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Yo acuso

hace 1 minuto
4 min de lectura

Por Jack Rubinstein

Siete premisas sobre el antisemitismo y la normalización de lo inaceptable


Una reflexión personal, en memoria de los seis millones de judíos asesinados durante la Shoá.


En 1898, Émile Zola publicó su célebre J'accuse…! y denunció la injusticia cometida contra Alfred Dreyfus. Su voz sacudió la conciencia de una Francia que había permitido que el antisemitismo contaminara sus instituciones y su justicia.


Hoy, más de un siglo después, me pregunto quién podría escribir un nuevo J'accuse capaz de despertar la conciencia de un mundo que parece haberse acostumbrado nuevamente al odio contra los judíos.


No soy Émile Zola. No tengo su tribuna, su influencia ni la pretensión de que estas palabras produzcan un cambio en el mundo. Soy simplemente un judío que observa con profunda preocupación lo que está sucediendo a su alrededor.


Veo cómo se banaliza el Holocausto, cómo se ridiculiza a sus sobrevivientes, cómo se arrancan mezuzot de las puertas y cómo llevar una kipá puede convertirse en motivo de temor.


Veo cómo la identidad judía se transforma en una presunción de culpabilidad y cómo se pretende responsabilizar a los judíos del mundo por las decisiones de un Estado.


Veo, sobre todo, cómo la indiferencia va convirtiendo lo inaceptable en algo cotidiano.


Y me pregunto cuánto tiempo más podremos seguir considerando normales situaciones que jamás deberían serlo.


Por eso escribo estas siete premisas. No como una declaración institucional, ni como una respuesta política, sino como una reflexión personal que nace de lo que veo, de lo que siento y de la realidad que me toca vivir.


I. Acuso a la normalización del odio

El antisemitismo no comienza cuando alguien golpea a un judío. Comienza mucho antes, cuando una sociedad aprende a reírse de su sufrimiento y deja de considerar inaceptable su humillación.


II. Acuso a la mentira convertida en verdad

La mentira no necesita convencer a todo el mundo. Le basta con conseguir que suficientes personas dejen de preguntarse si es mentira. La repetición de falsedades históricas y teorías conspirativas termina convirtiendo lo absurdo en familiar y lo familiar en aparentemente verdadero.


III. Acuso a la banalización de la violencia

El verdadero peligro aparece cuando el prejuicio se transforma en una autorización social implícita para ejercer violencia. Cuando el odio se banaliza y la agresión deja de provocar indignación, algunos comienzan a creer que golpear a un judío es una conducta tolerada y que no tendrá consecuencias.


IV. Acuso a la culpabilidad colectiva

La dignidad de un judío no puede depender de la opinión que otra persona tenga sobre Israel. Ningún desacuerdo político puede convertir a un ciudadano judío en responsable colectivo de las acciones de un Estado. Ningún judío debería tener que demostrar su inocencia por el simple hecho de ser judío.


V. Acuso a la indiferencia

La verdadera prueba de una sociedad no es lo que declara sobre el antisemitismo, sino lo que hace cuando un judío es amenazado delante de sus ojos. La condena institucional pierde su significado cuando no se traduce en protección, solidaridad y consecuencias concretas. La indiferencia no es lo mismo que el odio, pero puede permitir que el odio se extienda.


VI. Acuso a quienes esperan una nueva tragedia para reaccionar

El desafío es conseguir que la humanidad reconozca el horror que ya está permitiendo antes de que sea demasiado tarde. No debería ser necesaria una nueva tragedia para comprender la gravedad de la normalización del antisemitismo. No necesitamos esperar otra catástrofe para reconocer que una persona que tiene miedo de salir de su casa por ser judía ya está sufriendo las consecuencias de la discriminación.


VII. Acuso a quienes nos convierten en extranjeros en nuestra propia tierra

Un judío colombiano es colombiano. Un judío brasileño es brasileño. Un judío francés es francés. Nuestra identidad judía no nos convierte en extranjeros ni disminuye nuestra pertenencia a los países de los que somos ciudadanos. No somos representantes diplomáticos del Estado de Israel ni ciudadanos cuya nacionalidad esté condicionada por nuestra religión, nuestra cultura o nuestra historia. El antisemitismo también comienza cuando una sociedad deja de reconocer al judío como uno de los suyos y empieza a tratarlo como un extranjero permanente.


Mi reflexión final

Escribo estas palabras sin saber si alguien las leerá, si tendrán algún eco o si simplemente desaparecerán entre los millones de publicaciones que circulan diariamente por las redes sociales.


Pero siento la necesidad de escribirlas.


Porque no quiero acostumbrarme a ver cómo se ridiculiza la memoria de quienes sobrevivieron al Holocausto. No quiero aceptar como normal que un niño tenga miedo de salir a la calle con una kipá o que una familia dude en colocar una mezuzá en la puerta de su casa.


No quiero que tengamos que esperar a que ocurra una tragedia para que el mundo vuelva a recordar lo que ya debería saber.


Seis millones de judíos asesinados no fueron suficientes para erradicar el antisemitismo.


Y hoy, cuando todavía podemos escuchar las voces de los últimos sobrevivientes de aquella tragedia, resulta profundamente doloroso comprobar que hay quienes utilizan incluso su muerte para burlarse de su sufrimiento.


No sé cuál es la solución. No sé quién podría escribir hoy un J'accuse capaz de conmover al mundo.


Pero sé que el silencio no puede ser mi respuesta.


Yo acuso a la normalización del odio. Acuso a la indiferencia. Acuso a la mentira que se repite hasta convertirse en una aparente verdad.


Y, sobre todo, me niego a aceptar que tengamos que vivir esperando la próxima tragedia para que la humanidad vuelva a despertar.


Porque el reloj de arena sigue corriendo.


Y todavía estamos a tiempo de impedir que el miedo se convierta en una condición normal de la vida judía.

La humanidad no puede permitirse esperar otra tragedia para volver a recordar lo que nunca debió olvidar.



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Radanita (en hebreo, Radhani, רדהני) es el nombre dado a los viajeros y mercaderes judíos que dominaron el comercio entre cristianos y musulmanes entre los siglos VII al XI. La red comercial cubría la mayor parte de Europa, África del Norte, Cercano Oriente, Asia Central, parte de la India y de China. Trascendiendo en el tiempo y el espacio, los radanitas sirvieron de puente cultural entre mundos en conflicto donde pudieron moverse con facilidad, pero fueron criticados por muchos.

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