La gran labor mundial de Lubavitch:

Este artículo es de hace tres años, escrito después de otro viaje a parajes remotos, donde las virtudes de Chabad me fueron evidentes una vez más. Si bien no comparto varios principios filosóficos del movimiento, al César lo que es del César.


Chabad Centers – Motivo de orgullo


Sin lugar a duda, los centros Chabad alrededor del mundo son una de las más grandes creaciones del judaísmo contemporáneo, elevando a nuevos niveles de excelencia el sentido comunitario de nuestro pueblo. Bajo modelos que pudieran parecer franquicias por la eficiencia en que se montan y su parecido filosófico con el que funcionan, (más no por su carácter comercial), en cuestión de algunas pocas décadas han logrado hacer presencia en unos 85 países. Por ejemplo, funcionan en países árabes como Túnez y Marruecos. En Africa Subsahariana están en Ghana, Nigeria, Sudáfrica, Kenia, República Democrática del Congo, Angola y las islas Mauricio. En Asia están también en Taiwán, Kyrgyztán, Vietnam, Camboya, Kazakstán, Japón, Singapur, Armenia, Azerbaiyán, India, China y Korea. Están en Noumea, Nueva Caledonia, si alguna vez pasan por Oceanía y quisieran visitarlos, y también cuentan con sede en la República turca no reconocida de Chipre del Norte. Son 15 centros en Argentina, 15 en Brasil, 50 en Canadá, casi 250 únicamente en California, más de 60 en la antigua URSS, y cuentan con cerca de 4.000 emisarios diseminados por todo el mundo.


“El trabajo del emisario de Chabad se completa y está en su máximo nivel cuando se fusiona con alegría y calor de corazón. El éxito de cada programa depende en gran manera de la alegría ejercida en su implementación. Este es el trabajo de Shlijut y se alude al hecho de que el valor numérico de Shliaj en es el mismo que Simjá. De hecho, no es sólo el modus-operandi del emisario, es su esencia.”

Los Chabad Centers han tenido múltiples virtudes y son el resultado del ingenio visionario del último Rebe de llevar la llama del judaísmo a cada rincón del mundo donde haya un judío, indiferentemente de su afiliación filosófica. Una de esas virtudes ha sido la de organizarse en universidades donde la población judía es frágil, sujeta a tentaciones y no contaba necesariamente con sinagogas o centros comunitarios debido a su naturaleza informal y temporal. Dentro de este grupo también cabe incluir los múltiples campamentos de verano para adolescentes que operan en todo el mundo. Otra ha sido la de revitalizar inmensas áreas geográficas donde nuestro pueblo ha sido marginado y donde la práctica de nuestras tradiciones fue penalizada durante casi un siglo de Comunismo. Es quizás allá donde su impacto ha sido más dramático, en el mejor de los sentidos, dándole respiro a literalmente millones de paisanos que de otra manera muy posiblemente se hubieran perdido en otra generación.

Un tercer grupo de centros y virtudes ha sido la de establecerse en lugares vacacionales y de mochileros con gran afluencia de correligionarios. Entre ellos cabe destacar los centros en Katmandú (Nepal), Goa (india), Hoy-An (Vietnam), o el más nuevo de todos en la isla griega de Rodas, y el que B”H pronto se establecerá en Cartagena. Finalmente, y quizás el más osado de todos, es el de establecerse en nacientes destinos a donde llegamos buscando horizontes comerciales.

Es sencillamente admirable ver cómo establecen centros comunitarios que proveen servicios religiosos, comida kosher, clases y un “quedadero” repentino en lugares como Kinshasa, Accra, Luanda, Pnon Phen o Hanoi donde hasta hace pocos años los únicos judíos eran los miembros de delegaciones diplomáticas de Israel o Estados Unidos. Esos centros son hoy en día el cimiento más claro para las nacientes comunidades. Aportan vínculos, calor humano, familia, y yidishkeit con mezuzot, milot, tfilin, clases para bar mitzva, visitas a reos, hevra kadisha, bikur jolim y mikve.

Personalmente, he sido bendecido con la oportunidad de asistir a muchos de estos centros donde siempre fui recibido con brazos abiertos. He sido invitado a cenar shabat en Barcelona y Munich, he participado de una noche de Seder junto a mil mochileros en Katmandú, he visitado muchos centros en Siberia y más recientemente tuve el placer de compartir una tarde shabat en Ho Chi Min City. De todas he regresado con un nuevo amigo y una nueva anécdota. En cada lugar encuentro una historia o un amigo en común, un vínculo, y siempre una mención especial de nuestro querido rav Yehoshua y de la familia Rohr.

En palabras del rebe Schneerson, Este artículo es de hace tres años, escrito después de otro viaje a parajes remotos, donde las virtudes de Chabad me fueron evidentes una vez más. Si bien no comparto varios principios filosóficos del movimiento, al César lo que es del César.


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