Una familia ejemplar que nunca se rindió. Tribulaciones de 4 (o 5) procesos de conversión

Actualizado: 12 de ago de 2020

El tema de hoy me llega a lo más profundo del alma y ejemplifica las razones por las que, junto con mi amigo David Behar, hemos dedicado sudor y lágrimas durante años para lograr una solución al meollo de los así llamados "emergentes".





Me parece regio que la conversión al judaísmo no sea un simple y rápido acto de sumisión a una tradición o la recitación breve de palabras mágicas. El judaísmo, como lo entendemos, es una religión, pero también son tradiciones e idiocincracias, es asumir el peso de la historia y la concepción de un futuro común como pueblo. Pero los procesos de conversión han cambiado mucho a lo largo de los milenios, por más que nuestros rabinos traten de convencernos que la halajá es y ha sido una y única desde el principio. Incluso, si aceptamos que esas normativas se van adaptando a las circunstancias, hace mucho tiempo que dejamos de contemplar normativas para conversiones grupales, de familias o comunidades enteras, como en su momento lo hicieron, entre otros, los macabeos.


El mundo de hoy nos ha sorprendido con los casos de falashas, subotniks, tribus perdidas, y para el caso colombiano, el de lo que acá hemos denominado (capaz equivocadamente) "Comunidades Emergentes". Sus circunstancias son sofisticadas y complejas y no hay reglas claras para tratarlos adecuadamente, ni en el rabinato ni en Israel. En juego está la identidad, honra y vínculos familiares de miles de personas hoy en día. Es por eso, por en convencimiento de la grandeza de mitzvot como las de Amar al Proselito y Amar al Prójimo como a Ti Mismo, y el entendimiento de nuestra historia que narra historias del Exodo de Egipto, de Rut y Adiabene que consdiero correcto y halájico trabajar por esta causa.


El relato que sigue es una historia conmovedora que debe invitarnos a buscar soluciones adecuadas, honorables y claras para tantas personas que se encuentran en un limbo legal, religioso y comunitario. Ante nosotros tenemos un reto histórico de saber afrontar adecuadamente el clamor de tantos que quieren integrarse, o reintegrarse, al pueblo judío.



Por David Behar. Junio 27 de 2020

A continuación, voy a iniciar el relato de los Maldonado-Barrera, una familia ejemplar que recorrió un muy largo camino para llegar a donde su corazón los guiaba. Fue un camino tortuoso, lleno de baches, de dudas. Por eso mismo, la satisfacción por cada conquista que hacían en su proceso de adoptar nuestra religión judía era celebrada con un inmenso gozo, pero por igual sus decepciones causaban gran desasosiego.


A través de los últimos años, tanto a mi amigo Jack Goldstein como a mi persona, nos han hecho diversas preguntas sobre los que desean ser partícipes de nuestra religión. Por ello, los invito a leer detenidamente esta historia (en palabras de su protagonista, en negrillas e italizado), que estoy seguro hará claridad a muchos de sus interrogantes. Algunos nombres serán omitidos en este relato.


“Sobre los justos y los piadosos, sobre el remanente de Tu pueblo Israel, sobre sus ancianos y sobre el remanente de sus sabios, sobre los conversos sinceros y sobre nosotros, que por favor se conmueva Tu misericordia, oh Eterno, Dios nuestro. Y otorga una recompensa buena a todos los que confían verdaderamente en Tu Nombre”

“Mi esposa, Obeida Barrera Salgado (Rivka) y yo, Jaime Maldonado Acosta (Jaim), procedemos de familias por tradición católicas cristianas no practicantes, salvo lo concerniente al aspecto cultural y de familia. Desde el principio de nuestra relación, concordamos en la creencia de un solo Dios verdadero, el Dios de Israel. Nuestra religión nunca tuvo una influencia relevante para los dos. Por ello, en 1991, contrajimos solo el matrimonio civil.


Como en Cartagena no había una comunidad judía, y por desconocer cómo acercarnos a alguna comunidad constituida, decidimos investigar las raíces hebreas en la fe cristiana evangélica que era la que estaba a nuestro alcance. En ese momento de nuestra vida, deseábamos encontrar la verdad sobre nuestra existencia y propósitos, teníamos profundas inquietudes filosóficas y espirituales.


A partir de ese momento, de una manera autodidacta, procedimos al estudio de los cinco libros de Moisés y los profetas, descubrimos cuales eran los mandamientos, las fiestas, los alimentos aptos y que esa historia que leíamos era la historia de un “pueblo” y no de una “iglesia”. Esto nos trajo iluminación y un indescriptible deseo de pertenecer al mismo. Esto causó que en varias ocasiones fuésemos expulsados de diferentes congregaciones.


En esa búsqueda, nos compenetramos de tal forma con los principios de la Torah y con Eretz Israel, que ya no solo nos conformábamos con aprender sobre la religión, sino que hicimos extensiva nuestra curiosidad hacia la cultura e historia de este pueblo milenario.


En el año 1999, ocho años después de nuestra incansable búsqueda, cuando ya teníamos a nuestros hijos Jaimito (Mordejai) y Lina (Rajel), y Obeidita (Shoshana) estaba a punto de nacer, tomamos la firme decisión de que queríamos ser parte de Am Israel, nosotros y nuestra descendencia para siempre. Por nuestra cuenta, y gracias a la expansión del internet, pudimos contactar páginas que nos ilustrarían. Adquirimos sidurim Birkat Shlomo, un Kitzur del Shuljan Aruj, los Pirke Avot, información que empezó a forjar nuestra identidad y conocimiento.


Como nos sentíamos solos, logramos contactar a otras parejas con los mismos intereses y constituimos una pequeña kehila. Ya a esa altura sabíamos claramente que debíamos acceder a una conversión halájicamente correcta para poder ser parte del pueblo.


En el año 2.000, seis familias nos integramos y con enorme esfuerzo personal, edificamos, ladrillo a ladrillo, una pequeña sinagoga. No pueden imaginar el grado de felicidad que nos trajo su inauguración. Realmente nos sentíamos cerca de Hashem.


Es en esta misma época y en esta sinagoga donde por primera vez una comunidad de conversos y varias familias de judíos de herencia materna nos juntamos para suplir la carencia de un templo donde rezar. Este contacto sirvió para enriquecer los conocimientos de los nuevos judíos y de donde surgió nuestra imperiosa necesidad de guiar a esta comunidad hacia un guiur (adoptar el judaísmo como forma de vida) que cumpliera con sus expectativas. De ahí que, debido a mi ignorancia en el tema, parto a Israel para contactar a Shavei Israel (www.shavei.org) , organización encargada de acercar a los descendientes de judíos, al estado de Israel). Desde este punto, con ellos cambiarían las cosas.