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Desorden emocional

hace 2 minutos
2 min de lectura
Aunque la realidad duela, romper la ilusión del autoengaño y decirse la verdad de uno mismo, implica aceptar la responsabilidad de las experiencias que hemos vivido.


Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com


“Con el tiempo, es mejor una verdad dolorosa que una mentira útil”. Thomas Mann


“Un niño indio americano estaba hablando con su abuelo y le preguntó: ¿Qué opinas de la situación mundial? Tengo la sensación de que dos lobos están luchando en mi corazón, uno está lleno de rabia y odio y el otro está lleno de amor, paz y perdón, respondió el abuelo. ¿Cuál de ellos ganará? preguntó el niño. El que yo alimente, contestó el abuelo. (Autor desconocido).


En otras palabras, lo que el abuelo quiso decir es que dependiendo de cómo manejemos nuestras emociones, se derivan las consecuencias.


La palabra emoción (del latín “emovere”) significa poner en movimiento, agitar o retirar, e implica la existencia de una fuerza o energía interior que nos saca de un estado habitual y nos impulsa a actuar hacia el exterior. Aunque esta fuerza la podemos controlar con el fin de afrontar situaciones emocionales complejas, no siempre ocurre y, con frecuencia, respondemos con ataques verbales o conductas impenetrables, egoístas y destructivas que, en lugar de ayudarnos a solucionar los problemas, lo impiden. ¿Pero, es posible reaccionar apropiadamente cuando todo alrededor es caos? ¿Tenemos la capacidad de mostrar lucidez en los momentos difíciles? Más aún, ¿podemos organizar nuestro estado de ánimo sin tener que escudriñar durante años en las profundidades de la mente?


Para quienes han apagado el Windows sentimental o pulsaron el botón del modo avión en el corazón, conectarse a la “parte emocional de nuestra naturaleza” es una vía que merece ser considerada. Comprender por qué, para qué y de dónde viene lo que sentimos, puede lograr que el cuerpo disminuya el malestar, la mente se esclarezca y las relaciones interpersonales mejoren. Sin embargo, esto no basta: hay que practicar la empatía (caminar con los zapatos del otro) y, sobre todo, quitarse la venda de los ojos ante una realidad que no se ha querido ver.


Un ejemplo ilustrativo en la literatura de “ver lo que antes no se quería ver”, es Edipo Rey de Sófocles donde el protagonista investiga un crimen mientras ignora ciegamente que él mismo es el culpable. Así mismo, en Crimen y Castigo de Fiódor Dostoyevski, Raskolnikov comete un asesinato convencido de que pertenece a una élite superior autorizada para transgredir la guía que discierne el bien del mal y, cuando el aislamiento y el peso de su conciencia lo acorralan, acepta su culpa y el valor destructivo de su creencia.


A estas alturas del viaje, es inevitable darse cuenta de “que quien algo quiere, algo le cuesta”. Aun cuando la realidad duela, romper la ilusión del autoengaño (experto en ocultar el miedo y el dolor) y decirse la verdad de uno mismo de manera directa, implica aceptar la responsabilidad de las experiencias que hemos vivido. Cuando la verdad que encierran los recuerdos de los cuales somos autores sale a la luz, la carga moral, el remordimiento y la zozobra desaparecen, el ciclo del sufrimiento se rompe, y el equilibrio emocional se restablece.

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