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Sembrar y cosechar

Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com

La metáfora de tono agrícola “cosechamos lo que sembramos” se refiere a la ley de causa y efecto, principio de retribución donde el azar no tiene cabida, puesto que cada acción (causa) necesariamente produce consecuencias (efecto).


La ley se ha explorado desde la Antigua Grecia, en el budismo e hinduismo, con el concepto del Karma, formalizada con Newton, refinada con Hume y desafiada con la relatividad y la cuántica.


El libro El Kybalión de la doctrina hermética (siglos I y IV d.C.) sostiene que en todas las cosas y en todos los seres opera este principio, que la casualidad no existe y la “suerte” no es más que la forma de nombrar una ley que no es reconocida.


Desde esta perspectiva, en el terreno psicológico las experiencias del pasado se convierten en síntomas en el presente, es decir, la mayoría de las enfermedades físicas, mentales y emocionales son el resultado de traumas o manejos inadecuados originados con anterioridad, y la terapia consiste en conectarlos al presente con el fin de liberar la energía psíquica que los mantiene atados.


El riesgo es que al observar con una mirada depurada el propio huerto nos enfrentemos a verdades poco o nada halagadoras y autoengañándonos desconectemos las verdaderas causas de sus efectos. Asumir la responsabilidad de lo que hicimos o dejamos de hacer suele ser difícil, dado que la visión egocéntrica que tenemos de nosotros mismos tiende a enceguecernos.


En la actualidad, la cuántica percibe las causas como un tejido de fenómenos interconectados, multidimensionales e inciertos. Sus descubrimientos señalan que el futuro influye en el pasado (retrocausalidad), que las situaciones carecen de un orden temporal claro (superposición cuántica), o no se sabe cuál es la causa que produce el resultado. Un verdadero desafío microscópico para el mundo macroscópico.


Así como un principio de la naturaleza sostiene que las semillas germinan para dar frutos, función microscópica y macroscópica ligada a la necesidad de producir vida y resultados, los humanos al pertenecer y estar integrados en ella estamos cobijados bajo la misma necesidad. En este sentido todo está determinado por una cadena de causas fuera de control donde el libre albedrío no opera y la pregunta ¿somos libres? salta a la vista.


Aunque ofrece una visión indirecta sobre el principio de que cada uno cosecha lo que siembra, el filósofo e historiador Isaiah Berlín afirmaba que la libertad implicaba tener las herramientas y recursos necesarios para ejercerla efectivamente más allá de la mera ausencia de coacción, por tanto, en los humanos la relación causa-efecto estaría influenciada por valores subjetivos.


Es posible que la causalidad y la libertad actúen juntas siempre y cuando las decisiones sean producto de la intención y el ejercicio de la voluntad consciente. Sin embargo, junto a qué es la realidad, el sentido de la vida, la muerte y otras cuestiones complejas, este es otro tema no resuelto del que se seguirá ocupando la psicología, la filosofía y la ciencia junto a la inteligencia artificial o “inteligencia autónoma insensible” (IAI).

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Radanita (en hebreo, Radhani, רדהני) es el nombre dado a los viajeros y mercaderes judíos que dominaron el comercio entre cristianos y musulmanes entre los siglos VII al XI. La red comercial cubría la mayor parte de Europa, África del Norte, Cercano Oriente, Asia Central, parte de la India y de China. Trascendiendo en el tiempo y el espacio, los radanitas sirvieron de puente cultural entre mundos en conflicto donde pudieron moverse con facilidad, pero fueron criticados por muchos.

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