El libro de Abraham y el sin-sentido de la fe



Por el rabino Daniel Shmuels

Cuando pensamos en la palabra apócrifo, a propósito de este espacio, por lo general pensamos en textos escritos miles de años atrás; sin embargo, como lo he presentado anteriormente, ese no es el caso en realidad y mucho menos lo es con dos supuestas religiones que cada día atraen a más adeptos a pesar de todas las incongruencias que sus mismas teologías presentan.


La historia de Joseph Smith está llena de actividades criminales legalmente corroboradas; por ejemplo, poligamia, poliandria, pedofilia, plagio, estafa, fraude, robo, asesinato, vandalismo

En esta ocasión me limitaré a una de estas así llamadas religiones y específicamente a uno de sus libros fundamentales; a saber, El Libro de Abraham de los mormones. Este libro, aún cuando forma parte del canon de libros sagrados de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cae en la categoría apócrifa porque inclusive dentro de este movimiento, debido al exceso de incongruencias, ni si quiera forma parte del canon de la segunda denominación más grande dentro de la Iglesia misma. El libro de Abraham es un libro apócrifo dentro de la apócrifa mormona.


Para aquellos que no lo saben, el movimiento mormón fue creado por un personaje llamado Joseph Smith Jr, quien nació el 23 de diciembre de 1805 en Sharon, Vermont, Estados Unidos. Nacido entre la pobreza y el fracaso económico de su familia, eventualmente mudándose al oeste del estado de Nueva York, a una temprana edad Smith se dedicó a trabajar como “localizador de tesoros”, actividad ilegal y fraudulenta de acuerdo a la ley del estado. El honorable trabajo consistía en poner una “piedra veedora” (una roca cualquiera que permite ver lo que nadie puede ver -tipo bola de cristal-) en un sombrero, poner entonces la cara dentro del sombrero para mágicamente ver y decir en dónde estaba el tesoro perdido. Cabe anotar que bajo la guía de Smith, nadie jamás encontró nada.


En la primavera de 1820, en un bosque cercano a su casa, Smith tuvo lo que los mormones llaman la primera visión. Tres años más tarde tuvo otra visión pero en esta ocasión un ángel llamado Moroni le dijo que excavara del monte Cumorah unas tabletas de oro escritas en egipcio reformado y las presentara al mundo gracias a su milagroso conocimiento de dicha lengua y a la magnífica traducción que haría de ellas porque él era el profeta elegido por Dios. Obviamente, Smith las tenía que leer ahí, memorizarlas y devolvérselas al ángel Moroni para que nadie jamás supiera dónde están las tabletas de oro.


Cosa interesante es que casi todo El Libro de Mormón, así como las palabras Moroni y Cumorah, aparecen en el libro de Ethan Smith (sin parentesco alguno) titulado La Vista de los Hebreos y publicado unos veinte años antes de la milagrosa revelación de Smith. De hecho, B. H. Roberts, en 1930, hizo un estudio comparativo donde encontró más de 70 similitudes entre ambos libros. He aquí la pregunta del millón: ¿Quién habrá escrito el original? Más curioso aún resulta el hecho que Smith “tradujo” las famosas tabletas de oro ejecutando el mismo acto que hacía para encontrar los tesoros perdidos que jamás nadie encontró; es decir, puso una piedra veedora dentro de su sombrero, sepultó su cara en el sombrero y dictó los textos sagrados a unos escribas. La diferencia es que en esta ocasión Smith encontró su propio tesoro, creando una religión multimillonaria que fue formalmente fundada el 6 de abril de 1830.


La historia de Joseph Smith está llena de actividades criminales legalmente corroboradas; por ejemplo, poligamia, poliandria, pedofilia, plagio, estafa, fraude, robo, asesinato, vandalismo, etcétera. No en vano fue asesinado estando en la cárcel, aún cuando los mormones llaman a ese incidente, “el martirio del primer profeta de los últimos días”. Todo esto, nos permitiría llevar a cabo la presentación de un caso clínico psicológico; empero, eso será en otra ocasión.


Los textos entregados al mundo por parte de Smith son El Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios y La Perla de Gran Valor, dentro del cual se encuentra El Libro de Abraham. Palabras más, palabras menos, El Libro de Mormón habla de la historia de las Américas antes de la llegada de Colón, incluyendo animales y artefactos que no existieron hasta la llegada de los españoles; así mismo, relata que los nativos americanos son descendientes directos de los hijos de Israel, que las personas de piel oscura son malas y por eso tienen ese color de piel, ah… y además que por eso no pueden ser sacerdotes de la Iglesia, porque son de color oscuro. Ahí sí es cierto, es toda una perla la doctrina mormona.


