Símbolo, simbólico y simbología
- Jack Goldstein

- 18 sept
- 3 Min. de lectura

Por Jack Rubinstein
Hay un fenómeno que atraviesa la historia judía desde sus orígenes: la imposibilidad de ser percibido como un sujeto común. El judío nunca fue visto solamente como vecino, comerciante, médico o ciudadano; siempre cargó con un papel simbólico, ya fuera de amenaza, de traidor o de elegido. Hoy, en pleno siglo XXI, esa misma dinámica se amplifica sobre Israel, que se ha transformado en lo que muchos pensadores llaman “el judío entre las naciones”.
Israel es el judío entre las naciones,
Esto explica por qué episodios en apariencia dispersos; La Vuelta a España, La flotilla en el Mediterráneo, un concierto multitudinario de Coldplay, terminan siendo parte de un mismo drama. Cada escena muestra cómo la presencia judía, ya sea colectiva o individual, se lee no como hecho real, sino como signo universal al que se proyectan miedos, odios y narrativas absolutas.
En la Vuelta a España, el equipo Israel Premier Tech fue bloqueado por manifestantes que exigían su expulsión. La protesta no se dirigía contra una infracción deportiva, sino contra el nombre mismo del equipo: “Israel”. Se pedía borrar su participación como si, en la metáfora de la carretera, se jugara la legitimidad de la nación entera. Lo deportivo se volvió campo de batalla simbólica: Israel, más que un competidor, era el intruso que debía ser eliminado del relato.
En el Mediterráneo, la flotilla cargada de activistas e influencers avanza hacia Gaza. Su objetivo no es resolver un problema humanitario, que tiene vías logísticas mucho más efectivas, sino crear un espectáculo global. Aquí Israel aparece no como un país con dilemas políticos concretos, sino como el villano arquetípico de un guion prefabricado. La flotilla navega sobre olas de simbología: no transporta solo personas y banderas, sino la exigencia de que el mundo lea a Israel como encarnación del mal absoluto.
En un concierto de Coldplay, Chris Martin invita a dos fans israelíes al palco. Un gesto íntimo de reconocimiento, que en cualquier otra circunstancia sería anecdótico, se convierte de inmediato en acto político. Porque hoy, mostrar israelíes alegres, visibles y reconocidos, no es neutral: es leído como provocación, como “tomar partido”. En este episodio, la humanidad cotidiana del judío se vuelve objeto de sospecha y disputa simbólica.
Estas tres escenas revelan lo mismo: el tránsito de lo histórico a lo bíblico. Ya no discutimos hechos, sino significados. Israel se convierte en espejo de las pasiones colectivas, y el judío común paga el precio de esa transformación: en la escuela, en la universidad, en las redes sociales, donde su identidad es reducida a estigma o a bandera.
Así, el antisemitismo deja de ser una aberración marginal para convertirse en ruido de fondo, banalizado y normalizado. No aparece necesariamente con insultos directos, sino en formas más sutiles: en el cuestionamiento de la legitimidad de un Estado, en la sospecha automática sobre cualquier judío, en la exigencia de que se disculpe por existir.
Lo que vemos hoy no es nuevo, pero sí más evidente: Israel es el judío entre las naciones, y el judío común es Israel en miniatura, obligado a cargar con el mismo destino simbólico. La banalización del antisemitismo consiste precisamente en esto: en que ese peso se acepta como natural, como si fuera parte inevitable del paisaje social.
Y es aquí donde decimos que no vivimos tiempos meramente históricos. Vivimos tiempos bíblicos, en los que un pueblo entero se convierte en escenario de luchas morales universales, atrapado entre ser luz para unos y oscuridad para otros. El desafío del presente es recuperar lo humano en medio del símbolo, resistir a la despersonalización y afirmar que detrás de la metáfora hay vidas reales que quieren simplemente pedalear, navegar o bailar.







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