Diplomacia o la bomba



Por Oded Guttman

En buena hora vamos a dejar atrás la matonera y cruda doctrina del America First, que en muchos sentidos es más bien America Alone. La entrante administración Biden se encuentra un panorama externo con mucho por reparar y se espera que Estados Unidos vaya por un camino de mayor cooperación internacional y donde el nivel de confrontación, especialmente con los aliados tradicionales, será mucho menor. El entorno externo también viene con algo de opcionalidad y espacio para actuar cortesía de los excesos y desaciertos de la saliente administración Trump. Además, en contraste con el margen de maniobra domestico donde el poder del ejecutivo esta bastante restringido por los otros poderes, el presidente tiene bastante discreción en política exterior.

Me encuentro entre los que veíamos el JCPOA como un estado de cosas muy superior a lo que teníamos antes o lo que tenemos hoy: con el tratado maltrecho desde que Trump pateó el tablero, sacando a Estados Unidos en el 2018, y con Irán probablemente avanzando en su programa nuclear.

Uno de los retos más complejos es el programa nuclear de Irán. Prevenir la proliferación nuclear (pues si Irán accede a armas nucleares es de esperar que otras potencias regionales también busquen ese camino) no es solamente prioritario para Israel, es de inmensa importancia a nivel global. Bajo el JCPOA (el tratado nuclear de 2015), el programa nuclear iraní fue puesto en una caja, no necesariamente en una bóveda inexpugnable, pero sí una caja con suficientes salvaguardas y un régimen de inspecciones que debían contener el avance del programa y hacer saltar las alarmas si había violaciones.


Me encuentro entre los que veíamos el JCPOA como un estado de cosas muy superior a lo que teníamos antes o lo que tenemos hoy: con el tratado maltrecho desde que Trump pateó el tablero, sacando a Estados Unidos en el 2018, y con Irán probablemente avanzando en su programa nuclear. No es un secreto que la administración Biden intentará cambiar de dirección y buscará renegociar la entrada de Estados Unidos de vuelta al tratado o a una nueva y mejorada versión.


Muchos de los detractores del acuerdo – la extrema derecha en Estados Unidos, Israel, Arabia Saudita, otros actores regionales y todos los halcones de sillón del mundo entero – argumentan que el acuerdo era débil y que es necesario negociar un mejor acuerdo. Voy a darles por un momento el beneficio de la duda (dárselo a Trump requiere más de una pirueta intelectual) y pueden tener algo de razón, es plausible contemplar la negociación de un mejor tratado, ya sea en cuanto a que el JCPOA es limitado en el tiempo (15 años), descongela cuantiosos recursos financieros, no limita otras actividades de Irán en la región o el desarrollo de otros armamentos.


Estados Unidos e Israel vienen actuando al margen del JCPOA. Sabotajes y asesinatos de científicos nucleares – que en el mejor de los casos retrasan, pero no contienen el programa, ya que el conocimiento esta ahí y ese genio nadie lo puede poner de vuelta en la botella. Sanciones y máxima presión económica – si bien la economía iraní esta en muy mal estado, el régimen ha mostrado capacidad de supervivencia. Y siempre queda para muchos halcones la posibilidad de una solución militar – sin ninguna claridad de como sería viable. El problema que yo tengo con estos detractores es que no creo que sean intelectualmente honestos; su estrategia no parece buscar negociar un mejor acuerdo sino resolver el problema nuclear a través de una capitulación total o un cambio de régimen. Esta es una estrategia de alto riesgo (los precedentes de cambio de régimen en esa parte del mundo son desastrosos) y que de momento parece acercarnos aún más a un Irán nuclear.


El equipo de Biden se encuentra una coyuntura compleja pero donde hay opcionalidad. Entre las oportunidades esta el margen de maniobra que dejó Trump (un regalo que también aplica en el caso de China); sus acciones han sido tan agresivas que Biden no necesita devolver el dial demasiado para que el otro lado lo perciba como una ganancia. Muchos argumentan con mucha lógica que Biden debe buscar exprimir concesiones importantes de parte de Irán que bien pueden ir más allá del programa nuclear, por ejemplo, en relación al accionar iraní en la región. También, Biden de entrada va a tener el activo de la cooperación de los aliados tradicionales que han sido vilipendiados y maltratados por Trump (ninguno de los otros países firmantes del JCPOA ha abandonado el tratado).


Por el lado de los obstáculos, los detractores de antes seguirán siendo saboteadores mañana. Es una incógnita si Bibi Netanyahu buscará limar asperezas con los demócratas después de haber hecho lo humanamente posible para descarrilar la firma del JCPOA en el 2015 y tras cuatro años de amor apasionado con Trump. Mi predicción es que, en colombiano, va a atravesar la tractomula y prender fuego a las llantas. Una posible lectura del reciente asesinato del científico nuclear iraní es que es un intento de envenenar el pozo para que una negociación no sea viable. Igualmente, el daño de Trump a la credibilidad americana es profundo y amplio; es racional que los ayatolas (o cualquier contraparte de los americanos) desconfíen de la durabilidad de cualquier acuerdo negociado con la administración Biden, más aún cuando el Trumpismo fue derrotado, pero no repudiado en las urnas. Otro gran obstáculo es que los ayatolas también saben algo de historia y han visto lo bien que le fue a Saddam Hussein o a Gaddafi (que no tenían o renunciaron a sus programas nucleares), mientras que los regímenes en Paquistán o Corea del Norte están blindados precisamente por que tienen el seguro de vida que les otorga su estatus de potencia nuclear.


El panorama es incierto, sin embargo, bienvenido el cambio de dirección.

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