Aulas guerrilleras en el conflicto armado



Por Martín Cruz


—¡Hasta que no aprendas a escribir!, no me escribas de amor. —Espero tu próxima carta en tres meses de tu puño y letra, así sean garabatos mal hechos, que te salgan de tu corazón y de tus manos.—No quiero más cartas de manos extrañas de nuestra naciente relación. Así le envío la razón Dorotea a Eutimio en los años 70, que andaba la región del Bajo Cauca. La fuerza del amor es poderosa, es mágica, no hay obstáculo insalvable.


Las aulas en la vida guerrillera eran, además de la escuela en la selva, sitios de reuniones formales, de amigos y de compañeros, de citas de parejas, reuniones sociales,(cumpleaños, aniversarios, lugar para comer, rumbas). Había carteleras, fotos de dirigentes, cuadros hechos por militantes. Permanecía limpio e impecable, la verdad era un sitio chévere y acogedor. El tamaño del aula era proporcional a la cantidad de personas allí ubicadas.


—¡Hasta que no aprendas a escribir!, no me escribas de amor. —Espero tu próxima carta en tres meses de tu puño y letra, así sean garabatos mal hechos, que te salgan de tu corazón y de tus manos.—No quiero más cartas de manos extrañas de nuestra naciente relación.


Una buena parte de nuestra militancia de las extintas FARC-EP, aprendieron a leer y a escribir en las aulas guerrilleras y en la trashumancia de las agotadoras marchas. Muchos y muchas combatientes alcanzaron puestos de dirección y mando en la otrora insurgencia, lo que jamás demeritó su incidencia en su papel como dirigente y, muy al contrario, fueron ejemplo en su esfuerzo personal por su preparación política, ideológica y académica. Otra inmensa cantidad de militancia reforzó sus estudios teóricos con la praxis cotidiana del acontecer revolucionario, bajo la premisa del pragmatismo, las realidades, la iniciativa para encontrar soluciones a las adversidades. Teníamos que lograr lo imposible, sobreponernos a las limitaciones. “Pensar y actuar como se vive, y no vivir y actuar como se piensa”. Hacer de los enormes retos como hoy, oportunidades tangibles. Creo que fuimos hijos de las adversidades y, como dijera el arquitecto de la paz, nada nos amilanó.


La educación en las filas guerrilleras era un deber y una obligación. Así estaba concebido en nuestros documentos internos. El aula era prioritaria, su construcción en todos los sitios donde acampábamos. Se limpiaba el terreno, se hacía una mesa y un asiento con horquetas amarradas con bejucos para el monitor o quien estuviera a cargo de la instrucción. Igualmente, se colocaban trozos de madera para sentarse . Se llevaba en los morrales el tablero y una lona verde o negra de 1.40 de ancho y de largo, se colocaban sobre estacas de madera a un lado de la mesa del responsable del estudio. Luego, se sacaban las tizas que eran transportadas en envases de gaseosa, para evitar que se partieran. De todas formas, llegaban en ocasiones desmoronadas y en pedacitos. Pero ahí teníamos la tiza, lista para la enseñanza.


Las horas culturales de las seis de la tarde a las ocho de la noche no podían faltar para diversos temas. En los años 80, se procuraba luz y luego, cuando se aplicaron nuevas tecnologías a la guerra por parte del enemigo, se hacían en la oscuridad o a la luz de la luna. Se dotaba un cuaderno para cada combatiente. En la Octava Conferencia Nacional en el año 1993, se orientó que cada integrante de la organización debería tener un libro, leerlo y rotarlo. Esta actividad era ejecutada y controlada por el responsable de educación y los secretarios del misma célula partidaria .


Para ser comandante en las nacientes FARC, antes de la Séptima Conferencia, no se exigía saber leer ni escribir. Luego, se aprobó en una conferencia nacional de guerrilleros que, en adelante, para ser comandante, sería obligatorio este requisito. Este precepto obligaba a los potenciales candidatos a estudiar. La organización crecía, avanzaba, otras necesidades educativas exigían un tipo de mandos y base guerrillera más capaces. Vi varios casos de combatientes que tenían buena conducta y eran ejemplares militantes, pero que no aplicaban. Ahí, las direcciones los promocionaban con la tareas de cuando cumplieran este requisito, asumirían su condición de comandantes, de ahí en adelante continuar capacitándose en otras áreas del conocimiento, como las matemáticas, geografías, enfermería, comprensión de lectura etc.


