Mi Viaje al Reino Judío de Kazaria

Octubre de 2012

Hace unos cuatro años leí en una pequeña e intrascendente nota en el Jerusalem Post que finalmente habían descubierto la legendaria Atil (Itil, Itilkoz), capital de lo que alguna vez fuera el reino de Kazaria. Recuerdo la sensación de cercanía que esa noticia me produjo con el pasado legendario de un pueblo no semita que alguna vez optó libremente por ser judío. Con mi pasión por la historia, la geografía y los viajes comencé a soñar en algún día llegar allá y conectarme físicamente con ese pasado casi inverosímil. Ese día finalmente llego en septiembre durante un periplo de 8.300 kms que hice por el sur de Rusia y que me llevó a visitar otros lugares de importancia en nuestra historia judía como los comunidades subbotniks (de quienes escribiré en una próxima oportunidad), las tristemente célebres estepas cosacas del Don y Kuban, la desolada Abkhazia en el Cáucaso, y comunidades en ciudades lejanas como Rostov y Astrakhan.





Finalmente, detrás de un Kolkhoz que sobrevivió al colapso del sistema comunista, en la mayor indiferencia del paisaje, mareado por el olor a estiércol de vaca y forraje, ahí estaban las ruinas de Atil, unos pequeños montículos apenas excavados y abandonados, repletos de huesos animales, humanos y conchas marinas dejando ver apenas unos pocos cimientos de lo que alguna vez Atil. Ahí, entre Rosh Hashaná y Yom Kipur, me paseé por donde mil doscientos años antes miles de turcomanos también recordaron esos Yamim Noraim.


Los Kazares fueron un pueblo turcomano que habitó una amplia zona al occidente y norte del Mar Caspio, la llanura del Volga y lo que hoy es el sur de Rusia, el Cáucaso, Crimea y casi toda Ucrania. Su posición geográfica los convirtió en un pueblo comerciante que interactuó con Vikingos y con todos los pueblos que recorrieron la Ruta de la Seda y navegaron por el Mar Negro. No es mucho lo que se sabe de ellos y ni lo que, como buenos nómadas analfabetos y poco constructores, nos dejaron como evidencia de su historia. Son ellos quienes impidieron el avance árabe e islámico hacia Europa Oriental, quienes desplazaron a los búlgaros a la actual Bulgaria (Peter Golden), cuyos primos-hermanos los magyares se establecieron en Hungría (Carter Findley) y quienes desaparecieron de la historia hacia el siglo XIII. Los registros que se tienen de ellos son básicamente de terceros, pueblos que los dominaron o fueron dominados por ellos y de naciones con quienes ellos comerciaron. Nuestra leyenda, basada en la obra apologética judía por excelencia, “El Kuzari” de Yehuda Halevi (escrita unos 250 años después de la conversión al judaismo y unos 150 años después del fin del Imperio Kazar) cuenta que hacia finales del siglo VIII (o principios del s.IX según otras versiones), el rey Bulán decidió a adoptar el monoteismo. Consecuentemente, invitó a su corte a representantes islámicos, cristianos y judíos para dejarse convencer por el mejor exponente de sus leyes y tradiciones. Fue así como oficialmente, y con un guiur realizado por Itzhak haSargari (según versión de Abraham Firkovich, el mismo líder que falsificó a su conveniencia el origen turcomano de los Karaitas Karaim-Karaylar e hiciera que éstos últimos se desjudaizaran por moptivo de su supuesto ancentro turcómano) un pueblo cuyo origen sigue siendo debatido, sin vínculos sanguíneos con ninguna de las 12 tribus, sin conocimiento del idioma Hebreo, asumió el Judaísmo durante al menos unos 150 años.


Para llegar a Atil tuve que manejar unos 2.500 kms desde Moscú hasta Astrakhan, ciudad donde todavía hoy confluyen pueblos kazako, mongol, eslavo, caucásicos y persa, un verdadero bazar de culturas, razas, religiones y arquitecturas históricamente alejadas del mundo occidental, aún 20 años después del colapso del Comunismo. Inmediatamente al sur de la ciudad, el majestuoso Volga comienza su desembocadura en el Mar Caspio, el más grande de los lagos del mundo, quizás el menos transitado y ocupando la mayor extensión del planeta que se encuentra bajo nivel del mar. El fértil Delta, con miles de islas, rompe con el paisaje estéril y seco de los desiertos de la Kazakhstan islámica y la Kalmikya budista. No hay ninguna señal que dirija a Atil. Pocos lugareños incluso saben de su existencia o de la efímera presencia años atrás de algunos arqueólogos. Llegar fue el fruto de mi previa investigacion, varios mapas detallados de una Rusia por descubrir, de mucha paciencia manejando calmadamente por vías destapadas, atravesando en ferri algunos brazos del Delta y contando con la interpretación de mi guía, Misha. Finalmente, detrás de un Kolkhoz que sobrevivió al colapso del sistema comunista, en la mayor indiferencia del paisaje, mareado por el olor a estiércol de vaca y forraje, ahí estaban las ruinas de Atil, unos pequeños montículos apenas excavados y abandonados, repletos de huesos animales, humanos y conchas marinas dejando ver apenas unos pocos cimientos de lo que alguna vez Atil. Ahí, entre Rosh Hashaná y Yom Kipur, me paseé por donde mil doscientos años antes miles de turcomanos también recordaron esos Yamim Noraim.


