La leyenda del Judío Errante, otra milenaria aberración


Aquel judío inmortal quien no encuentra reposo ni hogar y quien deambula por el mundo, maldecido por haber afanado a Jesús en su camino al calvario, hasta el día en que su ofendido regrese como Mesías. Esa leyenda se popularizó en la Europa cristiana desde el siglo XIII e inspiró más de un capítulo nefasto en nuestra historia. Según las diferentes versiones, se trababa bien fuera de un zapatero, un comerciante o un portero de la guardia de Poncio Pilato. El manuscrito más antiguo que existe al respecto es Flores Historiarum: Del Judío Josefo, escrito por Roger Wendover en 1228. En él, se narra la historia de un obispo armenio del siglo XIII, quien durante una visita al convento de San Albán en Inglaterra es cuestionado sobre la autenticidad de la vida de Josefo de Arimatea, a quien Jesús había maldecido camino a su crucifixión. Según el obispo, ese Josefo seguía con vida después de doce siglos, se llamaba ahora Cartaphilus, era un zapatero judío que se había convertido al cristianismo y se dedicaba a una vida de cartujo predicando el Nuevo Testamento. Pero los orígenes de la leyenda preceden al armenio en cuestión.


Quienes han sido juez y parte en el proceso de perpetuar el mito y a la vez en expulsarnos de nuestros hogares y patrias, deben saber que sus leyendas han servido para pavimentar el camino a Auschwitz.

Con el emperador Tertuliano (circa 200), se comienza a considerar a los judíos como el Nuevo Caín, el primer personaje bíblico en haber sido condenado a deambular por la faz de la tierra. Oseas 9:17 y Mateo 16:28 sirven también como fuente de inspiración a esta leyenda. Aurelius Prudentius Clemens (siglo IV) escribe en su Apotheosis que "…de lugar en lugar, el judío sin hogar deambula en eterno exilio, desde el momento en que fuera despojado de la casa de sus padres, y cumple su pena por asesinato, habiendo manchado sus manos con la sangre del Cristo que negara, pagando así el precio de su pecado”. Algunos elementos de la leyenda han sido también adaptados del Cazador Eterno de la mitología teutónica y de Odín en la mitología nórdica: El Judío Errante solo podía descansar en domingos o en Navidad apoyándose sobre un azadón al lado de los cultivos que los buenos campesinos cristianos habían sembrado para él.


Desde el siglo XVII, se le ha conocido muy a menudo bajo el nombre de Asuero (Ajashverosh), en alusión al rey que esposó a Ester y que, si bien no era judío, estaba asociado con la figura de un ingenuo. Además, porque en la historia de Ester se hace evidente que los judíos estaban dispersos por toda la diáspora. Otros nombres para el Judío Errante han sido Matathias, Buttadeus, Paul Marrane, e Isaac Laquedem. En la literatura universal ha sido un personaje reiterado, bien sea con Alejandro Dumas, o Charles Dickens en Grandes Esperanzas, o Heindrich Heine en El Holandés Errante (The Flying Dutchman –el judío errante de los mares-) o Wagner en Parsifal, donde la figura de Kundry es la misma Herodea que se burla de Jesús.


En lo que respecta a Colombia, Gabriel García Márquez hace alusión a esa figura en Cien Años de Soledad, y Morales Pradilla, en Los Pecados de Inés de Hinojosa, menciona al Judío Errante de Tunja, una talla en madera del siglo XVI, que con ojos envenenados mira a Jesús, y que desde la iglesia de Santo Domingo es paseada en procesión durante Semana Santa.


El Judío Errante es, en últimas, otra manifestación de aquellas profecías que se autoperpetúan (self-fulfilling prophecies) y se nutren de sus macabras consecuencias.


Quienes han sido juez y parte en el proceso de perpetuar el mito y a la vez en expulsarnos de nuestros hogares y patrias, deben saber que sus leyendas han servido para pavimentar el camino a Auschwitz.


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