"Anyu" - Csili y el Colegio" - Parte XV

Actualizado: 27 oct 2021

Por Anamaria Goldstein CSILI


Con el dinero que mamá recibió por la venta de un terreno que heredó de su mamá en Akali, en el lago Balaton y unos ahorros de mi tío Laci, logramos comprar una hermosa finca de recreo en Csillaghegy, en una colina en las afueras de Budapest. Pero para ello había que demostrar que era comprada con dinero ganado después de la guerra y quizás no cumplíamos con los requisitos. Papá, durante los primeros dos años después de la guerra ejerció con éxito la profesión de abogado privado.




Monica, Anyu, Judith, Ila y Jack

Tuvo varios casos famosos, destacándose el del ministro Kanya, cuya fortuna, representada en más de mil libros, joyas, platería, alfombras y magníficas pinturas, desapareció en maños de las mismas autoridades. Cincuenta años después todavía se hacía referencia a ese caso en los diarios. Como ya he comentado antes, mamá daba muchas clases particulares de piano. Incluso yo también ganaba algo ayudando a compañeros en sus prácticas. Con estas fuentes de ingreso pudimos sustentar la compra. Esta finca, un terreno de unos 2.000 metros cuadrados, era nuestro paraíso terrenal y el sitio predilecto para mis hijos muchos años después cuando habrían de pasar sus primeras vacaciones visitando a sus abuelos en Hungría.

Del diario NEPSZAVA. Viernes 18 de Octubre de 1996.

Csili, como llamábamos a esa casa que quedaba en Csillaghegy (Monte de Estrella) fue construía por un arquitecto italiano hacia 1930.


La finca, en un principio, era más grande, pero con cada decreto se achicaba, cada decreto hacía que se fuera parcelando más y más, vendiendo a precios ridículamente bajos. La casa del jardinero, con su parte de jardín, fue también nuestra hasta 1965. Él era una figura pintoresca que cada vez que recibía sueldo se emborrachaba para gran alegría mía, porque sacaba al jardín su cítara para acompañarse en su cantar. Además, había un hermoso jardín con tulipanes, rosas, violetas, lilas de todos los colores, matas de “lluvia de oro” que tenían un perfume excepcional, jazmines y una piscina que pocas veces se vio llena de agua pero que era un sitio de juegos maravilloso.


El terreno se destacaba por unos árboles de- corativos y frutales que el italiano había traído de su campiña. Teníamos palmayucas y dos brevos que eran de lo más exótico. Había cerezos, peros, ciruelos, manzanos y otros manzanitos minúsculos, duraznos, nogales, albaricoques, uvas, fresas y frutales nativos como frambuesa, egres, red currant, faeper. Con parte de esas frutas hacíamos mermeladas y compotas para el invierno; no sólo para nosotros y la tía Ila, sino para regalar a los amigos. Había olivos de hojas plateadas que por el clima nunca dieron frutos, pero crecieron altísimos y frondosos, ciruelos italianos de color vinotinto profundo. Menciono esto en especial porque cuando el avión levanta vuelos de Budapest hacia Frankfurt, vuela encima de la finca y la logro distinguir desde el aire por el colorido de esos árboles. Ya viviendo en Colombia, cada vez que dejaba Hungría miraba por la ventanilla del avión y se me encogía el corazón pensando si iba o no a volver a ver la finca. En un costado de ella había un túnel que llevaba a unas canteras. Durante la guerra, muchos del pueblo de abajo vinieron a buscar refugio allí. Años después, papá mandó cerrar el paso, dejando un espacio grande que utilizamos en el verano como una especie de cuarto frío. El agua era siempre fresca, podíamos guardar lácteos, frutas, verduras o cualquier cosa que necesitara frío. En cambio, durante el invierno se conservaba el calor, guardábamos los bulbos de los tulipanes y una clase de manzana que cosechábamos en octubre y que envolvíamos en papel, conservándola para comerla “fresca” hasta la primavera.


