De swastikas, limpiones y de sus insospechadas consecuencias

Actualizado: oct 1

El siguiente artículo fue publicado hace un año a raíz del incidente de la swastica pintada sobre la escultura de la Menora que decora la Avenida 94 (Avenida Estado de Israel) con la carrera 11.

Hace diez años, visité por segunda vez Polonia, varios años antes de que criminalizaran la historia o de que su jerarquía determinara que cualquier incidente de antisemitismo en su territorio era únicamente atribuible a la equivocada política israelí. En esa oportunidad, entre otras, visité Minsk Maszowiecki, el pueblo natal de mi abuela. De bueno tuve que en la notaría pude conseguir copias de las partidas de nacimiento de ella y de sus cuatro hermanos. Malo fue dar con el cementerio que, por razones desconocidas, no fue destruido por los nazis. Hoy se encuentra escondido en una parte poco accesible de un parque y quizás por eso, entre la maleza que crece, más que tumbas lo que hay son vidrios rotos, basura, y jeringas y preservativos usados.


Con una sensación de dolor, me di a la tarea de buscar el tercer y último detalle que venía a ver en el pueblo: una placa recordatoria a sus más de 5.000 judíos que de ese pueblo a Treblinka fueron a dar. Después de varias vueltas y averiguaciones, finalmente dimos con esa loza, una piedra de un metro y escondida tras unos matorrales en la plaza principal. Obviamente, me puse a leer el hebreo y mi guía me tradujo el polaco. Pero un grafiti en vernáculo cubría la parte superior. Supuse correctamente que algún mensaje nada amable estaba ahí expresado, violentando la memoria de los mártires. Junto con mi guía, me puse a la tarea de ir a una tienda, comprar una botella de removedor y unos limpiones y proceder a eliminar ese mensaje neonazi. Al cabo de segundos, un grupo de antisemitas se nos acercó a insultarnos mientras terminábamos de borrar ese grafiti. Capaz no fue sino irnos de aquel odioso lugar con la tarea finiquitada para que ellos y sus compinches volvieran a dejar su nefasta huella, pero salí con una sensación de haber cumplido una misión.


Esa celeridad de reacción también se debiera aplicar en Israel a la hora de borrar y condenar los cada vez más frecuentes grafitis de los radicales de Tag Mehir

Hace unos días me encontraba navegando en aguas lejanas, y por los azares de la vida, estaba pendiente de mi internet justo cuando me entró un mensaje de mi buen amigo Ricardo Angoso. Eran tres palabras y unas fotos recién tomadas de una swastika sobre el monumento de la calle 94 y un brochazo cubriendo la palabra Israel. Asumí que eso en Bogotá ya lo habrían visto y que algo se estaría tramando. No obstante, le envié inmediatamente copia de esas fotos a mi amigo Marcos Peckel, pero me sorprendí al ver que la noticia era tan fresca que el chisme aún no le había llegado. Los “estudiantes” habrían madrugado a expresarse y mi ventaja horaria me permitió enterarme casi en tiempo real, y gracias a la fortuna de contar con un gran amigo justo en el lugar de los acontecimientos. En cuestión de segundos, Bitajón estaba informado y prestos coordinaron de manera muy profesional la limpieza de ese monumento. Mientras las fotos se viralizaban por la acción de muchos comunitarios y con mensajes de repudio escritos tanto por la Embajada de Israel como por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, Ricardo ya había recibido una carta de la comunidad agradeciéndole su gesto. Para cuando pudo responder, también tenía las fotos del monumento perfectamente lavado y sin rastros de nada obsceno. Par horas a lo sumo tomó movilizar, generar impacto y limpiar.


Muchos como Ricardo habrán quedado genuinamente estupefactos con la rápida reacción que mostró tener la comunidad judía. Sin duda, fue algo bastante eficiente. Pero ese savoir faire es resultado de 3.000 años de saber que tenemos que estar organizados, incluso para atender detalles. Esa virtud nunca la debemos perder. Lo importante es contar con esas amistades prestas a acompañarnos en esos momentos, que entiendan nuestras fragilidades y sentimientos. Esas amistades las debemos cultivar y abrazar. Los vínculos políticos y con los medios son vitales. Tener las instituciones y las personas prestas para reaccionar, con los teléfonos a dónde llamar bien puede marcar la diferencia. La sumatoria de las partes genera mejores sinergias.


A menudo pasa que las amenazas sirven para unirnos. Desconozco cómo la Embajada de Israel llegara a distanciarse tanto de la comunidad judía, pero celebro que se haya manifestado ahora en apoyo al pueblo judío. Mis deseos son para que los próximos años le sean venturosos al nuevo embajador Cantor y que muchas sean las ocasiones para celebrar en unión. Falta nos hace un embajador amigo y sabemos que con él podremos contar. Israel debe tener claro que cuenta con el apoyo de la comunidad judía en Colombia, y nosotros queremos saber que también contamos con la embajada. Sin entrar en dramatismos, antes que Eretz Israel o Medinat Israel, siempre debe estar Am Israel, factor determinante de nuestra unión.


Un pequeño pero lamentable incidente trajo como resultado una muy positiva cadena de acontecimientos.


Corolario: Después de los aplausos, también le debemos un momento a la reflexión. Esa celeridad de reacción también se debiera aplicar en Israel a la hora de borrar y condenar los cada vez más frecuentes grafitis de los radicales de Tag Mehir, aquellos ultranacionalistas religiosos a quienes el pasado no les ha enseñado nada y quienes tienen una manera perversa de cumplir las mitzvot. Su lenguaje de odio no debe tener cabida en nuestra sociedad y no debemos aceptar sus ataques a musulmanes, cristianos y judíos no ortodoxos que se fermentan de manera similar a los que llevaron a esos “estudiantes” criollos a querer generarnos miedo.