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La fuerza de la Unidad: Lecciones de la Parasha Behaloteja



Por Daniel E. Florez

Comunidad Judía Sefardí de Cartagena

 

La Parashat Behaaloteja es una porción de la Toráh especialmente rica en enseñanzas espirituales que trascienden su contexto histórico, ofreciéndonos lecciones que pueden aplicarse en nuestras vidas y que permiten una comprensión mucho más profunda del sentido histórico del pueblo de Israel. Algunos de los temas a los que nos invitan a reflexionar es sobre la conexión entre materia y espíritu, la importancia de la unidad, y la necesidad de abordar los problemas desde su raíz para encontrar soluciones verdaderamente sostenibles.


Enfocarnos únicamente en las dificultades materiales que atravesamos puede llevarnos a un círculo vicioso del que difícilmente podremos salir, solo atendiendo al plano de las causas, muchas veces espirituales, podremos dar un verdadero viraje a las situaciones que nos afectan

Para el rabino Amram Anidjar, en su texto Las Alturas de mi Pueblo, la simbolización de la Menorá (candelabro), situada en el interior del Santuario frente a la mesa de los panes proyecta la unidad del mundo material y el espiritual. En ese sentido, podríamos afirmar que en el mismo lugar santo coexiste el símbolo del mundo espiritual, expresado en el estudio de Toráh asociado con la Menorá; y, por otro lado, el símbolo del mundo material, expresado en el trabajo del hombre y su sostenimiento físico, asociado con los panes en tanto producto del trabajo sobre la tierra. Esta imagen expresa, una integración de lo material y lo espiritual. Y no solo eso, las ventanas del Santuario permitían que esta luz se irradiara hacia el exterior, simbolizando la proyección de la fuerza interna, obtenida en la unificación del plano material y el plano espiritual, hacia todo el mundo. Este simbolismo subraya la importancia de entender que el camino de la santidad pasa necesariamente por conjugar la dimensión espiritual y material, el judaísmo lejos de sostener una huida de la materia, entiende que ésta es un elemento clave en el proceso de elevación y rectificación espiritual.


Esta enseñanza ya viene, desde otra perspectiva, expresada en los dos primeros capítulos de Bereshit. Al respecto, el rabino Yosef D. Soloveitchik en su obra La Soledad del Hombre de fe, plantea la existencia de dos dimensiones del hombre (Adam) que se encuentran en permanente tensión. Por una parte, se ordena a Adam fructificarse y dominar la tierra, haciendo alusión al deber material de trabajar para desarrollar la Creación a través de la técnica y la ciencia que le permitan el control sobre la naturaleza. Pero, por otra parte, el texto  nos habla de un “segundo” Adam, o una segunda dimensión de éste, el cual recibe el aliento divino y es puesto en el jardín para que lo guarde, este Adam parte de una relación mucho más íntima con Hashem lo cual acentúa su dimensión esencialmente espiritual. De aquí se desprenden dos experiencias existenciales diferentes, por una parte, una vocación a la transformación y desarrollo del mundo material (señorío sobre la tierra) y por la otra una prevalencia de la reflexión orientada a una comunión estrecha con el Eterno (apego al Creador).


La vida del judío consiste en cabalgar sobre esta aparente tensión toda su vida. Una poderosa enseñanza que se desprende de la parashat Behaaloteja es, precisamente, que el deber del ser humano en este mundo consiste en esforzarnos en ambas dimensiones hasta lograr que una sea el complemento de la otra y avanzar desde ahí a una verdadera corrección.


Por otra parte, la propia elaboración de la Menorá revistió considerables dificultades, la Escuela de Rabí Yshmael enseñaba que Moshe tenía dificultades para comprender con precisión la forma y los detalles de la Menorá, por lo que el Eterno tuvo que mostrárselo con Su propio dedo (Talmud, masejet Menajot, 29a). No obstante, este enigma que enfrentó Moshe no se refería a las características físicas de la Menorá, sino a sus implicaciones filosóficas y espirituales. Si bien su profundidad es inagotable, en este escrito quisiera destacar que la Menorá, con sus siete brazos adornados individualmente, simboliza cómo la pluralidad del mundo y la individualidad de cada elemento funcionan en unidad, reflejando la complejidad y la integridad del universo. La Menorá, hecha de una sola pieza de oro, nos enseña que, aunque somos diferentes en niveles de espiritualidad y observancia, todos somos parte de un todo indivisible. La grandeza de la Menorá está precisamente en esa diversidad, en la heterogeneidad que enriquece nuestra vida como pueblo y que permite que nos complementemos desde la diferencia.


La luz de la Menorá tiene múltiples significados. Representa la luz primigenia con la que el mundo fue creado, la sabiduría de los sabios en cada generación y la luz que Israel irradia al mundo. Sin embargo, su significado principal es que la Menorá representaba la Presencia Divina en el Santuario. Rashi, explica que la llama del candelabro no era encendida directamente por los sacerdotes, sino que surgía inicialmente del fuego de la propia Menorá, simbolizando de esta forma la Presencia Divina que permanecía en el Bet Hamikdash. Otro detalle importante, es el aceite utilizado para la Menorá, el cual debía ser de oliva y cumplir con estrictos requisitos de pureza, supervisados por los cohanim. Este ritual simboliza el cuidado constante y la dedicación necesarios para mantener viva la luz espiritual. El aceite, entre más puro, mejor luz da. Así mismo, entre más esfuerzo se imprima en el estudio de Toráh, más fuerte brillará la presencia del Eterno en nuestras vidas.


Finalmente, quisiera concluir con una interesante enseñanza que el rabino Yosef Garmon, en su libro Toralogía, nos ofrece sobre cómo abordar las necesidades humanas desde su raíz. Es la historia de un campesino que intenta satisfacer a la hija del rey con frutas y verduras, sin entender que ella necesita oro y joyas, esta situación ilustra que el alma humana requiere más que satisfacción puramente material; necesita el alimento espiritual de la Torá. Enfocarnos únicamente en las dificultades materiales que atravesamos puede llevarnos a un círculo vicioso del que difícilmente podremos salir, solo atendiendo al plano de las causas, muchas veces espirituales, podremos dar un verdadero viraje a las situaciones que nos afectan. Lo anterior, se relaciona con las quejas del pueblo de Israel en la Parashat, quienes pedían insistentemente alimentos, mientras que Hashem les instruía a buscar sabiduría y enseñanzas. La moraleja es que, para satisfacer verdaderamente nuestras necesidades, debemos abordar entender que el mundo material es siempre también espiritual, así que debemos actuar no sólo frente a lo que nos afecta sino también frente a las raíces espirituales de nuestros deseos y problemas.


En conclusión, la Parashat Behaaloteja nos enseñan la importancia de la unidad, la conexión entre materia y espíritu, y la necesidad de abordar los problemas desde su raíz. En nuestra vida estos principios nos invitan a fomentar la inclusión, la comprensión y el respeto mutuo, construyendo comunidades más fuertes y resilientes, donde cada individuo contribuye al bien común. Así como la luz de la Menorá al interior del lugar santo ilumina los panes, así mismo, la fuerza de la espiritualidad de un judío se mide por su preocupación y atención a las necesidades materiales del otro, esa era la tarea antes y esa sigue siendo aún nuestra tarea, transformar el mundo mientras caminamos unidos en fraternidad hacia la santidad.

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Muy buena interpretación de la Parasha Behaloteeja. Los judíos nos apoyamos mucho en lo espiritual y eso ha sido fundamental para llegar hasta el día de hoy después de tantas veces que nos han querido eliminar.

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