literatura. En mi forma de escribir y de narrar se filtra el enfoque que tengo del mundo del cine.



D.A.R: ¿Cómo llegó al mundo de la literatura?

B.C.V: Me descubrió el mismo editor de “Gabo” (Gabriel García Márquez), es decir, José Vicente Kataraín, con su editorial Oveja Negra. Cuando leyó mi manuscrito, que era mi primera novela “Almamocha” quedó impactado, pues según entiendo le resultaba extraño ver el sesgo literario de una mujer que escribía por vez primera y que su acercamiento fuera al personaje masculino y no al femenino, como era la costumbre en la época de los 80 y 90 para las escritoras del momento. Quedó asombrado por el contenido y más tratándose de una novel escritora como era yo por aquellos años. Se desveló leyendo mi manuscrito.


Como hecho curioso, en la Feria del Libro de Bogotá, el periodista Germán Santamaría me preguntó, ¿usted es la que tuvo toda la noche despierto a Kataraín? Y me dije a mí misma, no puede ser, que este hombre esté pensando que yo me acosté con él para que me editara. En ese instante, sentí que se me había descolgado la mandíbula y el periodista, quien percibió mi reacción me respondió: tranquila, quería decir solamente que hasta que no terminó de leer todo el texto, no apagó la lámpara de noche.


Kataraín me citó días después. En la entrevista me espulgó por todos los flancos, y yo me sentía intimidada, me escurría en la silla ante tantas preguntas, y eso que yo no soy alguien a la que pueden amilanar fácilmente, pero su artillería de preguntas me descentraba. Una hora después de indagarlo todo, cuando empezó a hablarme sobre mi obra, y ante mi sorpresa, se la conocía casi de memoria.



D.A.R:¿Cuénteme sobre el libro “Almamocha” y cómo es qué llega a él?

B.C.V: Es una historia bastante particular. Basada en un personaje que existió, pero a quien debí recrear por medio de lo que contaban los demás, en este caso su familia. Era el papá de mi exmarido. Es decir: mi exsuegro. Era una persona bastante odiada por sus hijos y por su mujer. Yo me decía, ¿cómo un hijo puede odiar tanto a su padre? Me resultaba imposible de creer.


Descubrí por sus actitudes, que lejos de obedecer a una maldad aparente, era una persona torpe, muy básica, sin gran nivel intelectual, que al llegar de Italia a Suramérica contó con suerte y se convirtió en un constructor de buenos alcances económicos.


Yo lo conocí, y aprendí a apreciarlo a pesar de ser un declarado antisemita. Me llamaba poderosamente la atención, ¿por qué era antisemita? Asunto que luego entendería, pero mi exmarido antes de casarnos me pidió que no le dijera que yo era judía. También odiaba a los colombianos. Y era antisemita por la educación impartida por el fascismo italiano por aquel entonces.


Al principio, me abstuve de decirle que era judía, para no recibir un rechazo certero antes de que me conociera realmente. Quise que el tiempo hiciera lo suyo, que me descubriera como lo que era, se hiciera una opinión sobre la persona que era y en alguna oportunidad le diría la verdad. Cuando tuve a mi cuarto hijo varón, fui a verlo y le dije: “viejo, por culpa tuya no tuve la hija deseada, pues ya el apellido Mitrotti, quedó salpicado de judaísmo hasta el resto de sus días”, pero curiosamente ya había un afecto establecido entre ambos y su respuesta fue un abrazo cerrado. Y, es que, en realidad, no era un hombre malévolo como me lo habían pintado, sino un hombre torpe.



D.A.R:¿Qué es lo que la inspira para escribir?

B.C.V: Pues bien, el tema central de mis novelas y mi literatura en general versa sobre la condición humana en general. Responde a mi interés inicial de estudiar psicología, que no es otra cosa que la ciencia del hombre y sus conductas.


Además, mis vivencias personales siempre han sido estremecedoras y me trascienden. Forman parte del espectro humano. De las 12 novelas que he escrito todas se caracterizan por una temática fuerte sobre la condición humana. Por ejemplo, la del “demonio de mediodía”, el personaje relatado le teme a la vejez, y empieza a transformar su vida y a desbaratarlo todo en el intento de recuperar su supuesta juventud.


También escribo sobre el asunto de cómo enfrentar la muerte. Tampoco falté a la posibilidad de relatar algunas de mis vivencias en Israel a mi arribo al oasis de mi vida. Referencias a experiencias humanas. Otros temas también muy cercanos como: divorcios, relaciones afectivas, la fragilidad, las adicciones, los desencantos, etc. Ahora sobre la pandemia, por ejemplo, mi última obra se refiere al amor con la novela: “El amor en los tiempos del coronavirus”.


