Razonamiento talmúdico para encarar temas presentes - Comunidades Emergentes (4 de 4)


De hace siete años viene este artículo. Siempre hemos sido cretivos dentro de la halajá. La pandemia nos enseñó a hacer minyan virtual. Son muchas las cosas que podemos y debemos cambiar, sin perder la esencia. Con este artículo, quise encarar ciertos temas que la modernidad nos ha traido, y ciertos puntuales que la realidad colombiana ha aportado, como es el caso de las comunidades de conversos. A hoy, nuestra halajá sigue inoperante a la hora de tratar conversiones de comunidades enteras.


El tema es muy complejo y creo entender plenamente ciertas preocupaciones, y seré muy crudo: Entre costales siempre hay riesgo de recibir frutos podridos. Algunos frutos no están podridos, pero aún no han terminado de migrar espiritualmente y pueden terminar vinculados a otras religiones después de su paso por el judaísmo. Sin controles, más aún en un país como el nuestro, pueden colarse indeseables: terroristas, secuestradores y demás personajes de nuestra fauna. Es difícil para comunidades pequeñas y frágiles entrar a "adoptar" grupos desconocidos de tamaños considerables. Esos grupos tienden a ser cultural y económicamente más frágiles aun. Hay otras razones que pocos asimilan, como el riesgo de que se infiltren mesiánicos o evangélicos disfrazados a tratar de convertir desde las entrañas. En fin, los escenarios son múltiples y los casos son reales.


Pero nada de eso hace que se deba ignorar el tema. Eh ahí el gran reto. Hace años escuché decir que para el tema de comunidades enteras, había que esperar veinte años para ver si prevalecían. Pues ya han pasado veinte y más años. A otros les oí decir que ellos solo buscan "coronar" una aliya a Israel. Pues a hoy, ya van más de 400 que sí han hecho aliya y contribuyen positivamente a sus comunidades, yeshivot o ejército; pero más son aquellos que jamás han querido coquetearle a la Sojnut. Hay de todo. Que si hoy hay algunos descarriados que no asumen adecuadamente su judaísmo o su liderazgo religioso, parte de la responsabilidad está en quienes han (hemos) ignorado el tema y preferimos alejarnos del tema.


Tic toc, el tiempo pasa, y las soluciones apremian.


Ellos, los nuevos judíos, ameritan tener directrices y reglas de juego claras, que les eviten caer en manos de rabinos improvisados y aprovechados y que esas experiencias sirvan luego para excusar nuestro recelo y justificar nuestras negativas. Merecen ser oídos. Somos nosotros los que hemos hecho de este tema una maraña de contradicciones y nos corresponde reorganizar el caminado.


A raíz de artículos que he escrito, algunos comunitarios han querido saber, directamente o por medio de mensajeros, si me volví hereje, ateo, o un “self-hating jew”. Hace casi unos diez años me lancé a la tarea de estudiar mucho para llegar a ser más “ortodoxo”. Para esa aventura, opté por no apadrinarme de ningún rabino en particular ni de afiliarme con línea filosófica predefinida. Con el fin de contextualizar periodos históricos, me senté a devorar libros sobre historia judía y universal. Leí libros con puntos de vista contradictorios para poder analizar un mismo tema desde diferentes ópticas y llegar a mis propias conclusiones. Estudié temas de lenguaje, filosofía y exégesis bíblica para sólo luego, y con esas bases, dedicarme a estudiar Tanaj y Talmud. También me senté con varios rabinos y le gasté cientos de horas por internet a discutir con expertos en diferentes temas. En el proceso, evidentemente llegué a una posición inesperada y que con seguridad no será mi destino final. Claramente, no soy hoy el “ortodoxo” que quise ser y claramente sí tengo algunos serios problemas filosóficos con lo que representa hoy en día la “ortodoxia” y su fidelidad a muchos principios fundamentales del judaísmo de los cuales la noto a veces muy divorciada.

Pero tampoco soy hereje, ni ateo y ante todo, si algo no tengo es un ápice de desprecio por mi pueblo, ni por aquellas personas con quienes no comulgo en su praxis religiosa o con aquellas que incluso crean que las desprecio. Por el contrario, esas lecturas, vivencias, estudio de nuestra historia y el compartir con un abanico de paisanos me han hecho amar la historia de mi pueblo y a cada uno de mis hermanos con más intensidad.


