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Comentarios sobre: ¿Somos una minoría étnica? - Reunión en la AIM, marzo 18.

Por David Behar

Posterior a la reunión por Zoom, donde se discutió sobre la posibilidad de inscribir a las comunidades judías dentro de leyes que agrupan a minorías étnicas, surgió en mí la inquietud sobre si debemos ser considerados como tales.


Desglosemos el concepto. Por un lado, una etnia es una comunidad humana definida por afinidades culturales, lingüísticas, históricas o incluso raciales compartidas, que generan una identidad colectiva.


Entre las principales características de una etnia se encuentra la cultura compartida, que abarca costumbres, religión, gastronomía, expresiones artísticas y vestimenta.


Bajo estas consideraciones, surge la pregunta: ¿existe realmente una afinidad cultural entre judíos yemenitas, alemanes, etíopes o los Bnei Menashè? ¿Coinciden en costumbres, gastronomía, fisonomía, idioma de origen o vestimenta? Incluso desde el punto de vista genético, algunos grupos judíos pueden estar más cercanos a poblaciones como los beduinos israelíes, los drusos o incluso a europeos del sur, particularmente chipriotas.


Siguiendo esta línea, cabría preguntarse si los sefardíes constituyen una etnia distinta de los ashkenazìes o los mizrajíes. Y más aún, ¿cómo encajan los conversos dentro de este esquema?


Este no es un debate reciente. La conclusión más ampliamente aceptada es que los judíos no son únicamente una etnia, ni solo una religión o una raza, sino un pueblo o nación, o más precisamente, un grupo etnorreligioso. Es decir, una combinación de ascendencia, cultura, identidad, religión y filosofía de vida,  que se agrupa en torno a un origen común vinculado a los antiguos israelitas.

 

Pero ajustándonos a la imparcialidad en la discusión el que las anteriores  definiciones  no sean  “puras” no las invalida, jurídicamente. De hecho, muchos grupos reconocidos como minorías étnicas en el mundo son internamente diversos. La categoría legal de minoría étnica no exige homogeneidad absoluta, sino identidad colectiva diferenciada y comunidad histórica.

 

Hecha las aclaraciones, surge la pregunta jurídica: ¿podríamos inscribirnos como una minoría étnica?  Probablemente sí, pero ello implicaría definir quién es judío, lo cual podría abrir un espectro tan amplio que incluso incluiría a quienes sienten afinidad por nuestra religión.


Remontándome al año 2013, se evidenció el crecimiento de comunidades judías emergentes que, enfrentando dificultades para sostenerse, acudieron a la dirigencia de la asociación ACIC*.  En ese contexto, se presentó la propuesta de un abogado y antropólogo proveniente de estas nuevas comunidades, quien argumentaba que dichas comunidades, especialmente las de origen anuzim, podrían encajar dentro del marco del Convenio 169 de la OIT, al cumplir con características de tribalidad. Bajo esta figura, podrían ser reconocidas por el Estado colombiano y acceder a derechos diferenciales como la etnoeducación, la autonomía, la participación política y el reconocimiento territorial, entre otros.


En ese momento, como presidente de la Asociación, debo reconocer que estuve tentado a impulsar la iniciativa. Sin embargo, dada la complejidad y sensibilidad del tema —cada uno de estos aspectos ameritaría un debate profundo— decidí consultar con miembros calificados tanto de la Confederación como de las nuevas comunidades.


La conclusión general fue que, en ese momento histórico, no era prudente avanzar en esa dirección. Se consideró preferible evitar posibles tensiones con las comunidades tradicionales, buscando abrir puertas en lugar de cerrarlas. Por ello, el proyecto fue archivado hasta contar con una mayor comprensión del panorama, optando por avanzar en caminos paralelos sin generar conflictos legales o institucionales.


Con el paso de los años, han surgido voces sensibles y valientes que promueven diferentes soluciones para la integración, el reconocimiento y la protección de las comunidades, especialmente en un contexto global donde el antisemitismo sigue siendo una amenaza. No obstante, cualquier decisión en esta materia debería surgir del consenso entre todas las comunidades, incluyendo también a las nuevas que se verían igualmente afectadas.


En lo personal, considero que mantener un perfil bajo puede ser, en muchos casos, la opción más prudente. No existen leyes que puedan garantizar completamente la protección frente a un eventual gobierno hostil. Aunque quisiera pensar que iniciativas como la discutida podrían traer beneficios, la realidad histórica invita a la cautela.


Como ejemplo, podemos mencionar el caso de Cuba bajo el régimen castrista, donde, a pesar de no existir una animadversión abierta hacia la comunidad judía, nada impedía que la situación hubiese sido distinta. En el contexto colombiano, donde algunos perciben manifestaciones de antisemitismo a nivel estatal, una relación más estrecha con el gobierno podría incluso resultar contraproducente.


También es válido cuestionar si, en ocasiones, nuestras decisiones pueden carecer de una visión de largo plazo. Sin embargo, vivimos en un mundo cambiante, donde los escenarios pueden transformarse rápidamente, haciendo difícil prever sus consecuencias.


Si estuviera en una posición de liderazgo comunitario, evaluaría todas las opciones disponibles para fortalecer y proteger a los judíos a nivel nacional.. Por ejemplo, impulsaría la realización de un censo,  incluso contemplando mecanismos para incluir a quienes prefieren no registrarse formalmente. Recuerdo una conversación con el rabino Jabad en Cartagena: mientras yo estimaba que había unos treinta judíos en la ciudad, él manejaba cifras cercanas a setenta. Esto evidencia la necesidad de contar con información más precisa.


Asimismo, promovería canales de comunicación abiertos que fomenten el sentido de unión y pertenencia. Inclusive, quienes sientan desapego hacia nuestras ceremonias y tengan una idea particular sobre Dios, deberían hacer un esfuerzo por asistir a la sinagoga, reuniones  y celebrar las fiestas,. No esperemos  a que el miedo sea el único factor que nos una. Es preferible anticiparnos, organizarnos e imbuir a  todos en  las estrategias  planteadas, previendo cualquier escenario, presente o futuro. La dirigencia, además, deberá sentirse respaldada por sus comunidades.


Dado que la situación actual es tensa, resulta fundamental dotar a las comunidades tradicionales de herramientas que fortalezcan su capacidad de apoyar a quienes lo necesiten. Esto es especialmente relevante si se considera que existen numerosos judíos en Colombia que no están vinculados a estructuras comunitarias formales. Por ello, es importante insistir en que todos, al menos, puedan acceder a la información que estas generen.


Finalmente, es clave crear oportunidades para los jóvenes, evitando que perciban la emigración como la única alternativa, resquebrajando así, la base más importante.


Las nuevas comunidades tienen un papel relevante en este contexto. Por ello, debemos centrarnos en aquello que nos une, más que en lo que creemos que nos separa. Nuestras decisiones van a incidir igualmente en estas.



 

*Quienes deseen informarse sobre la historia que  rodeó a esta organización, buscar en “Valijas de Apócrifos” el articulo EMERGIENDO, SUMERGIENDOSE Y VOLVIENDO A EMERGER, CAPÌTULOS 1 Y 2.


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