Un filósofo que escribe sobre algunos de mis textos dice que mi literatura tiene los mismos valores de “mi pueblo”. Y es verdad, yo no puedo ser ajena a los valores que recibí, a la educación que tuve en casa. A pesar de haber tenido tres maridos como los he tenido, no soy una mujer desbordada, bohemia, alcohólica ni adicta. Me aparto de todo vicio. Aunque reconozco que, si yo no pudiera escribir, me moriría. Para mí la escritura es vital y asunto de cada día.



D.A.R: Cuénteme sobre este libro que recientemente fue lanzado en Madrid, en el que se resume toda su vida y obra, que además obedece a un homenaje en vida, titulado: “Escritura de luz. Vida y obra de Bella Clara Ventura” en el cual 100 personas escriben algo sobre usted y para usted.

B.C.V: Pienso que uno como judío tiene la obligación de ser “luz entre las naciones”, así como cuando un judío comete alguna arbitrariedad, es todo el pueblo el que paga el pato. Pretendo ser una “bien comportada” para que por lo menos el judaísmo no se vea salpicado por mi inadecuada conducta. Así mismo, como dijo Ana Frank, “que por lo menos mi vida no haya sido en vano”.


La idea del libro homenaje fue del académico y escritor Carlos Vásquez Zadwaski, presidente del Pen Colombia, quien al ver la cantidad de gente que convoco y teniendo en cuenta la extensión y dimensión de mi obra, propuso que era necesario hacer un libro para mí por mi extensa labor literaria, y así fue. Dicho y hecho. Aunque al principio yo pensé que era solo un decir. Tal como me decía Kataraín; “tú no tienes nada que envidiarles a la Mastretta, a la Serrano ni a la Allende”, lo veía sólo como un halago.


La recopilación se hizo bastante rápido, y hubiera podido tener bastantes más testimonios, pero la idea era que estuviera listo para la Feria del Libro en Madrid. También estuve en la Feria del Libro de Frankfurt, donde además me pidieron junto con otros escritores hacer un escrito sobre “Frankfurt territorio literario”. Mi texto se relaciona con Goethe, un diálogo íntimo entre los dos. Pude visitar su casa museo estando allá y. hacerme más a la idea de quién fue aquel escritor que dejó huella.



D.A.R: ¿Cuál es su escritor favorito?

B.C.V: Muchos y excelentes, pero por sólo citar uno que me viene a la mente: Antoine de Saint-Exupéry y su obra magna “El Principito”.



D.A.R: ¿Como encuentra en Israel el recibimiento a los artistas, en este caso a los escritores de la lengua española?

B.C.V: Creo que debe haber un espacio para los escritores hispanohablantes y que el gobierno israelí debería preocuparse por traducirnos para que nos conozcan, pues no creo que haya una gran cantidad de escritores en español aquí. Aunque, para hacer honor a la verdad cuando yo llegué a Israel me dieron un reconocimiento económico por la calidad de mi obra. Un premio en cierta forma.


Me dijo la directora cultural del Instituto Cervantes sobre mi libro “Amor en telaraña” que no era una obra que le pudiera interesar demasiado a los israelís, porque lo que narro ya lo saben, que más bien es una labor de iluminación para aquellos que anhelen descubrir la vida en Israel vista por el lente de una inmigrante. Entonces yo digo, que el lector israelí debe enterarse que un autor u autora extranjeros pueden palpar y develar su esencia. También ese sesgo resulta valioso.


Debería haber un lugar para que los artistas que lleguen de fuera, que hacen “Aliyah” puedan expresarse sobre Israel y que resulte una vitrina para el mundo.



D.A.R: ¿Bella, el mundo está en crisis?

B.C.V: Totalmente. Pienso que hay una crisis de valores sobre todo en los jóvenes, pues una educación con tanta libertad y sin límites hace daño. Veo a muchos hombres y mujeres y les pregunto si tienen novio o novia y me responden las mujeres que no hay hombres y los hombres que no hay mujeres.


Es como si no hubiera conexión ya entre los seres, pues como se perdieron los valores, y ahora existen nuevas prioridades, no hay enlaces reales. Todo pasa por una virtualidad que la desdobla o degenera. También se va perdiendo el tacto. Me parece catastrófico y triste en realidad. Debería haber una restructuración de la sociedad y que se vuelva a institucionalizar los valores que dan firmeza y trascendencia. Y el arte es reflejo de la sociedad en la que vivimos, debido a ello hay “artistas” que pueden poner una cáscara de banano en un lienzo y venderlo por 150 mil dólares. No hay principio de realidad o algo se está perdiendo que no entendemos bien de qué se trata. La pandemia nos habrá enseñado a buscar algo más profundo y con mayor sentido.

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