La invención de la Tradición. Otra versión de la misma patología. Parte II.



Lindo eso de preservar costumbres milenarias. Por ejemplo, es muy lindo llevar dos milenios sentados alrededor de la mesa de Pesaj leyendo de la Hagadá, o saber que llevamos tres milenios yendo a la mikve y circuncidándonos. Algunas de esas tradiciones son lindas, valiosas o representativas, pero no todas. Existen tradiciones que eventualmente pierden su razón de ser y quedan en el olvido. Algunas de manera lastimosa (el uso del Yidish o el Ladino), otras de manera acertada (Ley del Talión). Pero tema aparte es cuando “retornamos” a la tradición o, copiando el título de un libro que me marcó de joven, cuando acudimos a la “Invención de la Tradición”.


La Guerra de los Seis Días, un genuino milagro en nuestros días, nos catapultó a niveles mayúsculos de delirio pre-mesiánico. El Muro de los Lamentos pasó de ser un lugar relevante a ser un lugar central. Pasó de ser un lugar que nos unía a ser uno que nos divide. El Monte del Templo dejó de ser un lugar geográfico y se convirtió uno de tensión geopolítica.

Los nacionalismos, a sentir muy mío, son siempre peligrosos. Más allá del apego a una patria, por valiosa y necesaria que sea, tiende a enceguecer la mente y el alma. Nos lleva a extremos delirantes e innecesarios (personalmente, creo que Bar Kojba representa una de las figuras más nefastas de nuestra historia, amén de celebrarlo cada año como gran líder guerrillero). El establecimiento del nuevo Estado de Israel nos ha llevado a un nuevo momento histórico donde fácilmente caemos en sensacionalismos religiosos. El Estado que nació de un concepto socialista y laico, ha ido convirtiéndose lentamente en un conato de teocracia sesgada y excluyente. La Guerra de los Seis Días, un genuino milagro en nuestros días, nos catapultó a niveles mayúsculos de delirio pre-mesiánico. El Muro de los Lamentos pasó de ser un lugar relevante a ser un lugar central. Pasó de ser un lugar que nos unía a ser uno que nos divide. El Monte del Templo dejó de ser un lugar geográfico y se convirtió uno de tensión geopolítica.

Recuerdo cuando en el colegio nos enseñaban que incluso antes de la destrucción del segundo templo (énfasis en “antes”), nuestros rabinos ya tomaron la inteligentísima decisión de sustituir los sacrificios por rezos. Hoy, Shajarit, Minjá y Musaf son simples rezos sin que nos salpique  la sangre. Los Saduceos, antes de perder su hegemonía con la pérdida del Templo, perdieron su relevancia a expensas de los fariseos que hoy en día están representados por nuestros rabinos y por nosotros todos. Unicamente los Karaitas y Samaritanos, apenas un puñado marginal de nuestro pueblo, que rechazan toda la legislación rabínica siguieron aferrados a ese mundo pre-Talmúdico, pre-halájico.  ¿Cuántas veces no he escuchado de voces religiosas que las costumbres de Karaitas y Samaritanos son herejías? ¿Cuántas veces, cuando compartí fotos del seder samaritano donde la cena es rápida y sencilla, como cuando salimos de Egipto, y sacrifican un cordero, la reacción que tuve fue que esas costumbres no son halájicas, que ya no sacrificamos nada? Los más creyentes entre nosotros se preparan para reestablecer los servicios del Tercer Templo, augurando el final de los tiempos y la llegada del Mesías. Con vista al Muro, los acólitos del Temple Institute y de la mano de sus aliados radicales en la Kneset se preparan para ese día. Fabrican indumentarias, trompetas, maquetas del Kodesh HaKedoshim, y ahora también sacrifican corderos como mejor creen interpretar lo que desde hace más de dos mil años ya dejamos de hacer aún en tiempos del Templo. 

Más allá de barbárico, me pregunto hasta dónde llegará esta nueva moda de “inventarse la tradición”.  Me crié en un ambiente donde el tema del Mesías se mencionaba y se cantaba pero no se creía en realidad. Que si llegaba, pues se le daría la bienvenida y quedaríamos expectantes a sus instrucciones. Pero, ante todo, me crié con la certeza de que cada vez que en nuestra historia nos apresuramos a anticipar la llegada de un Mesías, solo logramos apresurar nuestro propio desastre. Pero ahora estamos encaminados a reeditarnos. ¿Será que también comenzaremos a revaluar otros principios rabínicos e iremos en contra de ellos sin darnos cuenta o justificándonos imbuidos en un ambiente pre-mesiánico, que de divino dudo que tenga algo y solo reside en nuestro imaginario? ¿Cuántas inconsistencias tendremos con nuestra ley rabínica de dos mil años? ¿Resucitaremos el Talión, los diezmos, las casas sacerdotales, las dinastías, sacrificaremos par veces al día, verteremos aguas misteriosas para descubrir la infidelidad de la mujer, expulsaremos del pueblo al leproso y destruiremos las casas mohosas? Y a todas esas, ¿Diremos con una mano sobre el corazón y otra sobre el fuego que lo haremos porque justo así fue que hizo Moshe Rabeinu, David Hamelej o Eliahu Nahaví? ¿Y volveremos a perder nuestra soberanía a punta de destruir nuestra unión y nos volvernos fanáticos, como aquellos vecinos de quienes tanto criticamos su fanatismo? Acá les dejo links a tres artículos con imágenes que describen esta nueva manía de un grupo reducido pero creciente de fervorosos creyentes, que personalmente me llenan de pavor. #invencion #tradicion #tercertemplo #templeinstitute #sacrificios

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Radanita (en hebreo, Radhani, רדהני) es el nombre dado a los viajeros y mercaderes judíos que dominaron el comercio entre cristianos y musulmanes entre los siglos VII al XI. La red comercial cubría la mayor parte de Europa, África del Norte, Cercano Oriente, Asia Central, parte de la India y de China. Trascendiendo en el tiempo y el espacio, los radanitas sirvieron de puente cultural entre mundos en conflicto donde pudieron moverse con facilidad, pero fueron criticados por muchos.

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