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¿Cesó la horrible noche?


Por Jack Rubinstein


Esperemos que esta vez cese realmente.


Escribo estas palabras desde la distancia física, pero no desde la distancia emocional. Llevo muchos años viviendo en Brasil, país que me recibió y donde construí una vida, una familia, una profesión y una historia. Sin embargo, nunca dejé de ser profundamente colombiano.


Colombia es el país que me vio nacer. El país de mis primeros recuerdos, de mi educación, de mis afectos y de una parte esencial de mi identidad. Es el país de la música que todavía me conmueve, de los sabores que me devuelven a la infancia y de las palabras que reconozco como propias. Es el país de la gente trabajadora, generosa y decente que se levanta todos los días para sostener a su familia y construir un futuro mejor.


Colombia me dio mucho, pero también me quitó mucho. Me dejó heridas, frustraciones y razones suficientes para sentir que debía buscar mi camino fuera de ella. Aun así, nunca aprendí a quererla menos. Tal vez sucede lo contrario: la distancia vuelve más nítidos el amor, la nostalgia y el dolor por aquello que uno siente suyo, aunque ya no lo habite todos los días.


Por eso observé estos últimos cuatro años con una mezcla de tristeza, desconcierto e impotencia.


El gobierno de Gustavo Petro representó, para muchos colombianos, la promesa de una transformación histórica. Fue elevado al poder por una combinación de inconformidad social, activismo político, frustración acumulada y una generación joven deseosa de romper con todo lo anterior, aunque muchas veces sin conocer suficientemente la complejidad de nuestra historia.


Pero gobernar no es agitar multitudes. Gobernar no es convertir cada discurso en una nueva campaña electoral. Gobernar exige serenidad, capacidad de escuchar, respeto por las instituciones y conciencia de que el presidente no gobierna únicamente para quienes lo aplauden.


Lo que vimos fue un proyecto excesivamente concentrado en la personalidad de un hombre: un gobierno errático, personalista y, en demasiadas ocasiones, atrapado en las obsesiones, confrontaciones y contradicciones de su propio presidente. Petro pareció gobernar desde una realidad paralela, construida alrededor de su particular interpretación del mundo, mientras el país real enfrentaba inseguridad, incertidumbre, polarización y un profundo desgaste institucional.


Su pasado en el M-19 no puede analizarse únicamente como una anécdota juvenil o una credencial romántica de rebeldía. Aquella organización produjo violencia, miedo y heridas que atravesaron a innumerables familias colombianas. La reconciliación puede exigir pasar una página, pero jamás arrancarla del libro de la historia.


Como colombiano, todo esto me dolió. Como judío y sionista, existió además otro dolor, mucho más íntimo.


A partir del 7 de octubre de 2023, las declaraciones de Gustavo Petro sobre Israel dejaron de ser, a mi juicio, una crítica legítima a las decisiones de un gobierno extranjero. Se convirtieron en una narrativa obsesiva, desproporcionada y profundamente ofensiva para muchos colombianos judíos.


No tengo dificultad alguna en aceptar que se cuestionen las decisiones de Benjamín Netanyahu o las operaciones de las Fuerzas de Defensa de Israel. Ningún gobierno está por encima de la crítica y ninguna guerra debe quedar exenta del análisis moral. Pero existe una enorme diferencia entre cuestionar determinadas acciones militares y deslegitimar constantemente a Israel; entre exigir la protección de la población civil palestina y omitir el terrorismo de Hamás; entre buscar la paz y emplear comparaciones históricas que hieren la memoria del pueblo judío.


Israel no eligió el 7 de octubre. Ese día, Hamás asesinó, secuestró y violentó a civiles, desencadenando una guerra cuyas consecuencias han sido devastadoras tanto para israelíes como para palestinos. El conflicto se extendió con los ataques de Hezbolá desde el Líbano, los lanzamientos de los hutíes desde Yemen y, posteriormente, la participación directa de Irán. Ignorar ese contexto para presentar a Israel como único responsable no constituye un análisis equilibrado: es una distorsión.