Arthur Koestler escribió hace varios años un polémico libro, “The 13th Tribe” donde expuso su tesis sobre el origen Kazar de toda la judería ashkenazi. El concepto romántico del libro, ligeramente plausible, personalmente me carece de valor histórico y científico por múltiples razones, pero claramente genera un ambiente de leyenda que apasiona. Grave es la munición antisemita que esta tesis le aporta a quienes quieren probar que no tenemos ningún vínculo histórico con la Tierra de Israel; muchos pseudo-historiadores con gran espíritu antisemita basan sus argumentos en esa historia novelada.


Población judía en la ribera norte del Mar Negro data de la época griega (s. III AEC), tanto semita como de pueblos judaizantes de Asia Menor. Posteriores migraciones llegaron al Delta del Volga huyendo del antisemitismo en Bizancio y desde Persia huyendo de los Sasánidas (Levy Rossman). En el Cáucaso, las poblaciones judías de las actuales Georgia y Azerbaiyán posiblemente existen desde las épocas del exilio Babilónico. Son pues múltiples los posibles orígenes de la influencia judía en los kazares, un pueblo que teóricamente llegó de Mongolia.


Muy probablemente, no fue un simple deseo de llegar a La Verdad espiritual y religiosa lo que llevo a Bulán a convertirse, sino quizás una jugada política para asumir una posición neutral en una geografía que ubicó a los kazares en la frontera de los mundos Islámicos y cristiano-ortodoxos, y que eventualmente los llevó a su desaparición. El judaísmo les permitía asumir una religión monoteísta, de la cual las otras dos se derivaban (y respetarían), y una que no implicaba generar alianzas militares con otros reinos judíos que fueran a rivalizar con rusos, bizantinos o abasidas puesto que de eso no había.


Ningún texto certifica la conversión de todo el pueblo Kazar al judaísmo, máximo se habla únicamente de la conversión de la nobleza. Como pueblo, los kazares no dejaron ningún registro en hebreo ni creo que exista registro alguno en Europa de nómadas judíos de raza turca que hayan llegado en masa a habitar sus países. Más aún, lo que los documentos y cartas aseveran es que el Kaganato feudal de Kazaria brillaba por su ambiente pluricultural y armonioso donde no solo convivían con otros pueblos, sino donde los mismos kazares profesaban a su antojo el islam, el cristianismo ortodoxo, el tengriísmo (antigua religión mongola) a la par con el judaísmo. En el siglo IX y X los kazares seguían la “Tora”, pero curiosa o convenientemente, el vocablo “Tor” en turcomano también hace referencia al concepto de “tradicion/costumbre”. Durante buena parte de dos siglos fueron gobernados por reyes (Kagan, que algunos asocian con el apellido Cohen o Kogan) y sacerdotes (Bek) que usaban nombres como Obadia, Zacarías, Benjamín, Yosef, Aarón, y Menashe.


Para el año 967, y como triste consecuencia de un periodo de “Pax Khazarica”, el príncipe Sviatoslav del Kievan Rus, finalmente conquistó y desoló el reino Kazar y desde entonces cesó cualquier referencia a judaísmo en esa zona hasta que muchos siglos después llegasen más judíos del Cáucaso y otros ashkenazis a Astrakhán. De ahí en adelante, las pocas menciones de Kazares hablan inicialmente de un “acercamiento religioso” al mundo eslavo (entiéndase: los Kazares de religión judia, islamica y tengrii se convirtieron en masa al cristianismo para recibir la protección del Kievan Rus). Las pocas referencias posteriores a Atil ya no hablan de un mundo judío sino de quizás algunos pocos judíos dentro de una población mayoritariamente cristiana en una zona desolada. Del siglo XII quedan escasas menciones de algunos kazares judíos que llegaron a España a estudiar Talmud con rabinos, pero ya sin ningún vínculo con algún pueblo kazar y judío en el mundo ashkenazi de Europa Oriental. Sencillamente, desaparecen de la historia asimilándose a otros pueblos, judíos o gentiles.


De esas épocas hay suficientes fuentes que mencionan la existencia de poblaciones judías en Francia, Alemania, Hungría y eventualmente Polonia. Otras comunidades de judíos habían ya migrado desde la cuenca del Mediterráneo a zonas más al norte de Europa. Comercio, plagas y antisemitismo lograron asentar a judíos en lo que hoy conocemos como el mundo de Ashkenaz. Apuesto a que algunos kazares de ascendencia judía se habrán cruzado caminos con estos nuevos ashkenazim. Posiblemente, algunos también se hayan mezclado. El medioevo presenta muchos baches en el registro histórico de nuestro pueblo y por ende, nuestra función es la de especular con buenos argumentos. Personalmente, no le doy trascendencia a la teoría del origen Kazar de toda la judería ashkenazi aunque claramente si puede explicar la pluralidad étnica de nuestro pueblo.



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