También con los años 90 nos llegó la tecnología, que poco a poco fue introduciéndose en las montañas, e hizo una revolución en el aprendizaje y el manejo de la información interna y externa. Importante la sistematización, pero, igual vulnerable y más accesible a la inteligencia militar. Aunque tuvimos muy buenos programas de encriptación de la información para almacenarla y protegerla, al igual sucedía con las comunicaciones por radio de alta frecuencia entre las diferentes estructuras de la otrora organización. Hubo eficaces y seguros códigos, que nos exigían especiales conocimientos y nivel de formación. Mi primer computador era de 4GB. Era la locura, se abría un nuevo universo del aprendizaje.


La alfabetización era una consigna: “acabar con el analfabetismo en filas”. Esa tarea la cumplían los guerrilleros bachilleres o profesionales y hasta el comandante tenía como tarea central como dirigente la enseñanza diaria y la organización de escuelas básicas donde participaban los combatientes hombres y mujeres de acuerdo a sus niveles de formación. Así mismo, se dictaban escuelas intermedias, medias y de especialidades superiores como arte de la guerra, estrategia política y militar, economía política, filosofía, organización, enfermerías, contabilidad, inteligencia de combate, explosivos, cursos de Estado Mayor de Frente, materialismo histórico y dialéctico, propaganda, comunicaciones, cartografía, don de mando, odontología, artillería y teoría de tiro, cartilla militar, documentos internos y actualidad política.


La exigencia del estudio fue siempre una prioridad, con más fuerza hacia quienes desempeñaban actividades de alta responsabilidad, (financieros, profesores, radistas, monitores, (inteligencia electrónica), etc. en la extinta insurgencia. Los controles en este sentido fueron rígidos y sancionatorios para quienes le huían al estudio y la lectura. Vi sancionar constructivamente a muchos guerrilleros y guerrilleras por estas faltas. Las sanciones iban desde largos resúmenes por escrito, planas en hoja de cuadernos por cientos para educandos iniciales y hasta drásticas sanciones por “pereza intelectual”. Tal error no estaba determinado en el estatuto del guerrillero, pero resultó bien importante para los comandantes a todos los niveles, puesto que la primera experiencia había sido aplicada a un integrante del Estado Mayor Central, por allá antes de la Octava Conferencia.


Siempre fue una lucha por la formación integral de los mandos y la base guerrillera; el soporte ideológico para tener una poderosa moral que permitiera enfrentar los obstáculos impuestos en construir el futuro con una idea de país en equidad e igualdad social.


Conocí muchas personas autodidactas que se formaron al calor de la actividad rutinaria el trabajo diario, que cumplieron exigentes tareas que requerían de decisiones políticas complejas. No solo se fue autodidacta en el aprendizaje básico de las primeras letras y los primeros balbuceos de lectura, también lo fue en computación, enfermería (médicos guerrilleros), profesionales en varios temas propios de la guerra, también expertos políticos, músicos, poetas, escritores, docentes comunistas, contadores, entre otros saberes. Sin duda, la universidad trashumántica de la lucha guerrillera sembró importantes rudimentos que hoy nutren nuestra formación en la construcción de la Paz estable y duradera.


Al fin, Eutimio conquistó con su puño y letra a Dorotea. Fueron tres meses en los cuales el amor llevó a Eutimio por el camino de las letras; las hacía enormes y bien definidas, con la fe que da el aprendizaje por amor. Luego, tal vez 20 años después, conocí a Eutimio, un avezado lector, un devorador de libros, Y sigue con su amor tras las décadas recorridas en el tiempo. Los hijos y los bisnietos son la evidencia irrefutable de un gran amor cultivado en la lucha clandestina. Cuenta Dorotea:


—A nosotros nos casaron, fue un acto solemne y propio de la época, ese día hubo reunión una partidaria, se hacía cada ocho días; nos llamaron y bajo juramento de reciproco amor, nos certificaron, recuerdo yo, hoy, dice Dorotea:—fue Daniel Aldana, muerto en combate en el Cauca, le decíamos cariñosamente, ‘Daniel Coco’, por su poderosa frente para resistir golpes. Desde ese día, termina ella diciendo:


—Hemos trasegado la vida juntos en algo más allá de los 40 años. Atrás quedaron los iniciales acertijos de la gramática de Eutimio, que creció con los años y un amor construido en la arboleda traspasando el Nudo de Paramillo y las agreste cordillera de Abibe en el golfo de U