Lo que llevamos encima. El solideo, la kipá y el reconocimiento de que algo nos supera
Por el Jazán Dr. Paul Heller
Dos fotografías, tomadas a miles de kilómetros la una de la otra.
En la primera, un consistorio en Roma. Cardenales de rojo, saludándose con esa mezcla de solemnidad y afecto que sólo se da entre hombres que llevan décadas conociéndose. Sobre cada coronilla, un pequeño casquete del mismo color. En español se llama solideo.

Consistorio en el Vaticano: el solideo cardenalicio. (Fotografía: internet)
En la segunda, la sinagoga Bet-El de Barranquilla, Rosh Hashaná 5787. Junto al arca, las banderas de Colombia y de Israel. En las primeras filas, hombres envueltos en talit. Y entre ellos, de, los escoltas de un esquema de seguridad, con la kipá puesta.

Sinagoga Bet-El, Barranquilla, Rosh Hashaná 5787. (Fotografía: Ágora Colombia)
El gesto parece el mismo. No lo es, y ahí empieza lo interesante.
Porque en la iglesia el solideo se retira en el momento más sagrado. Desde la consagración hasta la comunión, el celebrante ora con la cabeza descubierta, y la razón es antigua: "Todo hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta su cabeza" (1 Corintios 11:4). En la sinagoga ocurre exactamente lo contrario. Uno se cubre precisamente para orar.
¿Cómo pueden dos gestos opuestos decir la misma cosa?
Kipá suele traducirse como "casquete" o "gorrito". Pero la palabra significa cúpula, bóveda. No un adorno sobre la cabeza: un techo.
La ley judía no deriva esta costumbre de un versículo. Viene de un relato. En Shabat 156b se cuenta que los astrólogos anunciaron a la madre de Rav Najman bar Itzjak que su hijo sería ladrón. Ella nunca le permitió andar con la cabeza descubierta, y le decía: "Cubre tu cabeza, para que el temor del Cielo esté sobre ti." Él no entendía por qué su madre insistía tanto. Un día, sentado bajo una palmera, el manto se le deslizó de la cabeza; levantó la vista, vio los dátiles, y lo asaltó el deseo de robarlos.
Dos generaciones después, en Kidushín 31a, Rav Huna hijo de Rav Yehoshúa no caminaba cuatro codos con la cabeza descubierta, y lo explicaba en cinco palabras: "La Shejiná está por encima de mi cabeza." En Shabat 118b lo formula como mérito: que reciba su recompensa, dice, pues jamás anduvo cuatro codos descubierto.
De ahí pasa al código. El Shulján Arukch (Orakch Jaim 2:6) lo establece como norma, y conviene ser honesto sobre el resto de la discusión: el Gaón de Vilna sostuvo que no se trata de una prohibición estricta sino de midat jasidut, una medida de piedad. Maimónides, en Hiljot Deot 5:6, la sitúa entre las conductas propias del sabio. Es decir: una costumbre que la tradición nunca necesitó imponer, porque nunca hizo falta.
Del yiddish nos llega otro nombre, yarmulke, que la tradición popular explica como el arameo yaré malká, temor del Rey. La etimología es discutible. La teología, no.
El solideo, por su parte, nació de algo prosaico: cubrir la tonsura y resistir el frío de las iglesias de piedra. Luego el color lo convirtió en jerarquía — blanco el Papa, rojo los cardenales, morado los obispos, negro los sacerdotes. Y el nombre, según la explicación tradicional, viene de soli Deo: se quita sólo ante Dios.
Ahí está la respuesta. El judío se cubre para recordar que hay Alguien por encima. El católico se descubre para reconocer que ese Alguien acaba de hacerse presente. Cubrirse y descubrirse no son gestos contrarios: son la misma gramática, conjugada en dos direcciones. En ambos casos la cabeza —la parte más alta de nosotros, la que solemos considerar lo último que manda— es el lugar donde se admite que no lo es.
Y por eso vale la pena detenerse en la segunda fotografía.
Los hombres del esquema de seguridad que entraron aquel día a Bet-El no son judíos. No iban a rezar. Iban a trabajar. Y aun así se cubrieron la cabeza, porque entraron en una casa que no era la suya. El debate que se abrió después en Colombia sobre los límites del poder no me corresponde a mí resolverlo desde Londres, y no lo intentaré. Pero el gesto en sí mismo no tiene nada de ambiguo, y no es nuevo: es lo que hace cualquier visitante que cruza el umbral de una sinagoga, una mezquita o una catedral y entiende que ahí adentro las cosas se miden con otra vara.
No hace falta compartir una fe para reconocer que uno ha entrado en un lugar donde algo es tratado como sagrado. Y no es sólo una cortesía. Es una postura.
Cubrirse, descubrirse: en ambos casos el gesto dice lo mismo. Que sobre nuestra cabeza hay algo que no pusimos nosotros.







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