Escolios para un nuevo acuerdo sobre lo fundamental
- Jack Goldstein
- hace 2 días
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"El populismo es la enfermedad de la democracia" - Mario Vargas Llosa

Por David Rosenthal
Los gobiernos se juzgan por sus actos, pero también por el andamiaje intelectual que los sostiene. La elección de Abelardo de la Espriella para 2026-2030 trasciende la alternancia administrativa: representa el intento de restaurar una visión conservadora que reivindica la tradición republicana, la defensa de Occidente y una política exterior anclada en alianzas con democracias liberales.
Pocas figuras encarnan esa tradición como Nicolás Gómez Dávila. Sus “Escolios” no son un programa de gobierno, sino una advertencia contra el riesgo de relativizar los principios y convertir lo coyuntural en norma. Esa reflexión halló su traducción política más lúcida en Álvaro Gómez Hurtado, quien entendió que la estabilidad democrática exige instituciones sólidas y un consenso mínimo sobre lo esencial. Su propuesta del "Acuerdo sobre lo Fundamental" sigue siendo una de las formulaciones más pertinentes sobre la urgencia de un Estado fuerte por encima de la polarización.
Para Gómez Hurtado, ese acuerdo no era un pacto detallado sino la convicción de que el país necesita coincidir sobre los principios que hacen posible la República: respeto efectivo a la ley, reforma judicial contra la impunidad y una ética pública que anteponga el interés general al clientelismo. Esa distinción entre lo fundamental y lo accesorio se proyectó en la Constituyente de 1991, donde vio en la nueva Carta un "ánimo de acuerdo" sobre las bases del orden político: no silencio ni unanimidad, sino bienes comunes que preceden a la confrontación partidista.
Aunque distintos en forma, ambos compartieron una convicción: las naciones requieren principios perennes para navegar la incertidumbre. Esa premisa parece inspirar el rumbo actual del país.
Tras años de distanciamiento con aliados históricos como Estados Unidos e Israel, el nuevo gobierno traza una hoja de ruta para recomponer esas relaciones. El nombramiento de Omar Bula Escobar como canciller es una apuesta estratégica: su experiencia en zonas de conflicto y misiones humanitarias será clave para profesionalizar la diplomacia y devolverle a Colombia un lugar inequívoco entre las democracias liberales.
La política exterior será el primer escenario donde se mida la coherencia entre el discurso de campaña y el ejercicio del poder. Reconstruir puentes diplomáticos y comerciales exige combinar firmeza ideológica con pragmatismo técnico. Con Washington, esto implica revitalizar la cooperación en seguridad, innovación y lucha contra el crimen transnacional.
Con Israel, la oportunidad abarca varios frentes. En seguridad y defensa, su experiencia en inteligencia y contraterrorismo es referente obligado frente a las economías criminales del territorio colombiano. En ciberseguridad, un país que exporta buena parte de la innovación mundial en la materia puede fortalecer la infraestructura crítica del Estado. En tecnología e innovación, el modelo de start-up nation traza una ruta para diversificar una economía todavía dependiente de las materias primas. Y en gestión hídrica, un país que recicla más del ochenta por ciento de sus aguas residuales aporta un modelo replicable para regiones golpeadas por la sequía, del Catatumbo a La Guajira. No es afinidad simbólica, sino transferencia de conocimiento aplicable.
Más allá de cualquier cercanía ideológica, la diplomacia debe responder al interés nacional. En un orden fracturado entre democracias y regímenes autoritarios, Colombia tiene el mandato de reafirmarse como actor inequívoco en defensa del Estado de derecho y las libertades individuales.
Vargas Llosa advirtió que el populismo enferma a la democracia porque sustituye principios por apetitos. Si De la Espriella logra traducir en resultados tangibles la herencia de Gómez Dávila y Gómez Hurtado, habrá demostrado que las ideas, cuando se encarnan, son la mejor vacuna contra esa enfermedad.