Gyuri y Vica Vereczkey, Gaby y Laci Kunos, Papá y amigos. Mamá, como siempre, preparando algo rico en la cocina.

Cerca de Csili quedaba un bosque a donde íbamos a menudo a pasear, en las noches de primavera y verano el viento traía el aroma de los pinos. A veces, cuando hacía mucho calor, dormíamos afuera en la terraza. En agosto se podían observar cantidades de estrellas fuga- ces. Subiendo a la colina de al lado veíamos los fuegos artificiales en el día de la Constitución, antiguamente día de San Esteban. EL COLEGIO

En 1951 nos mudamos a otro barrio, a un edificio distante una cuadra del Danubio, en el distrito XIII. Allí teníamos un apartamento de esquina, hermoso, grande y con dos balcones. Mi hijo Jack lo conoció hace pocos años cuando fuimos a visitar a una amiga Vica Vereckey, que vivía en uno igual un piso más arriba. En ese barrio vivieron importantes filósofos como Gyorgy Lukács y músicos como Annie Fisher, quien vivía en el parque junto a nosotros; en el verano ella abría las ventanas y yo, sentada en una banca, escuchaba cómo practicaba y preparaba sus conciertos. Allí vivieron también Peter Frankl y George Pauk, quienes venían a visitar a su profesora de inglés en el mismo edificio nuestro. Organizábamos conciertos caseros maravillosos donde ella. Frankl me invitó a la Radio cuando tenía yo unos catorce años, donde grabó el concierto para piano de Schumann. Recuerdo que cuando se inclinó hacia mí, al finalizar su grabación, me sentí la persona más importante de la sala. Mi mamá era la profesora de su hermana. Allá vivió así mismo András Shiff, cuya madre era colega de la mía. También teníamos como vecinos a escritores, periodistas, actores, cineastas, médicos y abogados.


Aquí entre los mil trescientos buenos alumnos en una fiesta en el Parlamento. (fotografía tomada del periódico de la época)

En el colegio del barrio encontré muchas niñas judías. Éramos un porcentaje desproporcionado y nunca antes había estado entre tantos judíos. Tuvimos profesores maravillosos, exigentes, que se entregaban a educar y a la mayoría se le sentía vocación verdadera. Cuarenta años después supe por boca de una profesora, Irma neni que, si bien nuestros padres se esforzaban para vivir en ese barrio por el colegio, otro tanto lo hacían los pedagogos para ser nombrados ahí. Usaban toda clase de palancas para rodearse de buenos alumnos, cuyos padres inculcaban el amor al estudio, la necesidad de la disciplina para adquirir conocimientos y el concepto de que nada era más valioso que aprender y saber. Para un buen profesor, no debe haber nada más satisfactorio que enseñar a niños que quieren aprender. Como la ciudad seguía aún muy destrozada por los efectos de la guerra, había escasez de colegios. Las jornadas comenzaban, para el primer turno, a las siete de la mañana, a la una de la tarde entraban las del segundo turno y semanalmente


Los aplicantes para las Universidades debían voluntarizarse para dife- rentes trabajos físicos como requisito, aquí secando pantaños. Mi amigo Zágon András, el de abajo con sus colegas, todos estudiantes de medicina, 1955

También fui protagonista de una novela para jovencitas, escrita por la mamá de mi amiga Sonja, Kertész Erzsébet, Kaland A Szamocában. Aquí agregaría un hecho memorable: en una ocasión en que busqué a Sonja y no la encontré en su casa, el papá me invitó a ver una colección de pinturas que tenía escondida en un depósito disimulado por un pesado armario. Sabía que eran muy valiosas que, a nadie, absolutamente a nadie podía contar haberlas visto por- que podría causarle, encarcelamiento y la expropiación. Tendría yo entonces 13 años. Solo unos 20 años después, cuando el papá de Sonja estaba ya en Occidente y a salvo con sus pinturas, comenté a su familia que estuve enterada del tesoro. El Dr. Bratmann sabía que podía confiar en mí.


