Carta a la Abuela Desconocida

Por Estela Goldstein


Abuelita:


Te gustará saber que me llamo igual que tú y que tengo ya más años de los que tú tenías cuando fuiste incinerada. Tu nombre me acompaña y es parte de mí.

Me gustaría saber si me parezco a ti. Trato de buscar semejanzas pero lamentablemente la foto que tengo es vieja, en color sepia y está ajada por el paso del tiempo y el escondite… Algo tuyo debo tener, ¿cierto?

Quiero contarte que tu hijo – mi papá – logró sobrevivir la Shoah y llegó a Colombia con su esposa un poco después de que terminara la guerra. Traía un sidur en su bolsillo y una foto tuya. Tuvo tres hijos. Yo soy la del medio. Aquí nacimos y aquí crecimos. En un país diferente, con un idioma nuevo y otras costumbres. Por eso te escribo en español. Hubiera querido dialogar contigo en yidish pero no puedo. Yo sé que tú me entenderás. Habla conmigo, abuelita. Me haces falta.


¿Cuántos años tendría yo cuando me interesé por ti? Tal vez cinco o seis. Pero no podía preguntar. No hubiera sido justo con mi papá. A pesar de que nunca hablaba de su pasado, yo siempre supe que había vivido cosas terribles y que no podía agregar más peso a su dolor. La única foto tuya – prueba solitaria y real de tu existencia- permaneció oculta en una caja por años y años. Me hubiera gustado ampliarla y colgarla en la sala de la casa. Así, por lo menos hubiera podido mostrarte a mis amigos cuando hablaban orgullosos de sus abuelos. ¡Pero eso no era posible! Mi papá no hubiera soportado tu desgarradora presencia ausente. Sólo cuando él murió, tu imagen pudo convertirse en algo más tangible.


Me gustaría saber si me parezco a ti. Trato de buscar semejanzas pero lamentablemente la foto que tengo es vieja, en color sepia y está ajada por el paso del tiempo y el escondite… Algo tuyo debo tener, ¿cierto? Tal vez los ojos azules, el cabello rubio o el tono blanco, casi lechoso, de mi piel. Estarás pensando que con esas características lo más probable es que yo hubiera sobrevivido, ¿cierto? No lo sé… ¡Era tan impredecible!


Cada vez que voy al médico me pregunta por tu historia, la de mis otros abuelos y la de mis tíos, tus hijos. Sería bueno tenerla, dice… No entiende que no tuviste la oportunidad de conocer la que hubiera sido tu causa natural de muerte

Preguntarás por mi salud, abuelita… Estoy bien, pero cada vez que voy al médico me pregunta por tu historia, la de mis otros abuelos y la de mis tíos, tus hijos. Sería bueno tenerla, dice… No entiende que no tuviste la oportunidad de conocer la que hubiera sido tu causa natural de muerte.


Querrás saber qué más sé de ti. Nada y todo, abuelita… Como no tengo objetos que me hablen de tu pasado, he llenado el crucigrama de tu vida con sueños y fantasías. Te veo como una mujer fuerte y te imagino trabajando en las labores del campo. Cocinando, amasando, trayendo los cántaros llenos de agua para la comida. Preparándote para el Shabat. Encendiendo las velas. Y despidiéndote de tus hijos, sabiendo que nunca más los volverías a ver.


Te llenará de dicha saber que soy abuela pues esta será la mejor prueba de tu supervivencia. Sí… Soy abuela… ¡pero no sé si lo hago bien! Es que no te tuve nunca como modelo y he tenido que aprender sola, sin recuerdos de cómo y qué hacen las abuelas. Dicen que me excedo con mis nietos. Tal vez…. Quizás quiero darles todo lo que tú no pudiste darme a mí y me desbordo por que sé lo afortunada que soy.


Abuelita querida, ¿me dejarás acariciarte tu cabellera blanca? ¿Y secarte esas lágrimas que veo rodar por tu mejilla? No te pongas triste, abuelita y disculpa mi añoranza. Sé que no puedes responder esta carta pero no importa. Sólo quiero llenar un poco mis vacíos y decirte que estarás siempre en mi corazón.