Evidentemente, he llegado a incluir a más personas dentro de ese grupo de hermanos, y mi concepto de Dios y mi relación con la divinidad han cambiado. Además, también he tenido la fortuna de viajar mucho por el mundo y eso me ha permitido poder comparar. He compartido con Lamas en Tíbet y monjes en Burma; he compartido con los Mursi al sur de Etiopia y Tikunas en el Amazonas; me he metido a curiosear rituales vudú en Benin y “camellado” (literalmente) con Tuaregs en el Sahara; me he recorrido varios campos de exterminio en Alemania, Polonia, Ucrania, Chequia o Cambodia y me he paseado por las locuras de Kosovo o Turkmenistán; he recorrido decenas de miles de kilómetros en el Bible Belt gringo y por la mal llamada “civilizada” Europa Occidental. He tenido, intencional o coincidencialmente, las experiencias más hermosas con correligionarios en lugares tan disimiles como Groenlandia, Mongolia, Hungría, Marruecos o Nepal. Y de todo eso lo que me queda del mundo, de mi judaísmo y de mi pueblo es sin duda una visión más global, humanista y liberal, menos dogmatica y mucho más personal, pero también una genuina y mayúscula admiración por mi pueblo y mi historia, más grande y exquisita de la que tenia al principio de esta aventura.


¿Quien dijo que únicamente los rabinos del pasado podían interpretar la ley? ¿O hasta cuándo es que hay plazo para opinar? ¿Cómo vería Moisés al judaísmo de David? ¿Qué dirían todos ellos a cerca del judaísmo post babilónico de Ezra, de su nueva escritura y sus nuevos meses? ¿Qué diría Rashi sobre un David que no celebró Januká? ¿O Abraham Avinu que sí mezcló carne con leche a cerca de nuestras dos vajillas? ¿Acaso son menos judíos los Tanaim, Rishonim y Ajaronim que no conocieron de la sabiduría del Gaon de Vilna? ¿O serán Rashi o Maimónides menos judíos porque no supieron de Kabala y Hasidut?

Estoy seguro que la suma de todas esas experiencias me permiten, con humildad y a la vez con orgullo, ser un convencido de la grandeza histórica y relevancia universal de nuestro pueblo. En la medida en que evidentemente sí me he alejado de corrientes “ortodoxas” y he guardado mi distancia de conceptos milagrosos, esotéricos o cabalísticos, también me he quedado contemplando la parte humana de mi religión y mi pueblo. Al considerar a mi pueblo el verdadero autor de su historia, su legislación y sus tradiciones, el artífice de sus éxitos y de sus fracasos, me queda más fácil ensalzar su verraquera.

¡Sí, claro! También éste ejercicio me ha permitido ser o creer poder ser más crítico, encontrar nuestras contradicciones y errores, exponerlas y debatirlas, hacer paralelos históricos y proyectar a futuro. No trago entero con la misma facilidad que lo hacía en el colegio y como consecuencia de todo esto (y de otras razones puramente personales) he llegado a ser, al menos por ahora, un judío sin afiliación dogmatica o política. Lo que hago es precisamente en el espíritu de lo que ha enseñado el Talmud por milenios: debatir, preguntar, dudar, extrapolar, aplicar a situaciones concretas, llegar a mis propias contradicciones y probar que las contradicciones pueden ser válidas, a ser iconoclasta, rebelde, a reinventarme, a querer mejorarme y mejorar el mundo a mi alrededor.

En varios artículos he hecho críticas al mundo haredí, a algunas tradiciones hasídicas, y a unos conceptos talmúdicos porque he creído prudente debatirlos y contradecir ciertas posturas que tradicionalmente venimos aceptando sin mayor análisis. Mis críticas las he hecho bienintencionadamente y con un deseo puramente constructivo. Ahora me corresponde el turno de opinar en favor del rabinismo y lo hago de corazón.