Judith Gonczy, fue mi mejor amiga desde primaria hasta hace pocos años cuando murió en un accidente. Eramos muy distintas, pero compartimos los mismos intereses.

Estudié ruso y francés, toqué piano, gané varios conciertos juveniles, el último de ellos recuerdo que tenía como pro- grama a Bartok, Schumann y Debussy. Uno de estos concursos que gané traía un premio en dinero. Para sorpresa de toda la familia, me compré una muñeca de verdad. Tenía unos trece años y hasta entonces jugaba fútbol con mis amigos. La única muñeca que había tenido era una fabricada por mamá, con medias blancas rellenas de algún material; otra bola igual era la cabeza, a la que le pegó de alguna manera una cara bellísima que encontró no dónde y simpáticos cabellos de lana. El problema era que no tenía ni maños ni pies y eso me daba una tristeza tremenda. Siempre la escondía entre pañoletas para que nadie viera su imperfección. Practiqué muchos deportes, como natación, tenis, esgrima, patinaje y esquí. Iba a nadar incluso en invierno a la isla Margarita, que contaba con piscinas cubiertas. Además, había una pista de patinaje donde hoy existe un colegio, justo enfrente a la casa; no era sino cruzar Pozsonyi Ut, a veces iba antes del colegio. Mi primer entrenador fue siempre mamá, debía ser fuerte, un cuerpo así resiste las pruebas que la vida le pone por delante. También fue mamá quien me enseñó a vencer el miedo. Siempre que me provocaba hacer algo “peligroso” me daba la mano para hacerlo por primera vez juntas, darme cuenta de que era capaz y ya después me lanzaba sola.


Sonia Brattman, fuimos amigas siempre, pero nos acercamos, aún más después de casadas. Pasamos muchas vacaciones juntas, de vuelta en Hungria, con nuestros hijos.

Me gustaba mucho el teatro. En el bachillerato montábamos obras y en una de ellas me tocó actuar de soldado ruso. En algún pasaje de la obra tenía que abrir la puerta del refugio subterráneo y traer la Libertad, representada por una paloma metida en una mochila, sacarla de ahí y, en el momento de máxima tensión de la obra, lanzarla al aire y dejarla volar. Pero el pájaro no quiso salir, empezó a picotearme la mano, me dio una risa incontrolable y mientras más trataba de sacarla, más me hacía cosquillas. Al final resolví tirar al suelo la mochila con paloma y todo y grité: “¡Ahí va su liberad!” Todo el colegio, alumnos y profesores, gozaron el suceso. Mis materias preferidas eran la literatura, el idioma y la gramática húngara, geografía, geometría y física. Devoraba los libros que describían países lejanos, costumbres de otros lugares, descubrimientos y viajes. La sensación de encierro, de vivir en una cárcel gigantesca sin ninguna esperanza de poder salir algún día atizaba en mí la curiosidad por el mundo inalcanzable. Soñaba con playas de blancas arenas, palmeras, mar azul y calor tropical. Cuando en nuestra luna de miel fuimos a San Andrés sentí que al fin había llegado a donde quise llegar siempre. En diciembre de 1955 los mejores alumnos del país fuimos invitados a una fiesta de disfraces en el Parlamento. Tuve el dudoso honor de estrecharle la mano al mariscal Zhukov, quien un año después, en 1956, durante la revolución húngara, tuvo a bien cañonear la ciudad por varios días y aplastar la revuelta popular. No deseo, ni es mi manera, el ser grandilocuente, pero sí quiero dejar un mensaje a mis nietos: estudien, aprendan durante toda la vida, traten de dar lo máximo de sí mismos en todo lo que hagan. No son las notas o el reconocimiento lo que cuenta, sino su propia convicción de que hicieron el mayor esfuerzo posible. La satisfacción propia será el premio.

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