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Exterminio del amor

Por Fanny Wancier

Películas distópicas de ficción como Blade Runner y Dark City imaginan futuros indeseables marcados por regímenes totalitarios, catástrofes ambientales, desigualdad extrema, o tecnología descontrolada. Estos films son representaciones construidas por los realizadores a partir de situaciones y personajes inventados utilizando técnicas de manipulación para crear sus efectos. No obstante, provocan reflexiones sobre lo que significa ser humano, a quien normalmente consideramos como una totalidad biológica, racional, afectiva, social y espiritual, dimensiones que no funcionan por separado sino interactúan constantemente para formar lo que somos.


En cuanto a la dimensión emocional, ésta se encuentra sujeta a una diversidad de manifestaciones, entre ellas la del amor que, si por traumas o ciertas circunstancias se deteriora o desaparece, inevitablemente caemos en la crueldad, la falta de compasión, de conexión y empatía, y a la pérdida de valor como humanos. Es decir, sucumbimos a un estado de deshumanización.


Dos ejemplos de no ficción sino verídicos y ampliamente registrados que demuestran el horror de perder el amor, son la Tribu ik del noreste de Uganda y el nazismo. El primero muestra la carencia de lazos afectivos debido a la supervivencia y la escasez extremas, y el segundo representa la pérdida total de humanización por la ideología ultranacionalista, fascista y profundamente racista extendida por la maquinaria del odio organizado que buscaba la aniquilación masiva de judíos, romaníes, eslavos y discapacitados (todos catalogados como infrahumanos) y de quienes se opusieran a los objetivos del régimen.


En la década de 1970 el antropólogo Colin Turnbull documentó la incapacidad para amar después de convivir dos años con los ik, un pequeño pueblo de cazadores-recolectores tiempo atrás hospitalarios, honestos y caritativos. Sin embargo, se horrorizó cuando se dio cuenta que se habían convertido en auténticos monstruos tras haber sido expulsados de su productiva tierra para crear un parque nacional, enfrentándose a una sequía total del suelo, hambruna severa y extrema pobreza que condujo a que el altruismo, la compasión y el amor desaparecieran y se desintegrara su estructura social. Era una cuestión de economía donde las “virtudes” no se las podían permitir, ya que el instinto de supervivencia individual era tan extremo que superaba cualquier vínculo, incluso entre padres e hijos.


Por otra parte, según el filósofo Tzvetan Todorov el mundo de los campos de concentración y exterminio nazis “no era duro porque en ellos se sufriera o muriera; era duro porque en ellos se vivía”. A las personas las convertían en desechos donde el objetivo era reducir su humanidad a la mínima expresión, donde la aniquilación se producía no porque habían violado una norma o cometido un delito, sino por lo que eran. El exterminio del amor y de los seres queridos fue una de las armas más brutales en este microcosmos donde el mal industrializado germinó debido a la peor pérdida de amor de la modernidad. El amor impulsa el altruismo, por él vencemos el miedo y le otorgamos un sentido de trascendencia a la vida. Sin este pilar fundamental todo se derrumba.

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Radanita (en hebreo, Radhani, רדהני) es el nombre dado a los viajeros y mercaderes judíos que dominaron el comercio entre cristianos y musulmanes entre los siglos VII al XI. La red comercial cubría la mayor parte de Europa, África del Norte, Cercano Oriente, Asia Central, parte de la India y de China. Trascendiendo en el tiempo y el espacio, los radanitas sirvieron de puente cultural entre mundos en conflicto donde pudieron moverse con facilidad, pero fueron criticados por muchos.

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