Para mi gusto, ha sido el Talmud y la mentalidad detrás de este texto los responsables de que hoy estemos aquí y así. Nuestros sabios nos enseñan que no ha sido el judío quien ha protegido al Shabat sino el Shabat quien ha protegido al judío. Para mí, no es el Shabat en particular sino el Talmud y su mentalidad perfectamente rabínica (desde épocas anteriores a la compilación de ese texto) la que ha logrado que seamos el pueblo que per cápita más ha aportado a las ciencias, al arte y al empresariado, que orgullosamente seamos casi que el único vestigio de una antigüedad milenaria (y la única minoría oprimida) que hoy en día sobrevive y que es protagonista por excelencia de la modernidad. Es esa mentalidad talmúdica, mezclada con siglos de pobreza y abonada con milenios de represión, la que hizo que con una pizca de libertad hiciera la combustión necesaria para expresar todo su potencial y generar premios Nobel y Oscar a borbotones y edificar una Israel pujante en medio de las vicisitudes e inmediatamente después del Holocausto. Aun para los liberales de ultranza, los judíos ateos y asimilados y esos “self-hating jews” es esa herencia talmúdica que recibieron de sus padres la que, abierta o secretamente, consciente o inconscientemente, ha fertilizado sus mentes, actitudes, instituciones y proyectos que los hacen ser rebeldes en el mejor de los sentidos, y que nos hacen como pueblo todo lo verraco que somos.

El Talmud nos enseña a preguntar, a debatir, a concluir lo inverosímil y poderlo sustentar. Es esa la mentalidad que nos permitió adaptarnos a las nefastas circunstancias de dominaciones, diásporas, persecuciones y guerras. Esa mentalidad y la triste realidad de nuestra historia es la que nos enseñó a juzgar cómo es que debemos reaccionar ante las simultáneas violaciones de un hombre y una mujer, a establecer bajo cuáles circunstancias el homicida tiene derecho al refugio, cuándo es permitido dejarse matar o abortar, cómo se puede negociar con intereses, y tantos otros temas que legislaciones de países sofisticados ni sueñan tener. Buenísimo que haya quienes crean que el Talmud tiene inspiración Divina y lo sigan ciegamente sin atreverse a discutirlo, y que hayamos quienes no aceptemos esa premisa pero queramos asumir su estilo de exégesis para seguir opinando y aplicando a temas del momento. El judaísmo se enriquece con estas discusiones. Negar que el Talmud sea de autoría Divina no me hace repudiarlo; lo amo y respeto desde mi óptica. Eso es todo.

¿Quien dijo que únicamente los rabinos del pasado podían interpretar la ley? ¿O hasta cuándo es que hay plazo para opinar? ¿Quién ungió a ese que se nombró al último en poder opinar? ¿Cómo vería Moisés al judaísmo de David? ¿Qué diría Salomón de un Moisés que no rezó Tehilim? ¿Qué diría Samuel respecto al judaísmo del Rey Oseas y sus reformas? ¿Y a su vez, qué dirían todos ellos a cerca del judaísmo post babilónico de Ezra, de su nueva escritura y sus nuevos meses? ¿Qué diría Rashi sobre un David que no celebró Januká? ¿O Abraham Avinu que sí mezcló carne con leche a cerca de nuestras dos vajillas? ¿Acaso son menos judíos los Tanaim, Rishonim y Ajaronim que no conocieron de la sabiduría del Gaon de Vilna? ¿O serán Rashi o Maimónides menos judíos porque no supieron de Kabala y Hasidut? ¿Qué dirán todos ellos sobre Heter Iská, Shtar Mejirá y sobre la enorme sabiduría de saber encontrarle “la comba al palo”? ¿Será que los Tanaim eran tan poco ilustrados que no sabían de esos temas y su judaísmo fue apenas “leve”?

Contínuamente vamos adicionando leyes y adaptándonos a las circunstancias. La ortodoxia de ayer desconocería a la ortodoxia de hoy, así como alguna vez Hasidim y Mitnagdim se odiaron con pasión y se excomulgaron mutuamente. La ortodoxia de hoy se sentirá fiel representante de la esencia judía de Sinaí, de Abraham Avinu y David Hamelej, pero ninguno de estos personajes bíblicos se sentiría cómodo hoy en un Shabat Satmar o en una Januká Lubavitch. Precisamente, la belleza y el éxito han estado en seguir legislando y en no quedarnos anquilosados en el pasado. Hay suficientes evidencias de que la ortodoxia ha sabido adaptarse y cambiar el judaísmo durante 3.500 años. Este es otro momento para redefinir algunos temas y velar por la esencia de lo que somos y la sabiduría de las leyes que por milenios hemos venido redactando.

Con ese espíritu talmúdico, ese mismo que usamos para salir con “golazos” tan buenos y acertados como los del Heter Iská y Shtar Mejirá, es que debemos “encontrarle la comba al palo” y discutir la integración de las comunidades de nuevos judíos y de conversos sin comunidad y no caer en el facilismo de negar el tema por el miedo a errar o el pánico a enfrentar realidades que nos sacuden hoy la esencia de lo que antes pensábamos inimaginable.