Rompiendo el cemento de la injusticia social



Por Oded Guttman

Un grupo en la sociedad que no recibe el reconocimiento que merece es el de los activistas de justicia social; algunos son altamente visibles en redes sociales, muchos otros simplemente trabajan en total silencio y anonimato. Desde ciertos sectores, el activista de corte progresista es caricaturizado, en algunos casos como un idealista radical y peligroso, en otros como una manifestación de elitismo y privilegio.


“El activismo fue creciendo en mi” dice María Eva, quién como tantos otros activistas, se caracteriza por no poder ser indiferente frente a la injusticia y la inequidad, y por no tener ninguna timidez en llamar las cosas por lo que son. Otra característica que tiene es que la enormidad de los problemas estructurales que aquejan a la sociedad no la paralizan, sino que la energizan.

Finalizando este año de pestilencia, crisis económica y convulsiones políticas, decidí sentarme a hablar con María Eva Dorigo, quien está profundamente comprometida con el activismo de justicia social y con quien me une una amistad de más de 20 años. María Eva no es un personaje público y es precisamente esa la razón por la cual quiero hacer un perfil de su fascinante historia personal y las causas sociales a las cuales le ha dedicado buena parte de su vida adulta.


“El activismo fue creciendo en mi” dice María Eva, quién como tantos otros activistas, se caracteriza por no poder ser indiferente frente a la injusticia y la inequidad, y por no tener ninguna timidez en llamar las cosas por lo que son. Otra característica que tiene es que la enormidad de los problemas estructurales que aquejan a la sociedad no la paralizan, sino que la energizan.


María Eva es originaria de Argentina. En 1976, cuando ella tenía 2 años, su padre Pablo fue arrestado por las fuerzas de seguridad y, como otras 30 mil victimas, fue desaparecido por la dictadura. María Eva creció con su madre y sus abuelos, en una infancia difícil marcada por el miedo durante los años de la dictadura. A los 18 años cuando ya la dictadura había terminado y después de la temprana muerte de su madre, María Eva decidió empezar una búsqueda de respuestas a este trauma fundamental en su vida. Se vinculó a una organización llamada HIJOS donde conoció a su esposo Camilo y donde pudo establecer contacto con muchas otras victimas y personas que conocieron a su padre. Eva nunca tuvo un cierre formal a su trauma, pero encontró una comunidad.


Una de las causas más cercanas a su corazón ha sido su trabajo de varios años en las cárceles de mujeres en Perú, enfocándose en mejorar las condiciones de vida de presidiarias que son madres y cuyos hijos menores de 3 años vivían con ellas en prisión. La mayoría de estas mujeres terminaron en la cárcel por delitos de drogas, en un contexto social “de falta de oportunidades, de precario acceso a la salud y de emergencia económica.” Es desgarrador pensar que los hijos de las presidiarias, para efectos prácticos, estaban presos en las mismas condiciones que sus madres: salían de la celda cuando su madre salía de la celda. Eventualmente cuando cumplen 3 años, estos menores de edad salen de la cárcel a vivir donde un familiar o a un orfanato. Esta situación en las cárceles, tradicionalmente invisible para el resto de la sociedad, pone de relieve la forma en que el sistema de justicia, y en muchos casos el estado mismo, está completamente roto en muchas de nuestras sociedades.


María Eva llegó de regreso a vivir a Estados Unidos en el 2014. Con la elección de Trump en el 2016 su activismo se enfoco en el trabajo con inmigrantes (tanto con inmigrantes detenidos en cárceles como con migrantes menores de edad en situaciones vulnerables), y en la protección de la democracia y el activismo político a nivel local en New Jersey. María Eva dice que aprendió la lección del 2016 cuando “ella a duras penas salió tímidamente a tocar puertas para Hillary”, pero la energía por la candidata no estaba ahí. Para este año su candidato demócrata favorito no ganó la elección primaria, pero después de 4 años de Trumpismo el imperativo era claro. El trabajo de los voluntarios políticos es tedioso y desagradecido, no tiene nada de glamoroso: “hacer llamadas a votantes no decididos es una cagada; la inmensa mayoría de las llamadas resultan en que te tiran el teléfono, pero después hay uno que sí esta dispuesto a hablar y esta abierto a considerar la posibilidad de salir a votar”.


Frente a la pregunta de si el auge de activismo cívico que se ha visto durante los últimos cuatro años va a persistir, María Eva considera que sí, “esto no vuelve atrás después de Trump, el nivel de conciencia es mucho más elevado”. Concuerdo que hay áreas donde definitivamente sí se dio un paso adelante, por ejemplo, en temas de racismo y violencia policial tras el asesinato de George Floyd. Pero soy menos optimista en cuanto a la durabilidad de la energía detrás de otras causas; sin Trump el público pierde interés.


Desde mi perspectiva, uno de los puntos ciegos del activismo progresista es la propensión hacia la pureza ideológica, tomando banderas que son pésimo mercadeo y que traen malos resultados electorales, pero que tienen resonancia con la base. Un ejemplo es el eslogan de “defund the police” que surgió tras las protestas contra el racismo de este verano. Los republicanos, quienes son maestros el mercadeo y la comunicación, sacaron provecho de este mensaje. Pero a María Eva, no le preocupa mucho la reacción del otro lado del espectro político, “cuando mueves estructuras encuentras resistencia”.


El activismo social mezcla el pragmatismo de buscar el cambio social desde abajo (un pequeño paso a la vez), con la ambición y radicalismo de su visión; en palabras de María Eva, “mi objetivo último es repensar la sociedad, incluyendo la abolición de las cárceles y otros sistemas de represión”. Yo no vivo en carne propia el mundo del activismo de social y no siempre concuerdo con sus métodos o sus tests de pureza ideológica, pero me quito el sombrero frente al trabajo incansable, apasionado y necesario que muchos de ellos adelantan. Es una de las expresiones más puras del concepto judío de Tikkun Olam, reparar el mundo. Creo que hay mucho que admirar para los que nos limitamos a pontificar desde nuestro sillón o definimos nuestro activismo como un Me Gusta en Facebook.


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