Locuras en Tiempos de Pandemia - Un cuento



Por Marlene Manevich

Sabía que un encierro prolongado- como ha sido la cuarentena que estamos viviendo debido al Corona virus, que ya se convirtió en más que cuarentena- podía producir síntomas “esquizoides”. Es cuarentena, aislamiento preventivo, confinamiento. Muchos sinónimos le cazan a este nuevo estado de vida que trata de promover el distanciamiento social, para evitar el contagio de este virus que nos llegó como una muestra comercial más de la China. Mucha gente no aguanta el encierro. Yo, a pesar de ser claustrofóbica, no me he sentido encerrada, gracias a que tengo una terraza llena de matas y flores en mi apartamento. He pasado momentos muy agradables con mi esposo. Cocinamos, jardineamos, hacemos ejercicio y otros verbos que no recuerdo ahora que terminan en amos; compartimos muchos momentos cotidianos que en otras circunstancias, no quedaría tiempo.


No sé si me curé de la visión o de la paranoia esquizoide, como yo la bauticé, ante la falta de atención médica, pues ya no veo los animalitos y mi esposo está feliz porque no volví a mencionar el tema

Extraño no poder ver a mis padres, a mis hijos, nietos, nuera y yerno. Se han suspendido los Shabats y ahora las reuniones con las amigas se hacen por Zoom, sin un café o un vinito que deleite la charla.


Todo iba bien, hasta que un día empecé a ver unos animalitos diminutos en el piso de mi apartamento. Cuando me acercaba, algunos volaban y otros permanecían inmóviles, tal vez para evitar un chancletazo. Al comienzo me pareció hasta divertido ir desalojando los espacios de esos pequeños animales que me perseguían por donde yo caminaba. Los síntomas esquizoides ya tenían un tinte paranoico.


Cuando le comenté a mi esposo lo que estaba pasando, me dijo que él no veía nada moviéndose, que eran pedacitos de hojas que se pegaban a los crocs cuando salíamos a la terraza. Además de los zapatos que permanecen a la entrada de la casa, desde que comenzó la pandemia, me compré otros crocs para salir al exterior, o sea a la terraza, para cuando entremos al apartamento no se peguen las hojitas en la suela.


Al darme cuenta, que sólo yo estaba viendo los bichitos, supe que no era un problema de pandemia colectiva y llamé al consultorio del oftalmólogo. Por razones del Corona virus, las citas médicas están complicadas. Cuando llegaba el día de la cita, me llamaba la secretaria a decirme que el doctor estaba en cuarentena porque había atendido a una paciente que resultó positiva para Covid. Resignada, esperaba hasta que el doctor pasara la cuarentena y me pudiera atender. Pero cuando se cumplía el plazo, me llamó a decir que su secretaria tenía Corona virus y que teníamos que aplazar la cita una vez más. Pensé que era mejor ver los bichitos que contraer el virus chino. Se me ocurrió la luminosa idea de pedir una cita al psiquiatra. Asistí a un par de consultas virtuales, pero a pesar de que la charla era muy agradable y me sentía más tranquila, seguía viendo los bichitos. Encontré una lupa que me dejó mi abuela de herencia y aunque no era un arma para atacarlos, me ayudaba a diferenciar cuáles eran insectos y cuáles eran hojas que permanecían inmóviles.


Ante La insistencia e incredulidad de mi esposo, de que no se trataba de animalitos, y el pánico de que se tratara de otra pandemia, decidí llamar a la compañía de fumigación.


No sé si me curé de la visión o de la paranoia esquizoide, como yo la bauticé, ante la falta de atención médica, pues ya no veo los animalitos y mi esposo está feliz porque no volví a mencionar el tema


Pasó como una semana y mi esposo me pidió que fuera urgente a donde él estaba porque quería mostrarme un diminuto insecto antes de que se escapara. Ahora no sé si mi esposo se contagió de la paranoia esquizoide o si tengo que llamar a la compañía de fumigación para pedir la garantía porque yo también lo vi moverse. Ese animalito no estaba en mi cabeza, estaba en el piso caminando, a pesar de los 2 pares de crocs.


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