La última caminata de los abuelos. Parte 1



Por Harry Adler

Claudio Lomnitz es antropólogo con un Ph.D. de la Universidad de Stanford, y profesor titular de la Universidad de Columbia en Nueva York. Su hoja de vida contiene una extensa lista de publicaciones


En su libro más reciente, Nuestra América, se enfoca principalmente en la búsqueda incesante de identidad por parte de sus abuelos maternos, desde su exilio en lo que fue Rusia, y en ocasiones Rumania, hasta llegar a Perú, Colombia, Israel, Chile y México. Su abuelo, Misha (Miguel) Adler, era hermano de mi padre. En este enlace se puede encontrar una excelente reseña del libro, que incluye, entre otras, una citación de Vargas Llosa.


Gracias a Claudio he tenido la oportunidad de conocer en detalle, y ampliamente documentada, cómo fue esa macabra marcha final de mis abuelos hacia el exterminio. Creo que a muy pocos se nos ha dado esta oportunidad. Muy generosamente, Claudio me ha permitido compartir con ustedes apartes del libro. “Claro,” me contestó, “es tanto tu historia como la mía.”


En esta primera entrega, aparece una breve reseña histórica sobre la vida en Nova Sulitza, la ciudad natal de sus antepasados. En la segunda, haré un recuento de esa marcha dramática. Quiero enfatizar que toda esta información fue obtenida de su libro.


El comienzo del siglo XX encontró a la familia Adler Altman, y sus cuatro pequeños hijos -Misha uno de ellos- viviendo en Nova Sulitza (Novoselitze, en ruso,) un pueblo atravesado por una frontera internacional.


En un costado se hallaba la región de Besarabia, que al igual que Ucrania, pertenecía al imperio ruso; y en el otro Bucovina, perteneciente al imperio austrohúngaro.


En Besarabia hablaban dos lenguas principales: el ruso y el alemán, aunque más extendida la primera. Por su parte, el pueblo hablaba solamente rumano, lenguaje no reconocido oficialmente por el imperio ruso, pero sí por la vecina Rumania, a la cual, como consecuencia de la primera guerra mundial, habría de ser anexada Besarabia en 1919. En las regiones vecinas de Ucrania y Bucovina se hablaba ucraniano.


Interior de la sinagoga de Nova Sulita, en ruinas

Era apenas lógico que la población judía de Besarabia se identificase muy poco con Rumania. En efecto, desde el siglo XVIII los progromos en ese país se habían vuelto recurrentes. Y en el siglo XIX la violencia antisemita era parte integral de su repertorio político.


La cultura general de los judíos de Nova Sulitza se centraba en el ruso y en el ídish, el cual ya se conseguía en forma impresa. En los pequeños pueblos de Besarabia la mayoría de los judíos solo hablaba en ídish. Pero en mayor o menor grado se conocía el hebreo, que se enseñaba en las escuelas religiosas.


En 1898, en medio del auge económico por la llegada del ferrocarril, y el paso de mercancías por sus fronteras, la población judía en Nova Sulitza era cercana a 4.000. En 1930, el pueblo tenía 7.000 habitantes, de los cuales 86% eran judíos. En los albores de la segunda guerra mundial, y ya después de una importante emigración causada por los incesantes progromos, la población judía de Besarabia era todavía cercana a 270.000. Hoy en día la población judía de la República de Moldavia, que corresponde a lo que antes era Besarabia, es de apenas 4.000.


Históricamente, las condiciones de discriminación contra los judíos en Rumania y en el imperio ruso habían sido muy similares. Estos eran reconocidos como los lugares con las peores formas de discriminación en Europa. Y la publicación de Los Protocolos de los Sabios de Sion, a principios del siglo XX, no hizo sino ayudar a que en Rumania se expandiera la idea que el comunismo era en realidad un complot de los judíos para controlar el mundo.