A diferencia de los demás textos, la aparición de El Libro de Abraham no surge debido a una revelación milagrosa donde tiene que ir a excavar más tabletas; en cambio, se da porque Smith compra de Michael Chandler, un vendedor de reliquias egipcias, unos papiros en el año de 1835. Smith, siendo la única persona en el mundo que conoce el egipcio reformado, idioma que ningún filólogo ni lingüista ha podido encontrar hasta el sol de hoy, se da a la tarea de “traducir” los papiros. En este momento histórico, la Piedra de Rosetta apenas estaba siendo analizada por Young y Champollion, así es que poco o nada se sabía acerca del verdadero significado de los jeroglíficos a nivel mundial, aspecto este último que favoreció a Smith en su momento para traer al mundo una traducción absolutamente fiel al verdadero significado que hoy en día, gracias al avance científico que tenemos en egiptología, sabemos que no tiene nada que ver con la narración de los hechos que presenta Smith.


El Libro de Abraham, según Smith, es la historia de nuestro primer patriarca con una serie de detalles adicionales que sinceramente me da vergüenza siquiera nombrarlos por lo traído de los cabellos que resulta todo el relato. El libro fue publicado en 1842 y canonizado como escritura sagrada por la iglesia mormona en 1880. Smith, en su afán de demostrar sus habilidades como traductor y presentar evidencia a sus seguidores, decide plasmar tres papiros en el libro bajo los nombres de facsímil uno, dos y tres. De no ser por esas representaciones, poco podríamos asegurar la clase de persona que fue el fundador del movimiento mormón.


El asunto se resume en que después del asesinato de Smith en 1844, vendieron los papiros originales para ver cuánta platica podía la iglesia (familia) recuperar de la inversión. Se supone que fueron vendidos a diferentes compradores; entre ellos, el museo de Chicago donde, muy convenientemente, se quemaron los papiros en El Gran Fuego de 1871. Curiosamente, en 1960 diez fragmentos de los papiros fueron encontrados en los archivos del Museo de Arte Metropolitano de Nueva York y devueltos a la iglesia mormona. Hoy en día, estos papiros están expuestos públicamente en Salt Lake City para que cualquier persona que haya pasado por octavo grado de bachillerato sepa de inmediato que esos papiros no tienen nada que ver con lo que Smith llamó El Libro de Abraham.


Dentro de los fragmentos devueltos está el original del facsímil uno y, ¡oh sorpresa! El facsímil uno no tiene nada que ver con el relato de Smith, es un texto funerario de un piluní cualquiera. En un análisis ulterior de los otros dos facsímiles, el resultado es igual. De acuerdo a los estudios científicos y circunstánciales, El Libro de Abraham no es nada más que la fabricación de un relato imaginario por parte de Smith. Esta situación obviamente puso a los mormones en apuros una vez más. Pero como decía el Chapulín Colorado: “¡Que no cunda el pánico!”. En el mundo mormón todo tiene solución. La explicación que hoy en día dan los mormones frente a estas incongruencias acerca de El Libro de Abraham es que los papiros que relatan la historia del libro se quemaron en El Gran Fuego de Chicago; además, el verdadero fin de los facsímiles no era que fueran una traducción directa de los papiros sino que fueron los catalizadores para que Smith pudiera tener la revelación, aún cuando los facsímiles tienen números que explican qué significa cada gráfico y cada jeroglífico en ellos.


A pesar de las nuevas versiones que dan los actuales profetas de la Iglesia acerca de la traducción del libro, hoy en día podemos encontrar en internet cantidades de conferencias, patrocinadas por la Iglesia misma, dadas por supuestos doctores en egiptología donde aseguran que la traducción de los facsímiles por parte de Smith es correcta. Encima de todo, tienen la osadía de establecer que todo lo dicho en El Libro de Abraham es verdad gracias a sus hallazgos arqueológicos; los cuales, ninguna autoridad arqueológica reconoce o sabe de ellos. Y eso, eso es lo que creen los mormones como verdad absoluta, como parte de su fe.


Dado todo lo anterior, hablar de la fe de los mormones resulta absolutamente fascinante y en última instancia es indiscutiblemente admirable porque ejemplifica en seres humanos lo que la palabra fe técnicamente debería ser. “Fe: creencia, confianza o asentimiento de una persona en relación con algo o alguien y, como tal, se manifiesta por encima de la necesidad de poseer evidencias que demuestran la verdad de aquello en lo que se cree. La palabra proviene del latín ‘fides’, que significa lealtad, fidelidad”. Ese es el sin-sentido de la fe cuando hablamos de El Libro de Abraham y sus fieles seguidores.


Nuestra revelación en Jar Sinaí es la más majestuosa que jamás ningún pueblo haya tenido porque no fue una revelación a un solo individuo, fue una revelación que todo el pueblo de Israel observó, vivió y escuchó, experiencia que ningún otro pueblo o religión en la historia de la humanidad ha tenido; embargo, al cabo de unos días nuestra fe desfalleció con la idolatría del Heguel HaZahav. ¿Podrá nuestra fe como judíos, hoy en día, ser más fuerte de aquellas que son tan fáciles de desenmascarar?

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A mi querido amigo, Albert Attie, Z”L – Vuelo 901