A mi querido amigo, Albert Attie, Z”L – Vuelo 901

Actualizado: 28 jul

No tenía programado publicar una nota ahora, pero hoy me enlacé para participar del recordatorio a las víctimas del atentado terrorista perpetrado por Hezbola contra los ocupantes del vuelo de Alas Chiricanas, y cambió mi parecer. Murieron ahí 20 personas, entre ellas, mi buen amigo y roommate, Albert Attie.


Hace 14 años me pidieron que escribiera algo para un libro que publicarían, a su memoria. No supe si finalmente ese proyecto se completó, pero el borrador que envié lo guardé y hoy decidí volver a leerlo. Pulí el final para contextualizarles y pues, llegó la hora de compartirlo, recordando a Albert con mucho cariño y saludando la memoria de quienes murieron en ese cobarde atentado.



A los 26 años de la tragedia del vuelo 901 de Alas Chiricanas

Conocí a Albert en Filadelfia el día en que Michel Silvera me dijo que había conseguido la quinta persona que buscábamos para compartir el apartamento que íbamos a alquilar el siguiente año. La primera sensación que me dio fue de temor; viviría con un desconocido a quien solo una vez había visto en alguna fiesta y no me había caído particularmente bien. Esa misma noche salimos a comer los tres y mi impresión cambio de forma radical. Eventualmente, Albert llegaría a ser uno de los mejores amigos que he tenido.


Varios años después, la mañana del 19 de julio de 1994, Albert me llamó desde su oficina de Colón. Los buenos años de Penn habían pasado, pero la amistad seguía igual de sólida. Hablábamos por teléfono con frecuencia y no desaprovechábamos oportunidades para reunirnos, ya fuera en Panamá, Miami o en la boda de algún amigo. Ese día, me comentó de sus últimas andanzas y de sus deseos de casarse muy pronto. También me pidió que le ayudara con algún tema legal en Colombia. A diferencia de otras ocasiones, ese día hablamos muchas veces, fácilmente unas diez, y también nos cruzamos varios faxes. Poco faltó para terminar de conseguirle y enviarle todos los datos que me solicitó, pero me dijo que tenía que colgar porque debía salir rápido o de lo contrario perdería su vuelo de regreso a Panamá. Lo que aún quedaba pendiente lo dejaríamos para después. A la mañana siguiente me llamó un amigo en común a darme las malas nuevas. Grité de dolor y rabia; el resto del día me la pasé llorando.


Horas después, pasé junto al fax de la casa. El aparato lo usaba ocasionalmente, pero servía también de contestador automático en una línea alterna que teníamos en casa. Observé que había una lucecita titilante y procedí a revisar los mensajes. Tenía muchas interferencias, pero permitía oír una voz tenue y apesadumbrada, que sin duda era la voz de Albert. Era un adiós, como presagiando lo que venía. Ese recuerdo lo llevo siempre conmigo y a menudo me crea un fuerte nudo en la garganta.


A Albert lo recordaré con muchísimo cariño: Su permanente sonrisa; sus fuertes carcajadas; la manera de balancear su cuerpo y su manía de meterse la camisa en el pantalón; la eterna colonia que se ponía varias veces al día; su gusto por los Gypsy Kings; su deseo de aprender y escuchar a quien pudiera enseñarle algo, y su propensión a callar al que no le cayera bien. Pero, ante todo, lo recordaré por su deseo de hacer las cosas bien y por su nobleza.


En mi escritorio siempre he guardado un broche con la foto de los dos amigos, abrazados y sonriendo, sintiendo que seríamos amigos para siempre. Ahí sigue en el mismo cajón, 26 años después.


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