Petro tuvo derecho a criticar a Netanyahu. Lo que no tenía era el derecho moral de hacer sentir a una parte de sus propios ciudadanos que su identidad judía y su vínculo con Israel los convertían en sospechosos, incómodos o ajenos dentro de Colombia.


Yo soy judío sin dejar de ser colombiano. Soy sionista sin ser menos colombiano. Mi solidaridad con Israel no disminuye mi amor por Colombia, de la misma manera que mi identidad colombiana no debilita mi vínculo con el pueblo judío.


Ahora termina este gobierno.


A menos de veinticuatro horas de la posesión de Abelardo de la Espriella, Colombia contempla un nuevo horizonte. Su victoria fue estrecha y, precisamente por eso, el nuevo presidente tendrá la obligación de comprender que no recibe un país unánime, sino una nación profundamente dividida.


Observo con esperanza el equipo que ha venido conformando. Hay figuras con preparación, trayectoria y capacidad que permiten pensar en un gobierno técnicamente sólido. Haciendo un paralelo con el fútbol, parece estar reuniendo un equipo de galácticos: personas con experiencia, reconocimiento y pases muy cotizados.


Pero los buenos nombres no bastan. Colombia necesita resultados.


El nuevo gobierno deberá recuperar la seguridad sin abandonar la legalidad; estimular la economía sin desatender a quienes han quedado atrás; fortalecer las Fuerzas Armadas sin permitir abusos; reconstruir las relaciones internacionales sin convertirlas en trincheras ideológicas; y devolverle al país una conversación pública en la que el adversario no sea tratado automáticamente como enemigo.


También deberá resistir la tentación de reemplazar un personalismo por otro. Haber votado contra el petrismo no significa haber entregado un cheque en blanco. La democracia necesita respaldo, pero también vigilancia. Necesita esperanza, pero nunca obediencia ciega.


Desde Brasil le deseo suerte a Abelardo de la Espriella. No porque crea que un solo hombre pueda salvar a Colombia, sino porque deseo que gobierne bien. Le deseo acierto, templanza y humildad. Espero que escuche más de lo que grite, que una más de lo que divida y que entienda que la grandeza de un presidente no se mide por el tamaño de su figura, sino por la solidez del país que entrega cuando termina su mandato.


Dentro de cuatro años volveremos a mirar a Colombia y preguntaremos si realmente comenzó un nuevo amanecer o si simplemente cambiaron los nombres, los símbolos y los protagonistas.


Hoy quiero permitirme la esperanza.


Quiero imaginar una Colombia segura sin ser autoritaria; próspera sin ser indiferente; orgullosa sin ser arrogante; abierta al mundo sin renunciar a sus valores. Una Colombia donde ser judío, cristiano, musulmán, creyente o no creyente nunca sea motivo de sospecha. Una Colombia capaz de proteger el derecho a disentir sin convertir cada diferencia en una guerra.


El himno nacional afirma con certeza: “Cesó la horrible noche”.


Yo todavía prefiero escribirlo como una pregunta:


¿Cesó la horrible noche?


No lo sabemos aún. El amanecer apenas comienza. Pero desde la distancia, con el corazón profundamente colombiano, deseo que esta vez la luz sea verdadera, que dure más que una promesa electoral y que alcance a todos los colombianos.


Que Dios ilumine al nuevo presidente.


Que Dios proteja a Colombia.


Y que dentro de cuatro años podamos decir, sin interrogaciones y sin miedo a equivocarnos:


Sí. Finalmente, cesó la horrible noche.

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Radanita (en hebreo, Radhani, רדהני) es el nombre dado a los viajeros y mercaderes judíos que dominaron el comercio entre cristianos y musulmanes entre los siglos VII al XI. La red comercial cubría la mayor parte de Europa, África del Norte, Cercano Oriente, Asia Central, parte de la India y de China. Trascendiendo en el tiempo y el espacio, los radanitas sirvieron de puente cultural entre mundos en conflicto donde pudieron moverse con facilidad, pero fueron criticados por muchos.

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